El ángel caído

Al frescor me acomodo y duermo.

Matsuo Basho

Me levanté un tanto asombrado, un tanto confundido. El mundo me pareció un poco más caótico de lo que en realidad es. Fui al baño y me lavé la cara con agua helada, me miré en el espejo, era el mismo yo de todos los días, pero había algo extraño asomando detrás de mis hombros, una especie de penacho blanco que crecía sin detenerse.

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Después de un instante un hecho irresoluto me llenó de extrañeza: lo que asomaba por mis omóplatos eran un par de alas blancas, espumosas, contundentes y concretas. En menos de un minuto se hicieron enormes, al punto tal de tocar con sus puntas el techo descascarado por la humedad. Surgieron como una planta en el desierto de mi espalda.

Por un momento lo ilógico me tomó por sorpresa. Dentro de todo lo poético que podía resultar tener un par de alas un problema me zamarreó: ¿cómo me vestiría? Pensé que eso no era tan importante. Barajé las posibilidades que me brindaba la nueva situación. Entonces, en un instante eléctrico y azul, la idea estalló en mi mente: podía volar, ser un hombre alado, quizás un súper héroe y no pude más de felicidad.

Intenté controlar el movimiento de las alas y con gozo vi que respondían a las órdenes de mi cerebro. Ante el impulso de mis pensamientos se batieron briosas, elegantes y sumisas.

Me sentí un dios.

Salí al patio y subí al techo trepando por la medianera. Me pareció tener el universo a mis pies. Me concentré. El suelo, unos tres metros más abajo, me atemorizó un poco, pero sólo un poco. Visualicé el vuelo, elegí las nubes que iba a atravesar.

Entonces me lancé al vació.

En el preciso instante en el que me arrojé un pensamiento se me atoró entre las sienes… Si tengo alas… ¿Por qué tuve que trepar la medianera para subir? En ese momento recordé que soy sonámbulo y que tengo sueños vívidos.

Las alas desaparecieron antes de que cayera entre los malvones del jardín de casa, justo cuando estaba despertando.

Me quedé ahí tirado, en el suelo, entre las flores blancas, rojas y azules hasta que me dieron ganas de desayunar. Me sacudí los pétalos de la cara y me cebé unos mates.

No me di cuenta, pero unas hormigas se llevaban dos plumas blancas para su hormiguero. En cualquier momento voy a ver un insecto formicidae volando con alas de un ángel caído.