REINA BLANCA, REINA NEGRA: El ataque del Alfil

Alfil2

Después de la segunda sesión entre Fran y su terapeuta, el juego de ajedrez ya desarrollado, se encontraba a la espera de la tercera sesión. Esta vez, el lugar de reunión sería la oficina de él.

—Naaa… —dijo Mauricio abriendo los ojos de asombro e incredulidad.

—¡Qué querés que te diga…! —respondió Fran.

—No me sorprende lo tuyo, sino que ella no haya frenado.

—Es una terapeuta sexual, Mauri. No debe ser la primera vez que le pasa.

—No, no, no… Pará. Una cosa es que a un paciente se le pare, ¡y otra es que ella tenga que ver con eso, Fran!

—No lo provocó ella. Fue todo el clima que se generó, la conversación, el juego intelectual. Ni siquiera es del todo sexual.

—No jodas que te conozco… Vos estás jugando con ella. Lo que no entiendo es por qué te lo permite, ¿cómo estás tan seguro de que no lo generó ella?

—¡Porque aceptó el juego y está muy intrigada de saber cómo sigue! —dijo entretenido.

—Fran, la mina es una profesional. No creas que la vas a poder manipular así nomás. Si de verdad creés que entendió de qué se trata, puede llegar a ser peor que Marina, loco… Fijate —reflexionó Mauricio. Fran no tomó en serio el comentario, juzgaba esa actitud más como un celo de jauría que como preocupación de amigo. Algo que ya había pasado con Marina, a quien Mauricio había declinado cortejar al notar la intensidad de las miradas entre ella y Fran—. ¿Pensás que va a venir?

—Seguro. Ella también está jugando.

—Me sorprende el método.

—No sigue un método. ¡Empezó una partida de ajedrez con negras! No es de las que se acobardan…

—¿Y vos?

—¡Ni en pedo!

—Sos demasiado audaz, Fran…

—No es audacia, son las reglas. No juego para hacer tablas… Y ella tampoco —dijo sonriendo.

***

Abrí los ojos una parada antes de llegar. Siempre me quedo dormida en el metrotranvía ¿El tiempo no existe? ¿Cómo medir el flujo que me mueve las entrañas si no pudiera contar sus pulsaciones en un intervalo?

Fue una semana intensa. En cada uno de los días de la semana que transcurrió entre la guardia, el consultorio, las salidas nocturnas con Marcos y los abrazos de Manuel, pensé en Fran. Intenté analizar sus palabras, su conducta. Pero terminaba analizándome a mí en relación a él. Es un hombre extraño, profundo, oscuro. Su comportamiento es vehemente, feroz, perturbador. Sin embargo, se me hacía permeable sin preámbulos.

Me bajé del tren todavía un poco adormecida por el movimiento bascular de la dupla. Caminar sobre el andén bajo el sol tibio de la siesta no me hace más fácil espabilarme. Sólo la bocina que anuncia la continuidad de su recorrido, activa mis sentidos para detener el paso y luego cruzar la avenida. El sonido de las ruedas sobre el riel me recuerda la patria olvidada y me devuelve la esperanza. La huella oxidada de la iniquidad, no se deja vencer con el tiempo. La trocha abandonada ha vuelto a ser camino.

Llegué al consultorio sin apuro, respirando el frío del viento andino y con los lagrimales enrojecidos. Me había quedado meditando en el consultorio hasta que un golpe en la puerta me dio aviso de la hora, son las diecisiete. Era Marcos. Su consulta se ha demorado unos minutos y la mía también. Hace dos semanas salimos a tomar algo y terminamos en la cama. Venía en busca de seducción nuevamente. No es algo nuevo. Con Marcos el sexo es una diversión exquisitamente profesional.

—¿Te quedan pacientes? —preguntó abrazándome por la cintura y besándome el cuello.

—Eso creo.

No había hablado de Fran con él. Ni estaba segura de hacerlo. A Marcos le he escuchado confesiones de amor entre copas. Pero al recuperar la sobriedad no he retomado el tema porque no quería involucrarme en otro tipo de historia con él. Durante mucho tiempo compartimos intimidad y es fácil escaparse al terreno emocional,  presos de la seducción. Pero Marcos seducía al mismo tiempo a todas. Mi seguridad se vulneraba en ese contexto. Una relación seria con él no duraría y estropearía nuestra relación laboral y profesional. Dejar las cosas así era lo más sensato.

Blanca interrumpió para avisar que su paciente había llegado. Me besó la mano y se dirigió a la puerta.

—Te veo más tarde —dijo girando sus ojos verdes, mostrando una impecable sonrisa.

No alcancé a concentrarme en otra cosa antes de que Blanca apareciera nuevamente para informar que mi paciente de las diecisiete no vendría. Miré la hora, faltaban cinco minutos para las diecisiete treinta. Yo había resuelto no dar la cita anterior a la de Fran. Seguía insegura sobre qué hacer. Quizás por eso había pensado tanto en él. Saqué la tarjeta del cajón del escritorio y leí la dirección. No es lejos.

Aún había claridad en el cielo de la tarde, salí al balcón. Su energía y su perfume parecían estar ahí. Esa breve percepción con los ojos cerrados, me impulsó la necesidad de bucear más en mis adentros. Entré nuevamente para detenerme frente a la biblioteca. Miré libros y autores. Entre tanta psicología, semiología, análisis del discurso, historia y literatura, emergían algunos títulos de física: Teoría del color. Teoría de la luz. Campos electromagnéticos. Regresé a la conversación sobre los opuestos complementarios. La inquietud de mis ojos respondía al movimiento atroz de mis redes neuronales habilitando la trama vincular con este hombre.

Me detuve en la Programación Neurolingüística, en el libro hay un ejercicio para distinguir entre recuerdo y alucinación. He repetido ese ejercicio al recordar la escena del balcón, una y otra vez, desde diferentes ángulos. Había sido una experiencia real, pero cada vez que recordaba, volvía a esa realidad atemporal produciendo en mí sensaciones actuales y presentes de un hecho pasado. Básicamente yo alucinaba al recordar porque, ni su energía, ni su perfume, ni su voz, mucho menos su erección estaban en mi mismo tiempo y espacio. Sin embargo, la experiencia de la emoción era real y se actualizaba cada vez que la evocaba. ¿Cómo podría inferir una diferencia entre esa realidad y mi fantasía sobre ella? Fran sabía lo que estaba haciendo. Cuando me involucré en el juego, me llevó hasta su sombra. Al repasar la experiencia, recordé sus propias palabras: “Esto es lo que siento siempre”. Con una sola estrategia logró que yo pudiera entrar a su interior. El movimiento de las piezas sobre el tablero era una proyección. Por eso me quería en su terreno. Me estaba ofreciendo su sombra porque era la manera de atacarla. Al mover el peón negro desde el inconsciente más puro, la trama quedó en evidencia. Yo jugaba desde el adentro, él desde afuera. Mis límites profesionales empezaban a esfumarse porque al involucrarme en su historia, empecé a confrontar con mi reflejo en su semblanza.

Matar o morir ¿Cuál es el punto de conexión? Mi mente transitó en pocos segundos por el túnel rojo de mis sueños, la esfera roja, los bufones, Edipo, el sexo, la luz, la oscuridad, el tablero de ajedrez cubierto de sangre. Cerré el libro y mi alucinación se detuvo. Tomé la decisión. El método de transferencia en esta terapia era poco usual, pero si él pensaba que era la manera de ayudarlo, para eso estudié y además, me eligió por algo que era un interrogante no menor. En el juego, voy descubriendo que quizás, para él también hay un tiempo. Y que la eternidad no es un concepto desfigurado de nuestra mente para comprender un espacio temporal que no alcanzamos a dimensionar.

Durante años he leído sobre métodos y casos que no eran de psicología clínica, eran parapsicopatología. Muchas veces los enfermos resultaban ser los propios terapeutas y los trastornos estaban relacionados con casos no definidos en términos científicos. Hay muchas historias sin explicación, con pacientes y terapeutas sometidos a la amenaza latente en su propia forma de entender y sentir la vida como lo habían hecho hasta entonces.

Hay algo en Francisco Erice que me cautiva, como si lo conociera mucho más de lo que creo. Y él no sólo me conoce.  Me dirige, me conduce, me lleva hacia él aunque haya sido él quien llegó a mi consultorio. Pero la mente, poderosa máquina infernal del infinito, no me daba respuestas. Sólo intentaba el encuentro con otro ser que me llama, me espera, me siente de una manera que yo desde la ciencia no puedo explicar de manera racional.

Los bufones se quedaron quietos ante un espectáculo que no provocaron y que estaban queriendo ver. No estaba siendo engañada por mis percepciones, el circo se había detenido y la antesala de la diversión terrenal entró en el círculo del silencio repentino.

Apagué la salamandra. Guardé la agenda y dejé mi portafolio en el armario, observé mi delantal médico y reforcé mi pensamiento diario: “por encima de todas las construcciones que pacientes y colegas hagan de mí, soy una médica. Tomé el abrigo y puse en la cartera la tarjeta con su dirección y el teléfono móvil. Cerré la cortina del balcón, apagué la luz del escritorio, salí del consultorio y por primera vez lo cerré con llave. Tuve una extraña impresión al respecto. Estaba segura que los bufones me seguirían, pero llevé conmigo llaves, mis llaves, quizás la manifestación material de la necesidad interna de cerrar algunas puertas y abrir otras. Le indiqué a Blanca que ya no volvería y que me encargaba yo misma de hablar con Erice.

Salí del edificio y me empeñé en percibir, experimentar abiertamente, siendo consciente de las reacciones químicas que el estímulo sensorial activaba en mi cerebro. Su frase fue imperativa: “No piense, sienta”. Toda la semana pensando no había hecho más que revivir sus sensaciones, activar sus dudas, entrenar sus adicciones. Mi caos interno era fundamentalmente su caos. Aun así, cierto orden comenzaba a proyectarse en la visión de las piezas desordenadas en el tablero, que es una forma diferente de decir que estábamos ordenando el juego y tomando posición en él.

A un par de cuadras comencé a sentir ansiedad ¿la mía?, ¿la de él? Me dejé llevar por los destellos dorados de las lentejuelas del vestido en el maniquí del Tower. El brillo se quedó en mis ojos que lo veían reflejado en cada una de las luces callejeras que ya estaban encendidas. Julio anochece temprano. Al llegar a la peatonal me detuve en mi sombra proyectada sobre la textura de la piedra, las runas de Delfos acomodadas bajo mis pies entre los adoquines de la calle.

Aflojé mis hombros, relajé mi cuello y con un suspiro, imaginé. Lo imaginé sentado, reflexivo, con la mirada fija en un punto que sólo reconocen sus pensamientos. Serio, concentrado, moderado. Seguramente ha pensado en esta tarde durante toda la semana, como yo. Lo presentí tal como lo conocí, con una camisa blanca y con la barba de un día. Intuí cierta melancolía en su postura y en la forma de mover los labios. Rondando el espacio libre en su oficina, caminando para calmar la ansiedad de mi llegada. No sé de su vida más de lo que me ha contado. Pero hay ciertas cosas que las mujeres sabemos más por sospecha que por certeza.

Cada terapia es personal, cada trama tiene una forma específica y en medio de la completa oscuridad que es el inconsciente, las emociones llegan a ser espectros holográficos de inesperable belleza, universos complejos, constelaciones enteras que comienzan no sólo a reflejar sino a proyectar desde el fondo y el abismo de su propia oscuridad, el ser auténtico y único que son, creados en la anarquía de un ovario en erupción y millones de espermatozoides acechando la esperanza. Hay arte en el interior del útero mientras dos seres se recrean en el acto sexual. No hay bufones ahí, sólo danza de nereidas enloquecidas.

Con la intuición salvaje activa y los sentidos adiestrados, cuando miro, no sólo veo personas, sino historias. Cuando veo a los ojos vislumbro puentes, en las sonrisas descubro estirpes. Esta realidad se me hizo propiamente carne al ver por primera vez a Francisco Erice en mi consultorio. Y luego de la experiencia del balcón, él o, mejor dicho su historia, se me revela de manera tan lúcida que le sorprendería saber todo cuanto pude ver en ese alma frágil que temía mirarme porque sabía que ese puente lo atravesaría hasta el final y dudaba sonreírme porque reconocería lo que todavía me estaba velado. Sólo quería escucharlo para confirmar lo que ya sabía: que hay historias que tenemos que llevar con nosotros como propias y que los efectos colaterales debía tenerlos en cuenta.

En los túneles del inconsciente las sensaciones dispersas se revelan como las ágatas en el interior de la montaña. Eso es Francisco Erice para mí: un ágata en mis manos; magma hecho piedra hueca que estalla desde el núcleo de la tierra hasta engendrarse en la matriz que lo cobija como su mejor secreto. Él no es esa montaña, y lo que intenta contener, ante mí no tiene que hacerlo porque yo estoy tan adentro de la piedra, como él. El duelo llegará a su estocada en algún momento. Sólo puedo dejar fluir cuando veo el puente que me lleva hacia ese brillo que reconozco sobre mi ser por completo. No necesito palabras para entenderlo, ni caricias para conocerlo, ni explicaciones para abrazarlo. Es lo que es, soy lo que soy.

El frío de Julio me sacó del estado de ensoñación cuando estaba a pocas cuadras. La oficina estaba en una construcción antigua que a esa hora resultaba tenebrosa. Iluminada por faroles amurados en los pasillos e importantes lámparas de cristal en los halls. Las columnas cinceladas de los arcos de medio punto que se abrían en las escaleras de mármol, mostraban sus sombras. Los vitrales de las ventanas reflejaban algunas figuras espectrales sobre los pisos de venecitas que delineaban el camino que parecía marcado entre pasillos y escaleras. Al llegar a la oficina, una señorita me pidió que esperara. Miré la hora y faltaban cinco minutos ¿Coincidencia?

A las diecinueve nueve en punto, ella volvió a buscarme junto a un hombre que me observó con una sonrisa inquieta. ¿Acaso me conocía? Fui acompañada hasta la puerta abierta detrás de la cual estaba él con su gesto de niño impaciente y su sonrisa de labios tibios. La jovencita cerró la puerta cuando puse un pie tras el umbral. Tan pronto entré, vi el balcón. Me dirigí a Fran alzándome sobre mis tacos para poder llegar a su mejilla. Él apoyó su mano en mi cintura y detuve mi rostro junto al de él, que no movió un solo paso.

—Gracias por venir —dijo casi en un susurro cerca de mi oído al saludarme.

Suspiré y sonreí. Me dejó recorrer la oficina. Fui cuidadosa en no tocar mientras observaba tratando de registrar los nombres de los libros, la música de los discos, los motivos de los cuadros, la disposición de los elementos en su escritorio. Intenté conectar los objetos entre sí, atribuyéndoles poder simbólico. Faros que me guiaran hacia alguno de sus puertos. Me senté en uno de los sillones, al final de la sala, observando el balcón de frente. Él se sentó en el sillón lateral de frente a la puerta, expectante.

—¿Te costó encontrar el lugar?

—Sabés que no —respondí con la seguridad de saber que captaría el indicio.

Los dos nos sorprendimos de diferentes cosas: que yo había entendido de qué se trataba “el juego” y que el trato ya no era formal. Sobre la mesa entre los sillones estaba el tablero de ajedrez con las piezas tal cual quedaron en mi consultorio. Sonreí y di vuelta el tablero.

defensa de caballos 2

—El juego cambia cuando cambia el lugar. Aquí soy una Reina blanca —dije sin dejar de observar sus movimientos.

—Eso no sigue las reglas, aunque combina con tu camisa y tu sostén.

—Debí ser una Reina blanca desde el primer movimiento, digamos que acceder a tu espacio, me da la posibilidad de cambiar la perspectiva.

Esbozó una sonrisa.

—¡Sí, claro…! Cambia la perspectiva del juego…

—Cambia la perspectiva de todo —sentencié.

—Todo es un juego —me recordó.

Dejó de mirar la piel por debajo de mi camisa y se dirigió directamente a mis ojos. Nos quedamos suspendidos en la mirada.

—Has entendido —dijo.

—No estoy segura del todo, pero al menos en parte, sí.

—Bien. Es mi turno —dijo frunciendo los labios y asintiendo con la cabeza al recordar que la última pieza movida fue el peón de la torre de la Reina blanca.

A juzgar por su juego tanto por su postura, no quería arriesgar nada. El romanticismo de sus jugadas y la posición de su cuerpo sobre el sillón eran en verdad defensivos. Retrocedió el alfil. A cualquier ajedrecista lúcido, el juego ya se le hubiera vuelto soporífero. Sin embargo, iba más allá. Era una tensión permanente. Defender y atacar. Sus manos estaban juntas, cobijadas entre sus piernas. Una posición que no le había visto hasta entonces. Un poco infantil, como un niño rindiendo examen. Su oficina estaba a media luz. Tuve la sensación de estar con un alma en gestación, y aproveché el pensamiento que tenía la seguridad de que era dirigido.

—Contame sobre tu madre —dije sacando el alfil de la Reina blanca a la amenaza de la Reina negra.

—El blanco te da seguridad… —respondió avanzando su Reina.

—Así parece, —dije desplazando el caballo para seguir presionando la Reina, eliminando de juego el primer peón. Una jugada riesgosa.

—¡Empezamos el medio juego al fin! —exclamó entretenido.

—¿No creés que después de dieciséis jugadas ya es el momento?

—En algún momento… simplemente sucede —Reflexionó.

No quiso hablar de su madre, lo cual es todo un parlamento para una terapeuta sexual que intenta resolver el enigma de un hijo único profundamente atormentado en su relación con las mujeres. Presté atención al tablero. Los movimientos de las piezas negras, ahora en su poder, me darían un indicio de lo que él esperaba de mi juego teniendo el poder del ejército que antes me pertenecía. Con seguridad él estaba haciendo lo mismo al observar el movimiento de las piezas blancas.

—Ya hablaremos de ella —dijo retrocediendo la Reina.

—¿Te parece que entonces hablemos de tu padre…? —dije adelantando el alfil de la torre.

Durante unos momentos permaneció en silencio.

—Murió —dijo liberando la presión sobre el peón doblemente amenazado.

—Eso ya lo habías mencionado…

No había hablado de muerte específicamente. Pero en términos psicológicos, la muerte no siempre implicaba deceso. Cómo fuera, él lo consideraba muerto.

—Es todo lo que puedo decirte.

Su mirada se ensombreció y su gesto se perdió. Palideció como evidencia de la herida no curada, goteando sobre el inconsciente sin llegar a colmarlo. Un recuerdo que lo ahoga sin asfixiarlo. Como el movimiento de sus piezas.

—Podrías haberme hecho notar estos puntos para evitar preguntas e ir directo al tema del que querés hablar —dije sacando el único peón posible.

—Necesito saber lo que querés preguntar. No fui a tu consultorio para hablar sólo de lo que yo quiero. No te voy a contar todo, no necesitás saber más que aquello que te interesa y no voy a decirte más de lo que me preguntes —dijo adelantando el caballo para sacar mi primer peón.

Así que con ese breve parlamento, dejó claro camino a ciegas, con la intuición de la mano, pero sin otro mapa que el que puedo construir transitando el territorio.

—Hablemos de las demás mujeres —dije en un suspiro asertivo a su declaración—. ¿Estás en pareja? —pregunté sacando de juego el otro peón.

—No te precipites tanto o va a funcionar —aseguró retrocediendo su alfil en un estratégico movimiento que amenazaba el mío.

Su intención parecía ser enfrentar piezas idénticas, y amenazar Reinas con caballos. Me divirtió pensar en yeguas salvajes que no sólo evitaban la montura, sino que amenazaban a cualquier ejemplar femenino que se les acercara. Su misión era defender Reyes, no importaba demasiado el lugar del tablero. Las yeguas parecían ser las verdaderas Reinas, que cuidaban Reyes del juego de matar o morir al que se sometían con sus realezas. Fran me lo había dicho en la primera cita: “El juego es entre la Reina y el Rey del mismo lado del tablero.”

—El movimiento de las blancas lo planteaste vos. Sólo estoy moviendo las piezas que tengo para mover —dije retrocediendo mi alfil sin dejar de amenazar ahora su caballo.

—La estrategia de cambiar de ejército resultó. Tu juego es osado —dijo sacando el caballo del centro y exponiéndolo a mi alfil.

—No respondiste mi pregunta —dije sacando mi caballo de la amenaza.

—No estoy en pareja, pero esa es una amenaza cada vez más difícil sortear —dijo arqueando las cejas y meditando sobre su siguiente movimiento. Finalmente decidió replegar el caballo.

—Entiendo… ¿No querés estar en pareja? —pregunté retrocediendo el caballo sin dejar de presionar.

—No —dijo abrupta y convincentemente. Y para dejar clarísima la respuesta, sacó el caballo del centro eliminando el segundo peón blanco y librándose de la blanca amenaza equina—. ¿No creés que las parejas terminen siendo un problema? —Preguntó impasivo.

Es lo más razonable que le he escuchado decir y me sentí reflejada en él. Marcos pasó por mi mente.

—Depende del acuerdo que haya entre ambos —respondí.

—El sólo hecho de pensar en un acuerdo, me estresa. Prefiero pensar en que las cosas se den naturalmente y que también naturalmente dejen de suceder.

—¿Que el amor suceda y deje de suceder naturalmente? —pregunté sorprendida de haber  nombrado la palabra “amor”—. Sabía la respuesta, pero tenía que hacer la pregunta de todas maneras. En lugar de responder, soltó una carcajada.

—¿El amor?, eso es una redada. Vos mejor que nadie sabe que el amor no existe, es un invento romántico para sublimar la energía sexual de los más bajos instintos y que necesitamos para limpiar, ordenar, dotar de trascendencia, convencernos de que es algo bueno, lindo, placentero.

—Lamento decepcionarte, Fran. No niego tu versión. Es posible que el concepto atribuido a la palabra amor haya sido un invento para dotar de una naturaleza diferente a la energía sexual. Sin embargo creo que la energía sexual y la energía amorosa son diferentes. Freud localizó en la libido la fuente de esta energía, llevándola a extremos que para nuestra sociedad todavía son insostenibles desde los propios prejuicios. Aun así el amor puede o no existir en nuestra configuración emotiva personal, pero no es lo mismo que la energía sexual.

—Vos hablaste de amor. Yo nunca lo mencioné. No creo que exista. Es un juego más de la mente. Y hablando de juego, es tu turno —dijo inquieto ante un tablero presionado. Dominar se hacía imperativo.

—Que no hayas sentido amor, no implica asegurar que no existe. Es tu ejemplo del ciego ante la luz. No ver la luz o no sentir el amor son parte de una disfunción propia del ser, no de la realidad fenomenológica. De hecho creo que amás a tu madre y también a tu padre. Sin embargo, ese sentimiento en Freud tiene también origen en la libido, se basa en esta pulsión sexual.

—No elegí a Freud para hacer terapia. Te elegí a vos. Quiero saber lo que hay en tu mente. Lo que había en la de Freud sólo él lo sabía y conozco lo mismo que vos sobre su pensamiento y sus escritos. Hablando de amor… ¿Vas a mover la Reina blanca o la vas a sacrificar?

—Ninguna de las dos cosas. Vamos a ver cuál es más fuerte —dije moviendo el caballo blanco—. Hablame de la relación con tus mujeres.

—Es muy complicada. Y a vos parece que te encanta complicar las cosas —dijo haciendo referencia a mi último movimiento.

—Obvio…

—¿Qué es lo obvio?

—Las dos cosas.

—Explíquese, doctora.

—Tu relación con las mujeres obviamente es complicada o no estaríamos tratando de resolverlo…

—¿Y la otra?

—Complicarte las cosas es por lo que me buscaste ¿o no?

—No sé por qué genero eso… —dijo sin dejar de observar el tablero.

—¿Qué te hace pensar que lo generás vos?

—Es la única explicación posible. Siempre todo empieza como un juego y todas entran en él.

—Ellas tienen su propio juego, Fran.

—No. Juegan el juego que yo les propongo.

—¿Cuántas son?

—Muchas.

—¿Podés elegir a una y analizamos la relación?

—Vamos a ver si resiste… —dijo moviendo el caballo que puso en jaque al Rey negro. Luego dijo—: Marina.

A juzgar por el movimiento, debe tratarse de una impresionante equina.

—Hermoso movimiento, pero imprudente. Contame la historia —dije satisfecha, sabiendo que empezábamos a caminar sobre una tela de araña que se alzaba sobre nosotros.

—¿Te molesta si pongo música? —preguntó tomando el control remoto del equipó. Negué con la cabeza y era obvio que quería decir algo más que palabras al hablar de Marina—. La concocí hace años. Es diferente a todas, juega conmigo su propio juego, quizás porque es más grande que las demás —dijo al tiempo que Spinetta cantaba: “…todos quieren mi montaña…” y yo sonreí recordando el ágata.

—¿Cuántos años tiene?

—Los mismos que yo.

Eso me relajó brevemente. Pensé que me iba a decir una edad semejante a la de su madre, lo cuál hubiera convertido la terapia en previsible. Pero no, estábamos ante una situación bastante normal, al menos por el detalle que ella logró imponer una estrategia que perturbaba su juego con las veinteañeras. Un hombre y una mujer mediando los treinta y jugando a la seducción. Ella le enseña lo que él no tiene posibilidades de ejercitar con las muchachitas con las que se relaciona para sentirse seguro. No necesita ser muy explícito con ella porque sabe lo que un hombre de su edad quiere y también lo que una mujer como ella disfruta. La debilidad sexual que experimenta ante ella debe ser fuerte. La seguridad de Marina lo deja vulnerable en el juego que pretende. Por algo la eligió para comenzar.

—¿Cómo la conociste?

—Lorena, una amiga en común nos presentó en el trabajo —respondió y comenzó un relato que me resultó fascinante. Nereidas y bufones se detuvieron a contemplar la tensa calma del mar.

(En la próxima, la segunda parte de El ataque del Alfil, donde Fran hablará de Marina y despertará en su terapeuta las más insospechadas sensaciones).