Estaba de paso

Era una tarde de marzo de 1984. Rolando, sentado en el living de su casa frente al ventanal que daba al jardín, observaba a su alrededor hundido en su pena. Días antes había muerto su madre y la casa se llenó de tristeza. No se parecía en nada a cuando ella estaba. Los muebles, los objetos, que antes lucían primorosos, ahora tenían un aspecto desamparado. Incluso las plantas y flores del jardín que podía ver desde ahí, estaban lánguidas y descoloridas. Hasta los olores habían cambiado. Ya no había olor a pan horneado. Ni a fresias en cada rincón. Pensaba con amargura en qué iba a hacer en ese viejo caserón solo, con sus escasos veinte años. La iba a extrañar y no era para menos. Aída era entrañable. De alma tranquila. Una mujer cálida, de sonrisa franca, que encantaba con su dulzura y sus dotes serviciales. Consagrada a prodigar cariño y atenciones a todos los que la rodeaban. Una de esas mujeres de vitalidad asombrosa. De rostro bondadoso, piel pálida y el cielo en sus ojos. Adorada por sus hijos y nietos. Refugio de afecto y comprensión para sus sobrinos.

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Siguió pensativo unos instantes recorriendo con la vista a su alrededor, en medio del silencio. Detuvo con el dorso de la mano una lágrima apunto de rodar por su mejilla, y de pronto se levantó. Supo que su inmediata obligación era levantar su ánimo alicaído. Y tuvo la necesidad de salir con el único propósito de distraerse.

Tras darse una ducha rápida, sacó del garaje su Fiat 147, el cielo gris amenazaba lluvia, y tomó rumbo a los cines de la legendaria calle Lavalle. Estacionó en una playa de calle San Juan. Al salir del auto, se le acercó un perro ya viejo, negro, con el hocico blanco y le dio la bienvenida con la cola. Rolando le dio unas palmaditas en la cabeza. Caminó dos cuadras bajo los plátanos que comenzaban a cambiar de color. La tarde declinaba. Al dar la vuelta por Lavalle vio las largas colas de gente en los cines. Luego de ver las opciones, se decidió por “Indiana Jones y el Templo de la Perdición” y se unió a la cola del Gran Rex.

Al salir del cine ya era de noche y caía una suave llovizna. Sintió un poco de frío y apuró el paso con las manos en los bolsillos. La película le resultó divertida y desandando la calle San Juan, apenas iluminada por sus agónicas farolas, repasaba las escenas que más le gustaron. Al llegar a la playa sintió un intenso petricor flotando en el aire. El amigable perro le salió al encuentro y lo siguió detrás. Ingresó al auto, abrió la billetera y vio que el poco sencillo que tenía no le alcanzaría para pagar. Buscó en la guantera y nada, ni un sólo billete. Compungido por el apuro, la única alternativa que tenía era decirle al encargado que no podía pagarle y prometerle volver al día siguiente y saldar la deuda. Puso en marcha el motor, encendió las luces y sin saber cómo, apareció frente a él, iluminado por los faros, un hombre. Alto, vestido de pantalón gris y camisa blanca que la garúa no lograba mojar. Supuso era el encargado de la playa. Rolando bajó el cristal, dispuesto a decirle lo de la plata. El hombre caminó hacia él. Se inclinó para acercar la cara a la ventanilla y con una voz ceremoniosa le habló suave y cortésmente.

—Buenas noches. Vaya tranquilo, no más. Ha venido alguien a pagar por usted —aureolado por el resplandor del alumbrado, parecía un ser angélico.

Rolando lo miró fascinado por unos instantes. Era un hombre mayor, de expresión apacible y dulce, de rostro armonioso, el pelo y barba blancos y clarísimos ojos celestes. Y sin comprender lo que le decía, lo acometió un inexplicable sentimiento de bienestar.

—¿Alguien? ¿Quién? —le preguntó extrañado.

—Una mujer que andaba de paso. Vaya, no debe nada —hizo una leve inclinación como saludo, le dio la espalda y se perdió entre las sombras.

Al día siguiente, Rolando reconstruyó el extraño suceso de la noche. Y tras desayunar volvió a la playa de estacionamiento lleno de intriga. Quería que aquél hombre le describiera a esa misteriosa mujer. Al llegar, se bajó del auto y a los pocos pasos le salió al encuentro el anciano perro y tras él un hombre de mediana edad. Se saludaron mutuamente y Rolando le preguntó por el encargado que había estado la noche anterior. El hombre lo miró extrañado.

—¿El encargado que estuvo anoche? ¿Cómo a qué hora? —le preguntó.

—Cerca de las diez.

—¿Estás seguro de que es acá?

—Muy seguro. Dejé el auto acá. Un hombre mayor, alto, de pelo blanco…

—Pará, pará —lo interrumpió el hombre—. Te has equivocado de playa, pibe. Porque el único que estuvo anoche, fui yo.

Rolando lo miró confundido por unos instantes. Luego bajó la vista y se dirigió al auto acompañado por el perro. Cuando salió saludó al encargado con la mano. Y con una incomprensible seguridad se dijo a sí mismo: “Entonces aquél hombre fue un mensajero que también estaba de paso”.