REINA BLANCA, REINA NEGRA: El ataque del Alfil (parte dos)

mujer caballo negro 2

Cuando Fran comenzó el relato sobre Marina, la fascinación inundó la oficina y me sentí espectadora privilegiada de una escena íntima.

—La había visto antes, pero ese día estaba magnética… —dijo Fran, con una mueca melancólica y los ojos enquistados en algún punto del vacío que sólo él podía descifrar—. Ha tomado la iniciativa en todo, y yo la única defensa que he podido desarrollar frente a ella, es el silencio. Pieza que muevo, pieza que cae.

—¿El silencio en el que te sumerge es lo que te atrae?

—No creo. El silencio es mi defensa. Pero no le importa. Insiste igual.

—¿Cómo insiste?

—El día que la conocí, atravesó el auditorio por el medio de ambos cuerpos de sillas hasta acercarse al grupo que estaba organizando un evento a los pies del escenario. Yo estaba varias filas atrás, observando y escuchando, también esperando.

—¿Qué esperabas?

—¡Ufff…! La verdad es que ya no me acuerdo. Creo que la esperaba a ella porque desde que llegó lo único que hice fue seguirla con la mirada.

—¿Y ella?

—Me miró sin dejar de caminar. No me saludó, siguió su camino, segura y apresurada. Admiré su altivez. Por los cruces de miradas noté que también estaba pendiente de mí. Tiempo después me confesó que mi mirada “inquieta y expectante” tal como la definió, la perturbó.

—¿Sólo se miraron?

(“Ellos no hablaban. Se miraban…”)

—Al principio sí. Le hubiera hecho el amor ahí mismo… La energía era increíble. Me aseguré de que sintiera mi mirada en sus piernas, su pelo, sus labios…

—¿Algo en su comportamiento te dio el indicio de que notaba tu mirada?

—Estaba entretenido mirando desde lejos las partes de su cuerpo que no hubiera podido mirar tan abusivamente si me acercaba más, y alguien dijo mi nombre. Su desventaja inicial se niveló con esa situación, yo seguía ignorando el suyo. Giró la cabeza ante el llamado y le brillaron los ojos cuando le correspondí la mirada. La tensión se hizo evidente cuando se mordió los labios y sonrió.

—Entonces estaba atenta…

—No estuve seguro hasta un rato después.

—¿Quién era Lorena?

—Una compañera de trabajo de ella que me conocía también a mí, Lorena se dio cuenta cómo estaba mirando a Marina. No me pude resistir y le pregunté. Me dijo su nombre, su edad y me la describió en carácter y actitud, advirtiéndome que con ella no podría comportarme como venía haciéndolo.

—¿Cómo te venías comportando?

—¡Igual que ahora! —dijo divertido.

—Entonces lo que te dijo Lorena no era tan cierto…

—Lorena estaba equivocada. A Marina no le importa cómo me comporte. Busca lo que quiere y punto. Siempre deja la pelota picando en mi terreno.

—¿Sabés lo que quiere?

—No tengo la menor idea. A veces supongo que sexo. Pero no me conformo con eso. Es algo más y eso también me inquieta.

—¿Por qué te inquieta que quiera más que eso?

—Porque no puedo dárselo… —aseguró con absoluta honestidad levantando las cejas y sosteniendo la mirada, con las manos tranquilas sobre la mesa. Su postura me indicaba que no tenía más que eso, no había intenciones ocultas. Se declaraba un impotente emocional ante Marina.

—¿Qué pasó luego?

—Al terminar su reunión con el grupo, se acercó hacia donde estábamos. Lorena nos presentó formalmente y me acerqué a darle un beso en la mejilla.

Detuvo el relato y se quedó con la boca semiabierta, queriendo decir más pero perdido, seguramente recordando el momento. Experiencia real de nuevas emociones al evocar el hecho. Interrumpí su alucinación.

—¿En qué te quedaste pensando?

Suspiró.

—Cuando la saludé, haciéndome el superado le dije: Fran, tres punto seis, pensando que ella no iba a entender la relación entre la manera de decirle mi edad y la potencia de un motor de auto, pero lanzó una mirada que nunca había visto en una mujer y sonreí de nervios.

—¿Te sentiste expuesto?

—Fue mutuo. Respondió a mi sonrisa con otra y su piel blanca se sonrojó.

—¿Nada más?

—Ese día, no. Se fue tan sola como llegó y admiré su autonomía. Yo sabía que volvería a verla el sábado, pero ella no. Volví a estar en ventaja.

—¿Por qué estabas seguro que volverías a verla?

—Porque yo estaba a cargo del evento y ella era parte necesaria en el desarrollo de los hechos.

—¿Ella no conocía el detalle de que en ese momento eras el jefe a cargo?

—Aparentemente no, y no tenía necesidad de saberlo. Su trabajo es muy específico. Sólo había que escucharla para conocer el procedimiento correcto mediante el cual los hechos deberían desarrollarse sin problemas. Definía con absoluta autonomía. Es una técnica, prescinde de las especulaciones, es directa con la marcación. Antes de fijar el protocolo, estudia todas las posibilidades y define en función de su experiencia y las necesidades.

—¿Vos no hacés eso en tu trabajo?

—Siempre. Pero me sedujo saber que su concepción del evento coincidía con la mía y en muchos casos, como sucedió más adelante, me ordenaba de tal manera que yo, si ella estaba, me sentía seguro. Había una forma de trabajo que fluía de forma natural y complementaria. Es precisa. Escucha, ordena y ejecuta de manera imperceptible, por eso es perfecta. Pasa desapercibida, pero sabe que sin su directriz, es un caos.

Fue bastante revelador oírlo pronunciar esas palabras en el orden que aparecieron en su mente: “escucha”“ordena”“ejecuta”, “imperceptible”, “directriz”. Y lo más sustancial de todo: sin la presencia imperceptible de Marina, él concibe caos. Una fórmula potente. La sombra de la sombra. Jung me susurraba cosas al oído.

—¿Qué pasó ese sábado cuando volvieron a verse?

—Fue increíble. Más allá del trabajo, pude jugar con ella. Más adelante, entendí que había percibido erróneamente su inocencia. Ella también ya estaba jugando.

Sonreí. Su relato me transportó hacia aquel momento, como si fuera una espectadora de la situación. La persona C en la experiencia de Grinder y Bandler. ¿O la persona A? Todos esos mecanismos que él desarrollaba inconcientemente, con Marina se le volvían en contra, porque en realidad parecía que ella se los enseñaba. Él (persona B) la describía como una especie de semidiosa. Pero yo la imaginé maquiavélicamente manipuladora, casi sádica. Persona A. Me resultaba difícil imaginar como un ser sobrenatural a una mujer que convertía a ese hombre en un niño cuando hablaba de ella y al mismo tiempo lo seducía para succionarle sus más perversos instintos lúdicos. Él evoca la experiencia (persona B). ¿Yo observo (persona C) o detecto (persona A)? Click.

—¿Querés tomar algo? —me preguntó.

—Por favor.

Levantó el teléfono y pidió traer dos tazas con agua caliente y la caja de tés. Mientras aguardábamos el pedido, divagamos escuetamente sobre la poesía de Spinetta que seguía sonando. A los pocos minutos, entró a la oficina la jovencita que me recibió al llegar. No se miraron, pero percibí cierto flujo de energía que me permitió saber que no se eran indiferentes y que yo estaba siendo muy observada e interrogada desde un lugar que no conocía (persona A). Esperé que la puerta se hubiera cerrado para volver a hablar. Él había seguido mis movimientos oculares sobre las manos y el semblante de ella. ¿Cambio de roles? ¿Ahora él era la persona C? Click.

—Con ella también tenés algo —insinué.

—Mmm… Esa es otra historia… —dijo dejando los puntos suspensivos sobre el aire y prosiguió con el relato de Marina mientras elegía un té verde para su taza e invitándome a elegir el mío.

Elegí un te blanco con salvia y miel. Me dispuse a seguir escuchando atenta no sólo a sus palabras sino a sus gestos, que eran por demás elocuentes y habían logrado interesarme en el relato tanto como en la historia y sus muy evidentes consecuencias en la estabilidad emotiva de Fran. Ya había descubierto dos mujeres en su historial y yo seguía con la duda inicial con la que él llegó a mi consultorio: ¿por qué no iba a la cama con ellas?, ¿en qué lugar de su interior el instinto encontraba la represión?

—Estábamos en el sábado… —recordé para alentarlo a seguir contando.

Volvimos a los roles iniciales. Persona B. Persona C.

—Sí. El sábado llegó vestida de negro —Al parecer el negro lo estimulaba a vigorosamente—, y caminó derecho hasta el escenario. Me vio pero me ignoró nuevamente y activó mi urgencia por llamar su atención. Un asistente que yo había llevado, la abordó con el inconveniente que tenía para sujetar un cartel porque le faltaba una herramienta. Ella, muy resuelta, dejó a un costado su bolso y salió él. El tipo volvió como loco con una pinza que ella le había dado de la caja de herramientas que tenía en el baúl del auto. Le pregunté incrédulo si ella era la que tenía la caja de herramientas en su auto, sonriendo para disimular mi mandíbula caída. Él lo notó y me dio una palmada en la espalda, afirmando con la cabeza. Me mordí los labios —dijo repitiendo el gesto, como queriendo desgarrarla.

—¿Entonces?

—La busqué con la mirada entre la gente.

Gira la cabeza varias veces, imitando el movimiento de búsqueda con la mirada.

—¿Para qué la buscabas si ella te había ignorado?

—¡Por eso! —Levanta las cejas—. Pero además porque ella tenía que estar en el escenario. Yo tenía una excusa para llamarla.

—En realidad ella era consciente de eso y te estaba forzando.

—Ya sé… —Blanquea los ojos y sonríe—. Y me aproveché de la situación. Hacerse la inocente la volvía doblemente atractiva. Me divertí mucho cuando le dieron una radio para conectarse con el grupo organizador. Conectó el cable a la radio, puso el auricular en su oreja y preguntó cuál era la frecuencia en la que debía estar. No hace falta instruirla, lo que no sabe lo induce observando con una rapidez asombrosa. No tiene ojos grandes, pero los abre sin pudor y parecen ventanas que succionan el mundo.

—¿Te sentiste succionado cuando te miró otra vez?

—¡Ni hablar…! A pesar de eso, necesitaba tomar protagonismo ante ella, enseñándole algo y se me ocurrió pedirle permiso para disimular el cable del auricular entre su ropa.

—¿Te lo permitió?

—¡Más que eso! Me miró levantando las cejas y asomando una mueca en sus labios —Imita el gesto—. Me desafió con ese gesto. No era necesario que le ayudara a nada, los dos lo sabíamos, pero entendió el juego que le estaba proponiendo y accedió.

—¿Cómo?

—Se quedó quieta y me dejó hacer. Siguió con sus ojos cada uno de los movimientos de mis manos. Al desconectarle el cable de la radio, me temblaban las manos. Crucé el cable del auricular entre su saco y su espalda, ajusté la radio a la cintura de su pantalón y conecté nuevamente el cable. Me miraba con una intensidad que me volvió loco. Actuaba con éxito su timidez, gozando la mía cuando me acerqué tanto a ella. Miré todo lo que mis manos no podían tocar aunque hubiera querido tocar todo lo que mis ojos no podían ver. Le advertí que no estábamos solos en la frecuencia porque temí que se divirtiera con alguna insinuación que nos dejaría expuestos y que yo no sabría manejar.

—¿Qué pasó durante el evento? ¿Qué hacían ahí?

—Era una presentación. Yo en bambalinas dirigía su asistencia en piso. Desde una esquina no muy visible, me quedé quieto, con las manos en los bolsillos. Al iniciar la presentación le dije: Mírame, estoy enfrente tuyo, no hables, sólo hace lo que te digo. Fue perfecto…, pero tormentoso. Mientras ella obedecía me imaginé dirigiendo sus movimientos en la cama, diciéndole también al oído que hiciera todo lo que seguramente bien sabía hacer en la intimidad —dijo revolviendo el té—. Me sedujo sin opción cuando descubrí que además de tomar la iniciativa, se deja conducir. Además, desafía con la actitud. Una rea sin opción. Es amarla u odiarla, no hay términos medios con ella. Tuve la certeza de estar entrando en un túnel. Me excitó sentir que en ese momento era un títere en mi mano.

—¿Y después?

—Cuando terminó el evento, se acercó a saludarme y, dándome las gracias, se despojó del saco frente a mí y pude ver su figura completa. La muy atrevida —dijo con una sonrisa que no disimulaba el placer que le producía que ella fuera así de osada con él— se aseguró de seguir siendo un juguete de mi mente y sabiendo que la observaba, se quitó la radio de la cintura, el auricular de la oreja, apagó el dispositivo y desconectó el cable. Lo enroscó en sus dedos y me entregó todo con una mirada sostenida y una sonrisa aniquiladora.

—Te flechó…

—Fue un placer suprasensorial. La miré, la sentí, la escuché, olí su perfume. Esa noche tuve una erección al pensar en ella mientras veía fútbol y cada vez que recuerdo los momentos que hemos pasado, me agarro la cabeza. Como ahora —dijo tomando conciencia de que su postura se iba transformando conforme contaba la experiencia.

—¿Por qué te ponés así? —pregunté al verlo con las manos sobre la frente, como si se estuviera controlando la temperatura. Quizás sentía, como yo, la fiebre que había en su relato.

—¡Porque quiero partirla! Me pone loco cada vez que me acuerdo.

—¿Y qué te impide partirla? —Aproveché el freno para tomar el té y con una sonrisa me divertí de la situación.

—No es conveniente —dijo reprimiendo más explicación y volviendo su postura a una acomodada resignación.

Hasta ese momento, Marina era la que respondía a su juego y lo entendía, pero no parecía ser el origen de su perturbación, más bien se la hacía evidente. Y comenzaron las bolas de colores a surcar nuevamente el aire mientras las nereidas retomaron la danza, agitando las aguas.

—¿Qué pensás? —preguntó.

—Nada, siento mucha curiosidad por conocerla.

No era curiosidad. Me encantó el relato, pero sus ojos brillaban y sentí celos por el desplazamiento protagónico en su historia. ¿Protagonismo? ¿Qué me hacía pensar en ser protagonista? Era observadora y gracias.

Tomó el teléfono móvil y buscando entre las imágenes, eligió una. Cuando me la mostró, vi la fotografía de la mitad inferior de un cuerpo femenino, tendido sobre una cama, boca abajo. Una boa de plumas rosa era lo único que serpenteaba la espalda desnuda. Una de las piernas flexionada enganchaba con el taco aguja la ropa interior de encaje blanco. Tuve que tragar el té para evitar decir algo inconveniente, pero mis ojos deben haber dicho más que cualquier palabra.

—Yo le pedí esta imagen —aclaró complacido—. Le describí la pose, que tomara la foto y me la enviara… Fue perfecto, sólo le dije lo que quería y lo hizo sin pedir explicación. Se dejó conducir como el día del evento en el auditorio —dijo meneando la cabeza y mordiéndose el labio.

No me había equivocado en la percepción de la imponente equina. Sentí envidia y en ese estado largué una pregunta que pareció una indagatoria femenina ante la aflicción de la amenaza de estar siendo una más de las que se deja conducir y con un Caballo negro presionando el Alfil de la Reina banca e indirectamente, a la Reina misma.

—¿Eso es lo que querés de una mujer?

—¿A qué te referís específicamente?

—A tu complacencia en no dar explicaciones y en que ella se deje conducir.

—Ella no necesita explicaciones, no le interesan; tampoco es que se deja conducir sin motivo. Es su manera de atrapar, de seducir. Engaña haciéndose la inocente. Pero tiene claros todos los movimientos.

—Ninguna mujer necesita explicaciones, Fran. Son los hombres los que se sienten motivados a darlas, generando el espacio para que se las pidamos y así valuar su virilidad en la inseguridad de la mujer —dije tratando de que no notara mi inquietud—. Pero lo que sucede cuando una mujer se da cuenta de eso es que, a pesar de tener el espacio, no lo usa y de esa manera resulta un terreno de exploración mucho más atractivo para el hombre. Reglas básicas de seducción, no es tan difícil, Fran.

—¿Vos hacés eso con los hombres? —preguntó entretenido.

Responder esta pregunta era algo absolutamente personal, pero necesario a esas instancias. La inquisición estaba dejando en evidencia la inquietud mutua respecto al comportamiento con el sexo opuesto.

—No, no pido ni doy explicaciones, a nadie. Quizás por eso no tengo pareja —dije en un dejo de absoluta sinceridad y comprensión analítica de mi situación sentimental. Decidí volver a centrar el foco en él—. No parece que la relación con Marina te perturbe en ese sentido.

Pese a intentar abstraerme de mi propia necesidad de analizarme en función de él, los bufones, mantuvieron su mirada en mí. Sus muecas inaudibles me decían cobarde.

—Ella debiera ser como las demás en un punto qué sí me perturba —dijo.

—¿Cuál?

—El juego.

—¿Te gusta ella o el juego con ella?

—No sé…, creo que si voy a la cama con ella se acaba el juego.

—Y también el problema… —sentencié para dilucidar, al menos con un breve indicio, por qué no quería salir de ese asunto de la manera más lógica.

—No sé hacer algo fuera del juego —dijo con pesadumbre.

Me quedé pensando unos instantes y por primera vez ante él, sentí que el tiempo sí me hacía presión. Los ojos de los bufones pestañeaban como un incesante tic-tac. Observé el tablero. Los Caballos a la defensiva, parecían ignorar la batalla que podía desatar el Caballo altivo en el flanco de reinas.

—¿Y si dejás fluir y que haga ella?

—No…, olvidate. No funcionaría —dijo con seguridad—. Es indomable.

Eso es lo que lo seducía, lo abrumaba, lo inmovilizaba. Ella debía haberle volteado varios peones en el camino a tenerlo frente a frente. Me guardé esta conclusión porque quería saber sobre las demás y también quería saber si Fran era el Rey en el tablero de Marina o si era un peón más.

—Tenés miedo —aseguré.

(“El miedo, maldito bufón hechicero.

Es un fraude.

Un holograma deformado de la realidad.”)

—Es posible —dijo arqueando las cejas y bajando la mirada, con pesar.

Miré el reloj. Eran casi las veinte. Me puse de pie y caminé hasta el balcón. Él se quedó observándome desde el sillón de su escritorio.

—¿En qué pensás? —preguntó con esa mirada penetrante que me vaciaba.

—No sé por qué cada vez que nos miramos, quedo suspendida mientras trato de no pensar… —Su gesto pedía una explicación—. Todo aparece tan complejo como vos y esa alma sin luz y sin fin… a donde siento que no termino de llegar a pesar de que me has marcado el camino —dije perdiéndome en su mismo horizonte—. Ya se pasó la hora. Me voy —dije notando el gesto gris, los labios fruncidos y su postura abatida ante la presión del tiempo, que a pesar de negarlo, en ese momento como seguramente en muchos otros, lo obligaba a aceptarlo de manera ineludible.

—Dejame acompañarte —pidió tratando de demorar la despedida.