Reina blanca, reina negra: Apertura de negras.

apertura de negras

Me senté y abrí la Tablet sobre el escritorio para dar una vista a la agenda de pacientes de la tarde, revisar algunas publicaciones, chequear invitaciones y planificar la clase de la facultad. La publicidad que llega a mi correo electrónico sobre accesorios, no deja de sorprenderme y al mismo tiempo me alivia saber que con mayor o menor grado de perversión, todos esos elementos tienen como objetivo provocar placer y no dolor, o en algunos contados casos dolor asociado al placer. Ambos bufones están al frente del ejército detractor de todas las demás calamidades.

Sonreí al ver la agenda. Solo un nuevo paciente, a las dieciocho: “Francisco Erice”. Mi sonrisa se desvaneció cuando leo: “37 años. Sin derivación”. Suspiré. Mal vicio profesional. Que los pacientes vengan sin derivación a terapia, supone dos cosas: que soy el primer profesional al que consultan o que, al determinar el tipo de especialista que necesitan, ya tienen una idea de cuál es su problema. Una autodiagnosis, tan perjudicial y equívoca en psiquiatría como la automedicación en la clínica general.

Atiendo más mujeres que hombres, no porque quiera sino porque así se ha dado en la consulta. Los hombres vienen a un terapeuta sexual por cuestiones muy puntuales: eyaculación precoz, insatisfacción sexual, dificultad eréctil, homosexualidad no asumida, algunos vienen buscando una medicación específica y no mucho más que eso. Las mujeres son más amplias en sus consultas, aún aquellas que no tienen una patología y llegan al consultorio equivocadamente. No necesitan una sexóloga, sino sólo una medicación o un par de ejercicios especiales, muchas veces sólo una consejera, en contadas ocasiones una cómplice. Lo que sí debo reconocer es que he recibido damas que al describir lo que ellas definen como problemas sexuales, piensan que son las culpables de esas dificultades en sus relaciones de pareja, cuando a decir verdad son víctimas de la manipulación psicológica masculina, familiar o social.

Pocas veces me ha tocado aconsejar a madres inseguras de cómo abordar el tema de la sexualidad en su familia, preocupadas por comportamientos observados en sus hijos adolescentes que abiertamente aseveran conceptos y prácticas que una generación atrás apenas eran abordados en el solapado territorio de la intimidad familiar y siempre entre hijos y progenitores del mismo sexo.

La consulta es más liviana que la guardia, pero más profunda y por ello, no menos intensa. Quizás lo que establece el equilibrio profesional entre ambos espacios de una misma práctica médica. Las dos caras de la moneda, o el pago previo al fracaso terapéutico que termina en matrimonios destruidos, crímenes pasionales, vejaciones en el entorno doméstico, discriminación, victimización, suicidio. Más bufones sonriendo.

Explicarle a hombres y mujeres los procesos químicos y psicológicos que intervienen en el momento en el que se desencadena el estímulo sexual, trabajar en su seguridad y autoestima y enseñarles algunas técnicas para sortear esas dificultades, requiere más que conocimiento médico y técnico. Es basal el carisma que antecede a la apertura en confianza e intimidad, hacia el mundo profundo del ser. El espacio en donde se encuentra su miedo más temido y su dolor más profundo: no ser querido o fracasar en el intento de lo que culturalmente llamamos “amar”.

En el fondo, siempre se trata de eso. La soledad duele a las personas y la violencia o el encierro real, emotivo y recurrente en el que se encuentran luego de haber sido ultrajados en su intimidad, cualquiera sea la forma y el agresor, provoca heridas profundas que derraman un torrente químico en las arterias, con las manifestaciones más diversas. Hacia adentro o hacia afuera, las heridas sangran, duelen, marcan las tramas vinculares. Los defectos afectivos se heredan y se arrastran generación tras generación repitiendo historias que muchas veces han quedado guardadas bajo las siete llaves del silencio.

La tarde transcurrió sin mayores dificultades. Tomé algunas notas y transcribí apuntes a la Tablet entre cada una de las consultas. Quedaba el nuevo paciente y Blanca me avisa que llegó. Miré la hora y faltaban cinco minutos.

—A las dieciocho en punto, Blanca.

Podría haberlo hecho pasar. Pero es una cuestión de mensaje interlineal. Si lo recibo antes de la hora pautada, estaré dando la posibilidad a la construcción de un patrón. No quiero invasiones. No me gusta la presión. En mi terreno, asumo el control de la situación.

Miré por la ventana del quinto piso, veo las terrazas de algunos edificios. La ciudad es grande, pero no muy alta. Las montañas se ven desde la mayor parte de los espacios. Junio ya tumbó las hojas de los árboles y el frío ha blanqueado las más incipientes cumbres, esas que se ven desde aquí abajo. Encendí la salamandra, un excéntrico permitido profesional que me proporciona calor en la lumbre, acondicionando el ambiente para acoger la luz en la oscuridad del mundo por descubrir.

El sonido de la campana en el reloj me anunció que era la hora. Me dirigí a la puerta. Del otro lado estaba mi paciente.

—Doctora Suárez Bay —dijo tendiéndome la mano con una seguridad que acompañó su mirada,
la que no bajó la guardia ni aún para pestañear.
—Sr…
—Erice —acotó Blanca.
—Adelante, señor Erice.

Me turbó inicialmente su presencia física. Alto, fornido, de mirada intensa y con un dejo de tristeza. Sus cejas mostraban rasgos del sur europeo, Estambul, Gracia, Sicilia, Gibraltar. Este hombre con la barba crecida de un día, tenía ancestros mediterráneos y al observar sus ojos, vi que su alma guardaba una historia que ha navegado aguas turbulentas. Llevaba un abrigo gris oscuro que hacía más visibles las incipientes canas de su cortísimo cabello. Parecía serio. Su nariz prominente era acorde con su masa corporal. La intensa presencia de su cuerpo y la pasividad de sus pasos eran contradictorias.

—¿Desea ponerse cómodo? Puede dejar su abrigo…
—Estoy bien, gracias.
—Siéntese por favor, si es que desea sentarse… —dije dudando, como si acaso me hubiera dado la impresión que este caballero prefería por momentos caminar mientras habla.
—¿Dónde? —dijo paseando su mirada por las banquetas de la esquina, las sillas junto a escritorio y el juego de sillones junto a la ventana. Por primera vez vi una pequeña sonrisa salir de sus labios. No era sarcástica, tampoco burlesca, mucho menos sincera. ¿Todo me costaría tanto definirlo en él?
—Donde usted prefiera.
—La sigo, doctora, usted manda aquí.

Otra frase para el análisis. Hubiera querido tener en este momento el tiempo para detenerme en esas tres palabras: “seguir”, “mandar”, “aquí”. Sus expresiones eran tan intensas como su presencia y la impronta de sus gestos. Emanaba una energía fortísima e inquietante, pero no me sentí atemorizada. No pensé que fuera necesario tomar demasiadas notas, desde que llegó, cada uno de sus movimientos y palabras han sido lealmente imprimados en mi memoria y mis sentidos. Su magnetismo me tensaba y no había manera de que dejara de mirarlo. Un placer desconcertante pero no absolutamente desconocido. ¿Qué hizo este hombre desde que me miró, para provocar esta sensación de ahogo y alivio a la vez? Percibí una conexión con él. ¿Mando yo?, ¿así?, ¿tan directamente? Lo miré sorprendida y decidí acceder, ejerciendo el mando y sentándome en mi sitio de poder, la silla de mi escritorio. Esbozó otra mueca que esta vez sí pareció ser una sonrisa leve, frunciendo los labios. Se dirigió hacia una de las sillas que está del otro lado del escritorio.

—¿Suele haber más de dos personas aquí adentro? —preguntó.
—¿No creo que eso importe en este momento, o usted espera que alguien más llegue señor Erice?

Sin darle demasiada importancia a la pregunta, giró la cabeza hacia el costado, observó mi tablero de ajedrez en el escritorio y volvió a esbozar su mueca.

—¿Juega? —indagó divertido dirigiéndome la mirada sin mover la cabeza.
—¿Usted ha venido a una consulta médica para jugar, señor Erice?

La situación no era totalmente extraña. El juego en sí mismo no es síntoma de trauma. En un adulto, puede ser considerado patológico en casos extremos en los cuales el sujeto usa el juego para evadir la realidad, no para confrontarla con menor crudeza, en cuyo caso sería absolutamente normal y ciertamente, sano.

—¿Le puedo pedir un favor? No me llame por mi apellido. Dígame simplemente Fran.

Dijo que yo mando aquí, pero se ha comportado como un irritante mandón desde que cruzó el umbral. Sin embargo, me atrae su comportamiento.

—Muy bien, Fran.
—¿Juega? —volvió a preguntar con insistencia dirigiendo la mirada al tablero, antes de que yo pudiera retomar el control. Lo miré sorprendida y sonrió como un niño a la espera de un juguete.
—Sí —dije bruscamente—. ¿Le importa si hablamos de lo que lo trae a la consulta, Fran?

Enmudeció unos segundos sin gesto y dijo:

—¿Cuál es su pieza favorita?
—El alfil —respondí sin entender la direccionalidad del cuestionario pero deduciendo que no estaba logrando sacarlo de la obsesión con el tablero—. ¿Cuál es la suya Fran?
—La Reina —dijo con su mueca extraña.
—No es nada original, ¿a quién no le gusta la Reina en el ajedrez?
—Al Rey —respondió casi sin dejarme terminar la pregunta.
—¿Por qué al Rey no le gusta la Reina? —pregunté intuitivamente, pero con un leve indicio que surge desde alguna remota página que habré leído.
—Porque es ingrato su rol. Debe proteger a la Reina, matar y morir por ella, hasta el final. Aún en jaque, es la Reina quien gana, doblemente si lo ejecuta ella.
—¿No es al revés, Fran? En el ajedrez, es la Reina la que protege al Rey —expliqué aun sabiendo que él no estaba confundido, sino que trataba de decir algo más.
—No doctora, parece que fuera al revés, pero es una trampa. La Reina juega con el Rey, las demás piezas están al servicio de ellos. El Rey protege a la Reina porque es una manera de protegerse a sí mismo. En realidad, el juego es entre la Reina y el Rey del mismo lado del tablero.

Tal como imaginaba, tenía un caso frente a mí.

—¿Quién es la Reina, Fran?
—Hay varias y espero que usted me ayude en esto.
—Sólo tiene una Reina.
—Eso no es correcto —afirmó invitándome con una mirada a observar el tablero.

Ciertamente… No hay sólo una Reina, sino dos, una de cada lado. Una Reina blanca y una Reina negra.

—Sólo una sobrevive, Fran.
—No siempre. Y además, cualquier peón puede transformarse en una Reina. En cambio sí, necesariamente debe caer un Rey.
—¿Tiene miedo de caer, Fran? —pregunté sólo para tener la certeza que no se trataba de eso.
—No doctora. Hay una Reina que me protege y otra que me persigue. Las dos dependen de mi juego. Y yo no estoy seguro cuál es cuál.
—¿Alterna los roles? Quiero decir, ¿usted hace un juego con cada Reina? Le recuerdo que también hay dos reyes en el tablero. ¿Considera al otro Rey?

Al subir su mirada para sostenerla con la mía, pude apreciar un brillo en sus ojos.

—Verá doctora, todo es un juego, la vida, la muerte, el trabajo… Y uno juega, juega y juega. Con varios frentes abiertos todo el tiempo. A veces es Rey, a veces Reina, a veces alfil, a veces peón, caballo, torre. El juego marca el rol. Los tableros son múltiples.
—¿Está atrapado en un rol, Fran?
—No. Estoy atrapado en el juego. Quiero manejarlo, y a todas sus piezas, pero el juego me domina a mí.
—¿A qué juega?
—A todo o nada —responde con su mueca.

Me envolvió y no tenía la menor idea qué se proponía. Vi que observó mis manos.

—No ha tomado notas…
—No lo necesito por el momento —y aprovecho la rendija que ha dejado abierta para mi propuesta—, suelo grabar las consultas en vez de tomar notas, si el paciente lo permite…

Me miró frunciendo los labios.

—Ya hablaremos de eso, todavía no ha dicho si va a tratarme. Me gusta el color que tiene en sus uñas.
—¿Fran, cuál es el problema con su sexualidad?

Noté que no le gustó mi pregunta.

—Probablemente usted me ayude a responder eso, doctora.
—¿Qué aspecto de su sexualidad tiene problemas?
—No he dormido con ninguna mujer.
—¿Es virgen, Fran?
—Nooo —dijo sonriendo abiertamente.
—¿Ha dormido con hombres?
—¡Ja! No… —respondió negando también con la cabeza, pero con una sonrisa que parecía indicarme que alguien más ha insistido en ello.
—¿Puede ser más específico?
—No he ido a la cama con ninguna mujer —dijo en un tono comprimido.
—¿Con quién vive?
—Con mi madre. Sólo nos tenemos el uno al otro.
—¿Tiene hermanos?
—No.
—¿Hermanas?
—No.

Hijo único de madre sola, perturbación en el modo de percibir la realidad, complejos con la sexualidad emotiva. Edipo se sentó en el sillón de al lado, reclinado sobre sus brazos, con las piernas cruzadas y una sonrisa de satisfacción que imitaba el ejército de bufones a su espalda.

—¿Y qué hace usted con las mujeres si no las lleva a la cama?
—Juego.

A primera vista parecía un caso de anulación madurativa postraumática con aparente negación emocional. Algo que incluye a la sexualidad y que se evidencia en su necesidad de juego y el vínculo con su madre, la única mujer a la que parecía tomar en serio.

—¿A qué juega con las mujeres, Fran?
—Matar o morir. Eso hacen todas las piezas.
—No todas… Algunas defienden, otra persiguen, no siempre matan —afirmé mirando el tablero.
—Si son activas, deben matar para no morir; al menos uno de los Reyes debe morir —dijo con la mirada también perdida en el tablero.
—¿Busca Reinas porque necesita matar sin comprometerse directamente?
—No es lo que quiero, son las reglas del juego —dijo levantando las cejas.
—¿Dónde ejerce ese comportamiento, Fran?
—En el tablero.
—¿La cama? —insinué.
—Quizás —dijo en tono de duda.
—¿Nunca juega con cortesanas o peonas?
—¿Prostitutas, dice?
—Si usted considera peonas a las prostitutas, eso estoy preguntando. En su juego los roles los dispone usted.
—Las peonas también son parte del juego. Nunca me acosté con una prostituta, pero sí dejé que me satisficieran sexualmente.
—¿Cómo?
—Con sexo oral.
—Hasta el momento no encuentro problemas sexuales concretos que impliquen un tratamiento en mi ámbito profesional.
—¿Tengo que tener problemas sexuales para que usted sea mi terapeuta?

Lo miré extrañada. Una pregunta muy concreta. La respuesta es sí, tiene que tener un problema sexual para que yo sea su terapeuta. Pero me cautivó el interior de ese hombre que aparecía como un turbulento juego de ajedrez salvaje, y me contradije.

—No necesariamente, pero usted viene sin derivación. Necesito establecer un diagnóstico para su seguro médico.
—Le pagaré en efectivo el valor íntegro de la consulta. No será necesario que informe al seguro médico —respondió impune sin bajar la mirada, atento a mis movimientos.

Sentí cierto ahogo, una actitud inquisidora y avasallante me rodeaba en cada movimiento que intentaba. Cualquier cosa que hiciera o dijera, iba a tener un correlato en su actitud. Además de ser hijo único, de madre sola, atormentado por no dormir con una mujer, tiene dinero y es un manipulador profesional. Su conducta bordeaba la seducción sin demasiado disimulo, me pregunté cuál sería su intención al respecto. Fue claro en cuanto al modo de vincularse con las mujeres y conmigo quería lo mismo:  jugar. Sin embargo, su modo de actuar me sugería algo diferente. Quería que yo me convirtiera en su terapeuta y que como parte de la terapia aceptara el rol de Reina opuesta en su tablero de ajedrez mental. Parecía dispuesto a todo para ello. No tuve más alternativa que jugar, y esto no fue muy profesional así que acepté su propuesta de no informar al seguro médico.

—Fran, voy a aceptar tener tres sesiones con usted hasta determinar un diagnóstico y luego conversaremos sobre el tipo de terapia a seguir.
—De acuerdo —dijo aliviándome y poco. Sentí que podría volver a respirar con un poco más de fluidez.

Al fin pude dar un paso hacia adelante en su juego y para que quedara clara la imagen, moví el peón del Rey negro en el tablero con el que parecía obsesionado.

—Su ímpetu la hizo tomar una decisión equivocada, doctora —dijo con razón—. ¿Va a empezar el juego al revés y ser decididamente la Reina negra o empezamos de nuevo?
—Las piezas quedan como están —dije con una firmeza que sonó más a obstinación.
—Eso no sigue las reglas…
—Alterar el orden establecido es una buena manera de encontrar los elementos que no encajan.
—Sabía que era la Reina negra… —murmuró con satisfacción reclinándose sobre el sillón.
—Necesito que responda unas preguntas, Fran —dije tratando de pasar por alto su última afirmación, aunque los dos supimos que yo capté perfectamente lo que dijo.
—¿Cuántas? —preguntó.
—Seis —dije confundida, como si no hubieran podido ser siete o cinco.

—Bien, la escucho.
—¿Ha tenido usted relaciones sexuales convencionales?

Al verlo levantar las cejas, temí la posibilidad que ese concepto fuera diferente entre él y yo.

—Sí —respondió sin dudar sobre el punto, pero siguió sin quedarme claro si la palabra convencional tenían un significado común para los dos. De esta respuesta, me quedó más registrado el gesto que la afirmación.
—¿Tiene problemas con la eyaculación?
Dudó un segundo, frunció el labio, finalmente dijo que no. Le creí.
—¿Se masturba?
—A veces.
—¿Tiene sexo normalmente? —Sin responder, volvió a levantar las cejas, indicándome que no fui clara con la pregunta—. Quiero decir, ¿ tiene sexo con frecuencia…?
—No.
—¿Tiene preferencia por alguna práctica sexual?
—Sí —respondió y antes de que yo intentara continuar, dijo rápidamente—: Ya fueron seis ¿Quiere hacer una pregunta más?
—No —respondí secamente sin mirarlo.
Avanzó también el peón de su Rey.

Le consulté sobre los posibles días y horarios. Acordamos los jueves a las diecinueve, la última consulta de la tarde. Escribí en un papel a Blanca, que debía reservar tres citas en tres semanas consecutivas.

—Ha sido todo por hoy, voy a analizar el caso y lo veo la semana próxima, Fran —dije tendiéndole la mano, que tomó con suavidad por debajo de mis dedos. De estar más cerca, me hubiera dado la impresión de que iba a besarla.
—¿Me acompaña? —inquirió con una sonrisa leve, sosteniendo mi mano y girándola levemente para indicarme la dirección en la que debía mover mi cuerpo hasta llegar a su lado. Me levanté del sillón, caminé bordeando el escritorio sin soltar su mano y me dirigí a la puerta. Sentí que me observó completa al caminar mientras lo conducía de la mano hacia la puerta. Al salir sólo me sostuvo la intensa mirada sonriendo tímidamente, luego de besar con suavidad mi mano.

—Buenas tardes —dije cerrando la puerta.

Me apoyé en ella. El reloj marcaba las diecinueve exactas. Jueves de Junio, frío, oscuro ya por la ventana. Mi sofocación no sólo era por la calidez de la salamandra.

Avancé hacia el escritorio. Blanca tocó a la puerta para preguntar si podía retirarse, agregó que mi paciente dejó una nota. Me acercó el papel cerrado a la mesa, retiró la tasa de té y me saludó al cerrar.

Abrí la nota: “Le queda muy bien el negro. P/D: mueva el alfil.”

Miré el tablero de ajedrez y me pregunté a qué está jugando. Se me erizó la piel al ver a Edipo sentado que me dijo: “El juego lo empezó usted, doctora.”

 

Continuará…