QUADRIVIUM

Música de las esferas

Agarraré al destino por el cuello y lo desafiaré”.

(Ludwig van Beethoven en carta a su amigo Franz Wegeler)

 

Observo el cielo y lo oigo. Como oigo la música al leer la partitura. Como oigo el hálito de las sombras que me atormentan.

¡Ay! ¡Si supieran el mal que me aflige! El horror amedrentaría su insensatez… “¿Cómo es posible?”, dirían.

¡Ignorantes! Básteles Aritóteles para saber que la belleza musical emana de la exactitud numérica, con la misma absoluta precisión angular con la que danzan las estrellas en el cosmos.

El tiempo… Como si acaso no pudiera yo medirlo en las negras mejor que ellos a la redonda fusa, la más bella imagen del silencio en un compás.

El mundo sigue siendo redondo de todos modos al terminar la melodía. He creado la perfecta obertura que no es necesario oír para aplaudir. Quedarían igualmente deslumbrados ante el espacio exterior, absoluto vacío de sonidos. Las líneas que dibujan las constelaciones girando en grados precisos con sus órbitas oscilantes en cadencia, la despojada armonía de Venus, el grave adagio de Júpiter y Saturno en contraste a la alta nota andante ejecutada por Mercurio al oído del Sol. Un pentagrama a las órdenes del magno creador, cualquiera sea, el mejor director.

Mis oídos sólo acompañan el mecanismo zigzagueante de la sinfonía en el papel. Quizás estoy más sordo de lo que creo. Es más, se me hace imposible entender de qué hablan. Sus conversaciones me resultan intolerantes hasta la vehemencia. Les dejaré la Novena en testamento para que callen de una vez su iniquidad y puedan oír el universo vibrando en intensa percusión.

Y si acaso el ruido llegara, debes saber, mi Amada Inmortal, que la redonda fusa es el refugio ineludible ante el desconsuelo con el que arde el alma incomprendida de quien, pudiendo oír, no tuviera nada agradable que escuchar.