REINA BLANCA, REINA NEGRA: “Defensa de caballos”

mujer tablero

El reloj del consultorio sonó para dar las diecinueve. Blanca me anunció por teléfono que Fran esperaba afuera. Respiré hondo mirando el tablero de ajedrez con los bufones y las nereidas al frente de ambos ejércitos. Me había vestido de negro con toda intención.

Abrí la puerta y ahí estaba él, con su enorme fisonomía y su mueca de media sonrisa a labio fruncido.

—Buenas tardes, Fran —dije tendiéndole la mano, con duda. No sabía si la tomaría o la besaría.

—Hola, doctora —respondió llevando mi mano a su pecho y acercando su mejilla para saludarme con un beso.

No tenía esta aproximación con mis pacientes, pero la verdad es que ese pensamiento no me alteró tanto como su perfume y que esta vez se había afeitado para venir a la consulta. Me movilizó completa. Al sentarse observó el tablero de ajedrez y naturalmente dijo:

—No ha movido el Alfil. Ya que ha vestido de negro… —Frunció los labios un momento—, adelántelo más aún por su falda.

Bajó la cabeza y se mordió los labios. Sonreí, pero cambié la pieza y moví el peón del Alfil. Tac.

—Mi juego lo manejo yo, Fran.

—Muy bien, doctora, veo que ha entendido. Luce hoy como una verdadera Reina negra —dijo desprendiéndose el abrigo.

—Aunque parezca una verdadera Reina, sólo soy una plebeya jugando a serlo.

Me sentí poseída por el ego, que dijo esas palabras desde no sé cuál lugar de mis laberintos internos, ante la sorpresa de los bufones mentales que detuvieron las bolas. Fran posó su mirada en mí y yo en la manera en la que me miró al pronunciarlas. Estaba ansiosa por ver qué sucedería cuando al mover más piezas, se despejaran los alrededores de la Reina y del Rey y sobre todo porque, tenía una segunda inquietud, yo era una Reina negra y él un Rey blanco, habría un enfrentamiento y eso era parte de lo que él había insinuado en la primera cita. “Matar o morir” ¿Quién pondría en mate a quién?

—He pensado en su caso Fran, y creo que hay unos cuantos motivos para analizar e intentar llegar al origen de una trama que lo ha traído hasta aquí.

—Si usted dice que me ha traído una trama…, lo respeto. Pero yo estoy seguro que llegué conduciendo mi coche —insinuó divertido.

—Vamos a tomar esto en serio, por favor. Acepto el juego de ajedrez como parte del proceso, pero esto no es un juego, Fran. Es importante que lo tenga claro y necesito su compromiso para seguir adelante.

—Está bien doctora, acepto el compromiso porque usted acepta el juego, digamos que es un intercambio que nos sirve a ambos —dijo moviendo el peón del Caballo—. Asumo que usted entiende que estamos involucrados en un juego que, necesito que comprenda para que pueda jugarlo y ayudarme. Adelante un casillero por su determinación.

Tal como esperaba, al menos en la apertura del juego, no fui muy original y moví  el Caballo del Rey. Ya había cuatro peones fuera de su tablero, era hora de mover una pieza mayor. Se quedó un poco inquieto, aunque intuí que esperaba el adelanto, ante el aparentemente erróneo primer movimiento, ahora había conseguido una ventaja para las negras amenazando su caballo en cuanto quisiera sacarlo del lugar.

—Fran, juegue —dije con cierto aire de altanería, sin disimular la ansiedad.

Él se quedó un poco incómodo con esa actitud y dudó. Podía mover su Alfil y exponer a mi Reina, pero esperó. Se quitó el abrigo y lo dejó en la silla contigua.

—El tiempo corre, Fran.

Levantó la cabeza del tablero y me miró fijamente.

—El tiempo no existe. Usted sabe que es una construcción autodestructiva de la mente para provocar ansiedad, pánico, depresión, conductas suicidas, estrés, disfunciones eréctiles. El tiempo es una mentira más que nos impone el juego. Sólo sirve para enfermar a la gente que no juega o no entiende que está jugando.

—Es un buen punto de vista —alenté al ver más bufones alrededor y sabiendo que me estaba distrayendo para pensar—. Si bien el tiempo es determinante en todo aquello que deviene en función de un aquí y un ahora, no explica per se algunas patologías sexuales —advertí mientras él movía el peón del Alfil.

—Su tiempo, doctora —dijo emulando cierto placer por dejarme el turno de jugar ahora con su amigo inexistente, el tiempo.

Mientras pensaba, decidí volver a la terapia.

—Habíamos quedado en hablar sobre la posibilidad de que nuestras entrevistas fueran grabadas, de esa manera podré concentrarme más en lo que hablamos, sin perder de vista otros detalles —dije moviendo un peón que frenaba el avance de su amenazante Alfil. Tac.

—¿Qué detalles se pierde si toma notas? —preguntó adelantando el peón del Caballo. Tac.

—Sus gestos, el movimiento de sus manos, la dirección de sus miradas, el modo de sentarse, de cambiar de posición, la respiración, la inestabilidad de sus pupilas, el color de su piel, incluso su perfume —expliqué adelantando hacia el lateral el Caballo de la Reina negra, para defender otro eventual jaque.

—¿Mi perfume? —preguntó sorprendido entretanto defendía con su Alfil.

—Si desde este sitio, a un metro de usted, puedo oler su perfume es que la circulación de su flujo sanguíneo se ha acelerado, activando sus capilares, que llegan hasta los poros de la piel provocando que emane el perfume en ella. Oler su perfume a esta distancia es indicio de que su corazón está latiendo más a prisa, Fran.

Me sentí satisfecha de haberle dado una explicación que además de sorprenderlo, le gustó, a juzgar por el gesto de sus labios y el leve rubor que asomó en sus mejillas. Si pudiera acelerar a voluntad su pulso cardíaco para dirigir mis percepciones, lo hubiera hecho en ese momento. Es un buen jugador y le estaba revelando estrategias de juego para conocer las de él. Y también quería oler de nuevo su perfume, así que hice un movimiento con mi pelo que tuvo toda la intención de estimular su ritmo sanguíneo mientras adelanté un peón para frenar otro cruce de su Alfil. Tac.

—También habíamos quedado en hablar sobre la posibilidad de que las consultas no fueran en el consultorio —dijo sonriendo al llevar hacia adelante el Caballo de su Rey.

Respondí moviendo el Alfil de mi Reina. Había tensión en el flanco de las damas, hacia donde parecía ir el juego. Reímos al mismo tiempo. ¿Conectamos? No. Simple resultado de la presión entre las piezas. El Rey y la Reina dejaban cabalgar abiertamente la seducción sobre el tablero.

—Fran… la palabra consulta y consultorio están relacionadas, una y otra conviven en este espacio.

—Hay un punto en el que se equivoca, porque hay muchas consultas que se realizan en un consultorio, pero otras se realizan en consultorías y también hay muchos consultorios en los que se realizan prácticas diferentes a las consultas. Parece que negociamos el casillero central… —dijo haciendo referencia a los caballos que amenazaban con llegar hasta ese sitio.

—Dígame qué es lo que le molesta de tener que realizar la consulta aquí —pregunté

—Que hay cosas que sólo podría contarle cuando en realidad quiero mostrarle.

—No pretenderá que vayamos a diversos lugares con el tablero de ajedrez…

—Ya veremos como solucionamos ese menester. De todas maneras, no creo que movamos muchas piezas en cada encuentro si continuamos con este ritmo —aseguró para intentar concentrarse nuevamente en su jugada, llamando mi atención con la palabra encuentro.

Pensó un momento y avanzó el Alfil del Rey. Tac.

—Suyo, doctora.

Me observaba impaciente mientras yo analizaba el tablero. Adelanté el peón de la Torre del Rey.

—¿No hay más preguntas? —dijo para distraerme.

—Espero su jugada —respondí sin disimular mi inquietud.

—Copia mi estrategia —afirmó levantando los párpados sin mover la cabeza y me sostuvo la mirada. Se refería a la presión con el tiempo.

—Quizás sea una maniobra momentánea para poder ver la aparente oposición o complementariedad en cada jugada —aseguré sin desviar mis ojos de los suyos.

—Opuestos complementarios… —deslizó al mover el peón de la Reina hacia el centro del tablero.

—¿Sabe lo que son los opuestos complementarios Fran?

—Explíqueme —murmuró entretenido, sabiendo que su entusiasmo provocaba mi intelectualidad.

—Bueno, los opuestos complementarios son todos aquellos elementos que siendo diferentes en su naturaleza constitutiva, permiten, justamente por tener la cualidad contraria, la existencia de su opuesto y con ella, la propia. La diferencia los une. Deben convivir para existir —expliqué avanzando, como él, el peón de la Reina. Tac.

—¿La luz y la oscuridad? —preguntó adelantando el Alfil, que no avanzó porque sí, sino para tentar a mi Caballo, aunque arriesgándose ante mi peón.

Pensé un momento antes de responder, pero decidí aceptar el desafío y retrocedí el Alfil de la Reina a su posición inicial. Tac. Peones, caballos y alfiles estaban en posición de ataque y defensa. En nueve jugadas la apertura estaba planteada, había que empezar a despejar la trama. Y antes de que yo volviera a decir o hacer algo, tomó la palabra.

—Usted es una Reina negra, todo su ejército es negro. De este lado, todo es blanco. Si lo vemos en términos de luz y oscuridad, estamos manejando opuestos del tablero. ¿Somos opuestos complementarios en el juego doctora?

—No todos los opuestos son complementarios —respondí.

—Sí en el ajedrez —afirmó manteniendo la presión sobre la diagonal.

—La luz y la oscuridad no son opuestos complementarios. La luz es un todo. La oscuridad es la ausencia de luz. La luz crea formas en un espacio vacío, como los bailarines sobre el escenario o las burbujas de aire en el agua —argumenté.

Se dio el lujo de ser irónico.

—Muy poético, doctora —dijo con ironía—. No pensé que pudiera inspirarse con los fenómenos de la física, pero creo saber que la luz tampoco es un todo, sino una percepción del ojo decodificada en el cerebro mediante la energía transmitida por axones que conforman redes neuronales. ¿Cómo le explica la luz como un todo a un ciego, para quien el todo es la oscuridad? —preguntó sacando el peón de la Torre. Tac.

—Que un ciego no pueda ver la luz no significa que la luz no exista y que usted no crea en el tiempo no significa que pueda detenerlo —enfaticé moviendo mi Caballo ante un posible avance de su Alfil. Tac.

Si matar o morir era imperativo, sucedería ahora, pudiendo desatarse en este momento una batalla crucial entre caballos, peones y alfiles en el centro del tablero. Pero intuí que no es su intención. La estrategia es atacar las piezas sin asediarlas. Está jugando con la presión.

—¿Cree en Dios? —preguntó.

—Sí —contesté sin saber hacia dónde dirigía ahora el argumento.

—¿Ha leído la Biblia?

—Sí, Fran.

—Habrá leído entonces en las primeras líneas del primer capítulo del primer libro, el Génesis, que las primeras palabras de Dios fueron Haya luz. Luego de la luz, llegaron un par de cosas más. Pero no dijo nada del tiempo. Sólo hay una marca de temporalidad en la creación, quizás dejando la duda de si el tiempo precede a la misma. ¿Va a contradecir la Palabra del Dios en el que usted cree, doctora? —dijo complacido exponiendo el peón del Alfil de la Reina.

Estaba armando una muralla, presionando el centro de manera que ya no tenía más peones por mover. La apertura estaba finalizada. Matar o morir. Yo lo forzaba a él y él me forzaba a mí. Comencé a sentir fascinación por este movimiento de los alfiles y las posturas altivas de los caballos. Yo atacaba y él en lugar de defenderse, atacaba en el otro extremo. Parecía querer aplazar indefinidamente la matanza, pero forzaba con la cacería. Ladino.

defensa de caballos 2

—Toda creación es resultado del tiempo que la precede —contesté deteniéndome en mi frase. Algo que él notó.

Volvió la mirada al tablero. Ya no había mucho espacio para mover piezas sin sacar a otras del juego. Aparentemente no quería asumir ese menester por ahora. Se recostó en el respaldar del asiento y su mirada se perdió en la ventana que ya mostraba la temprana noche de Junio.

—Potestad del creador… —dijo reflexivo deteniéndose también en su frase. Tras un breve instante de meditación, agregó—: ¿Aceptaría que la próxima semana nos reunamos fuera de aquí? A la misma hora, no me extenderé más de lo que usted determine. Sólo que a veces me hallo en lugares en los que no quiero estar y otras me encierro en donde no quiero salir.

Me sorprendió con esa verborragia repentina que brotó de su interior más visceral. No hubo en esta revelación indicio de la cuidada estructura de manipulación que venía sosteniendo incluso con su postura. Su mirada se oscureció y dejó de importar el juego. No esperé esta reacción de quietud aletargada luego del animado movimiento de piezas con el que había dominado la charla. Como el adormecimiento posterior a la descarga de adrenalina, o la calma que precede a una tempestad… No supe definirlo.

“El tiempo, el espacio y los cuerpos profundos que ondean curvando las metáforas de lo posible.”

—¿Qué sucede, Fran? —pregunté dejando también la importancia fuera del tablero de ajedrez y el análisis filosófico sobre el tiempo.

Él se puso de pie y caminó en dirección al balcón del que no apartó la vista.

—Venga —dijo.

Le obedecí sin pensar. Me puse de pié y fui junto a él sin dejar de observarlo. Me crucé de brazos sin darme cuenta.

—Mire —me ordenó.

Ladeé la vista hacia la calle y observé. Él retrocedió un paso, me tomó por los hombros, moviendo mi cuerpo un paso lateralmente, quedando el suyo detrás de mí. Me descruzó los brazos. No sé qué estaba sucediendo, pareció que el mundo alrededor dejó de existir. Es decir…, existía, pero dejó de ser inteligible para mí. Me costó mantener la conciencia. No sé si seguía teniendo el control de la situación, lo dudo. Sus latidos estaban tan acelerados como los míos. Giró el picaporte de la ventana y con una leve presión de sus manos en mis hombros me indicó que saliera al balcón, él avanzó tras de mí sin despegar sus manos de mí.

—¿Siente? —preguntó.

—¿Qué cosa, Fran?

—Los que sea. Dígame qué siente.

—Frío.

—¿Qué más?

—Dolor.

—¿En dónde?

—En el pecho.

—¿Qué más?

—Ansiedad.

—¿Qué más?

—La noche oscura.

—Siga.

—El pulso de sus manos en mis hombros.

—¿Le pesan?

—Levemente.

Se acercó un poco más y el peso de mi cuerpo se sintió cómodo descansando sobre él.

—¿Qué siente?

Suspiré.

—Uff. Alivio.

—¿Qué más? —preguntó al tiempo que respiré hondo antes de seguir porque no estaba segura de ser sincera—. No piense, sienta. ¿Qué siente?

—Deseo —solté en un suspiro.

El silencio nos envolvió y también sentí su alivio. No pudimos ser infantiles con la situación, percibí su erección y creo que él tuvo toda la intención de que experimentara esa sensación. Luego tomó mi mano y me llevó nuevamente al consultorio. Sentí como si hubieran pasado horas. Llegué a la mitad de la sala y me di vuelta, cuando hubo cerrado la ventana del balcón, me miró apoyando su espalda en el vidrio, con las manos en los bolsillos del pantalón. Su camisa blanca parecía resplandecer en su piel, quizás por el encandilamiento de mis ojos.

—Eso que sintió, lo siento siempre. No hay tiempo posible que pueda explicar esa experiencia. Usted sintió la oscuridad, no la luz. Pareció pasar una vida entera, ¿verdad? ¿Se da cuenta que todo es una ilusión? La luz, el tiempo, el consultorio, la conversación… Lo único real somos usted, yo y el juego.

Una descarga eléctrica atravesó mi cuerpo desde la planta de los pies hasta mis hemisferios cerebrales y me hizo ver destellos de luz en medio de la sala.

—¿Qué sucedió, Fran?

—Jugamos.

—¿A qué?

—Al ajedrez.

—¿Y luego?

—También —respondió.

Pasaron por mi mente las imágenes de cuerpo yendo hacia él junto al balcón, el desplazamiento de él por detrás de mí, la inducción de sus manos para hacerme avanzar hacia el balcón y luego el abrazo en medio de la noche. Las piezas se desplazaban a su antojo.

Miré el reloj, estábamos ya por encima de las veinte. El péndulo debió sonar cuando estuvimos en el balcón y no lo escuché, aturdida por la inconciencia. Se adelantó hasta el sillón a colocarse el abrigo y sacó del bolsillo una tarjeta que dejó sobre mi escritorio.

—El jueves próximo espero que podamos vernos en esa dirección —dijo señalando la tarjeta y sosteniendo la mirada en mis ojos para asegurarse que mi palidez no era lo que me mantenía muda e inmóvil.

Pestañeé y asentí levemente para responder a su aparente inquietud.

—No hemos definido eso aún —dije en leve tono de voz.

—Te espero a las diecinueve, si no es posible, ahí también hay un número de teléfono y una dirección electrónica para comunicármelo, lo entenderé —dijo impasible.

Luego caminó hacia mí, me presionó el brazo con suavidad y besó mi frente, apenas encima del entrecejo. Percibí el roce de su mentón en mi nariz. Lo miré y vi su gesto de labio reprimido. Sentí que me penetró hasta el alma con esa mirada.

—No te preocupes por el tablero —finalizó antes de dejarme un beso más en la mejilla y luego marcharse.

El sonido de la puerta cerrándose me devolvió a la realidad. Me mordí los labios y tomé la tarjeta sobre el escritorio. Era su tarjeta profesional, así que supuse que la cita era en su oficina. Perpleja, me desplomé en el sillón que él había ocupado. Observé el balcón y cerré los ojos intentando inferir en esa imagen qué sería lo que lo había sacado de este plano de la realidad, para llevarme hasta él y abarcarme. Todavía podía oler su perfume. Necesitaba elaborar lo que, en ese instante, pareció fuera de mi posibilidad de control.

El tablero ya desarrollado, mostraba los puntos de ataque y defensa, las líneas de combate marcadas, los casilleros desbordantes de ambición. Todavía estaban todas las piezas en el damero, pero no por mucho tiempo más. Debía llegar al Rey por las casillas contrarias. Es un juego atormentador, sádico. La presión es una pieza más. Atacar para matar. Defender para morir. Pero él estaba priorizando la danza de las piezas, seduciendo para que la entrega fuera un sacrificio natural. ¿Podía el duelo aplazarse indefinidamente? Un espiral adictivo de adrenalina pujando todo lo reprimido. Iba a explotar, sin dudas.

 

(En la proxima, el ataque del Alfil…)