Yo te quise en Jogging

ranch

Un martes cualquiera mientras mataba el tiempo en las redes sociales, mechaba lecturas entre tus publicaciones de quejas sobre el gobierno e invitaciones a recitales, hasta que un curioso posteo llamó poderosamente mi atención. Era un descargo titulado “Ahorrate el chamuyo, quereme en Jogging”.

En el mismo, hacías referencia a lo difícil que es encontrar una pareja que no esté en la pavada del levante superficial, sino que te busque por lo que realmente sos. Llena de rencor y auto indulgencia, tirabas contra la gilada y contra la gente que no te toma en serio. 

Por eso y mucho más quiero decirte que yo, Yo si te quise en jogging.

Tardes enteras en la plaza con los pibes y las pibas buscando el mejor momento para fotografiarte. Siempre con alguna idea para un tatuaje nuevo o alguna marcha contra el establishment. Sin dudas era el mejor momento de mi día. Te miraba a través del lente de mi antigua cámara reflex y cuando vos me devolvías la mirada -nervioso- gatillaba dos o tres veces la misma foto, como si esos clicks me dieran cierta impunidad.

Tanto te adoraba mi cámara y tanto más te adoraba yo.

Vos con tus veintipico bien guerreros te debatías entre tu carrera de filosofía, y las letras que ibas dejando en los blogs vernáculos de poesía gastada. La mejor armadora de tabaco suelto, siempre con el pañuelo verde para todos lados y dispuesta a ayudar a quien se cruzara en el camino. Llena de alegría y de pelos de gato eras el alma de cualquier grupo. Rancheadora firme de jornadas de mate, porrón y faso. La reina de nuestro ajedrez.

Otra tarde más en la que el sol te daba de frente, fruncías el ceño de manera adorable y yo no podía evitar capturar ese momento mágico, mientras vos hacías como que no me veías. La espontaneidad del retrato casual se lo da la distracción de la musa, por supuesto. Llenabas tu Facebook con las fotos que yo te sacaba y cantabas una y otra vez las canciones que te componía, sin saber siquiera que todas eran sobre vos. No te lo decía, no por cobardía, sino porque quería disfrutar tu cara de sorpresa cuando realmente te dieras cuenta. 

Las marchas contra todo y todos, que nunca supe si me copaban, pero no podía dejar de acompañarte.

Y así pasaba mis días con un pullover tejido de mi abuelo, un jogging azul de los anchos y mis Topper de lona garabateadas. Llevaba un morral mágico en el que cargaba mis pocas pertenencias, pero con el cual me sentía listo para enfrentar al mundo. Nunca faltaba un libro para esperar el bondi, un poco de tabaco para armar, mi vieja reflex y una libreta para escribir donde me agarrara la inspiración. 

Hasta que un buen día llegó -sin invitación- un estudiante crónico de Ciencias Políticas en un auto rojo a compartir nuestra rancheada de viernes por la tarde. Un pibe “bien” con culpa de clase, que nos convocaba a una marcha por la educación pública.

Yo no estaba de acuerdo, sobre todo porque él era el prototipo de lo que está mal con la educación pública. Llevaba casi diez años, calentando bancos en la facultad y caía a cursar en un 0km bancado por su padre.

Naturalmente se debe haber sentido atraído por tu mirada, porque a los pocos minutos ya había desplegado todo su arsenal de conquista delante de los presentes. Y vos encima le llevabas el apunte para que siguiera con su chamuyo barato de clases sociales y filosofía prestada.

A los pocos días ya se hizo uno más del grupo y se prendía en cuanto plan armábamos. Nunca pedía plata para la nafta y ya con eso a los pibes y a las pibas les caía bien. Yo todavía tenía mis reservas.

Para colmo el flaco se fue metamorfoseando con el equipo y hasta se vestía como nosotros. Ahí me dí cuenta que no podía competir con él en ese nivel. Yo llevaba un viejo pullover tejido, él uno de Bensimon. Mis joggins eran los azules del colegio con patas anchas, él llevaba unos modernos Nike chupines. Yo con mis Topper de lona gastadas y él con sus Converse nuevas. Su tabaco importado fragante y suave, hacía que mi Richmond pareciera viruta vieja. Cuando pintaba el faso, lejos de la agujita, él pelaba frasco entero con flores.

Párrafo aparte para esa curiosa concesión capitalista que tiene el zurdo moderno con el Iphone. Él por supuesto, tenía el último modelo traído de afuera que costaba más o menos lo que yo ganaba en un año como fotógrafo. Era una versión impostora pero mejorada de nosotros mismos. Y vos flasheaste con eso.

Ante tamaña amenaza sabía que era el momento de decirte lo que sentía. Así que como siempre te gustaron mis poemas y mis composiciones, decidí escribirte una carta abierta y leerla delante de todo el grupo.

Arranqué con mi lectura ante la atenta mirada de todos. Iba describiendo de a poco algunos detalles para que te fueras dando cuenta que la protagonista eras vos, al igual que la de todas mis canciones y poemas. Se acercaba el momento de la verdad, el momento de decir tu nombre, cuando de repente un bocinazo cortó toda la mística poética.

Era el flaco del auto rojo que a los gritos desde la calle nos invitaba a ranchearla a Potrerillos. Ante tamaña propuesta todo se interrumpió y los pibes levantaron campamento rápidamente para subirse al coche y seguir con la juntada en la montaña. Realmente era un plan ideal. Salvo para mi.

Y así fue que te vi sentarte en el asiento del acompañante de aquel auto rojo con la calco del Che y una bandera de Cuba. Vi como te besaba el cuello en juego y vos riendo lo sacabas con suaves palmadas de señora bien. Quizás en ese momento te cayó un poco la ficha de haber ido al Colegio Universitario Central y haber vivido en las postrimerías del Bombal. Él aparentemente era el candidato ideal para presentarlo en casa. Tanto habrá sido así que nunca notaste que esa tarde no subí al auto y que me quedé con la carta en la mano mirándolos como se iban.

Los días pasaron y nuestra relación se fue enfriando, mientras te veía una y otra vez llegar sentada en el lugar de su “acompañante”. Vos que siempre fuiste tan completa sola, ahora eras solo un lindo complemento.

Un par de meses de ensueño de publicar fotos y frases juntos como parejita feliz y la cosa se empezó a pudrir. El flaco era un espíritu libre y a vos al parecer eso no te pintaba tanto. Pero él volvía a las rancheadas y vos cambiabas por completo, discutías con las chicas que intentaban cuidarte y te ibas otra vez con el flaco del auto rojo que te usaba de plan B. La luz de tus ojos cambio. Se apagó la sonrisa eterna, ahora era más un ceño fruncido, reflexivo y adusto. 

Y el tiempo pasó, hasta que una tarde mientras las chicas buscaban un encendedor en la cocina de mi casa, revolviendo entre mis cosas encontraron la carta que te había escrito diciéndote que yo te quería de jogging. Tu mejor amiga te la fue a mostrar y vos en un momento de epifanía taciturna, saliste así de jogging, -como yo siempre te quise- desesperada a buscarme.

Curiosas e irónicas a veces son las vueltas de la vida. Me encontraste sonriente en nuestra plaza junto a la piba que vende Iphones usados en la Tonsa. La conocí justo el día en que te escribí aquella carta y con todos mis ahorros, exultante me fui a la Galería a buscar uno para vos.

A la media hora de comprarlo volví arrepentido, sin ahorros y para colmo con un teléfono sin dueña y el corazón fracturado.

Ella me tomó los dos en parte de pago, me hipotecó un beso, me robó una sonrisa e inspiró este curioso descargo.