De uno en dos

Mujer primavera 2

Ramillete de margaritas silvestres,
coronilla de pájaros y mariposas
sobre la piel desnuda
caminando hacia el nogal.
La seguían los perros y la luna aparecía
en el jardín colando rayos de plata
entre las ramas de los ciruelos en flor.
Las rosas blancas se abrieron a su paso
y las abejas escondidas entre las lavandas
dormían serenas.
Luciérnagas violetas bailaban
en la aurora boreal de su pelo.
Caminaba sola hacia el altar
en el que se había detenido su sueño.
Él sólo observaba
desde el umbral que no cruzaría
al no comprender el pulso
ausente ante el milagro.
Ella había llegado para mostrarle
un mundo
con todo y su locura imaginaria,
los ecos de canciones con la lluvia
tras la ventana.
Nunca era de noche cuando dormían
ni era de día cuando madrugaban
los besos atrasados.
Caminaban siempre descalzos
y se confesaban desnudos
después del ritual de la piel transpirada
en el goce de poseerse sin ultrajas.
Efímeros y eternos consentían el deseo
mirándose sin tiempo.
Elegidos por los ángeles caídos
para perpetuar la sombra amante
de la noche sin testigos.
Se amaban para no morir de amor
entre cada brindis de nostalgia adormecida.
No había acuerdos ni mentiras.
Las llaves en el buzón de la reja
la esperaban sólo a ella,
que como llegaba, partía.
Le dejaba las mañanas
con el regalo de su falta
y él complacía
en la sonrisa el último beso.
El canto de la Reina Mora la despedía
cuando los grillos dejaban de cantar.
No había pacto de olvido
ni promesa de volver.
Eran la libertad en carne viva
y con los ojos bien abiertos
de un solo cuerpo partido en dos.