Mi vida con Melisa (2)

A Meli 2

—¿Cuántas veces vas a revisar si cerraste la ventana?
—¿Perdón? ¿Te molesta?
—No, no me molesta, pero…
—Si no te molesta ¿a qué viene la pregunta?
—No, nada, Meli. Perdón.
—¿Vos no crees que no tenés TOCs?
—No tengo TOCs.
—Ay, Marcos… —se rió— …pero… Sos un caradura.
—Decime un TOC que tenga, uno solo…
—Los golpecitos con tu máquina de afeitar en el lavatorio.
—Los g… Pero si no tenés idea si hago golpecitos…
—Hoy a la mañana te los escuché.
—Pero si es la primera mañana que me ves amanecer con vos, ¿cómo sabés…?
—¡Primera! ¡Apa!
—¿Qué pasa?
—La primera no es la única.
—Podría serlo.
—Pero vos dijiste “la primera”.
—Podría ser la primera y la última.
—Decilo, y será la última.
La miré. Tenía el pelo, su corto pelo revuelto, los ojos hinchados, la sonrisa fácil.
—¿Siempre te levantás de buen humor?
—No, eso es mérito tuyo, Marquitos. Probablemente esta sí sea la única vez.
—No te destacás por tu buen carácter, ¿no?
—Si lo tuviese intentaría trabajarlo.
—Sos linda a la mañana. Tenés linda expresión. Te ves…
—Callate, Marcos.
—Ah, bueno.
—¿Vamos a caminar al lago?
—Dale, traete el mate.
Buscó entre las alacenas la matera.
—¿Por qué me decís que me calle? ¿Te jode que te diga algo lindo?
—No hace falta, no me tenés que endulzar los oídos.
—No necesito hacerlo.
—Entonces no lo hagas.
—No necesito endulzarte los oídos, pero tengo ganas de decirte lo que me gusta mirarte, de decirte las cosas lindas que tenés.
—¿Te estás enamorando de tu amiga?
—Meli, podemos hablar bien de cualquier cosa hasta que hablo de vos. Ahí aparece tu ironía, tu chiste disuasorio…
—Sí, lo que quieras. Pero no me respondés.
—¿Me lo estás preguntando en serio?
—El que no me toma en serio sos vos.
Puede parecer raro, pero al momento en que giró hacia una alacena para buscar la yerba le miré la cintura, le miré el culo. Meli tiene la belleza del campo, el esplendor del mar. Nadie busca la belleza en una orilla, sino que la orilla es bella. Primero es orilla, luego es bella. Nadie busca la perfección en una cascada, la cascada es perfecta sólo por ser cascada. El culo de Meli es una maravilla.
—¿Qué estás mirando?
—La tostadora. ¿Hace cuánto la tienen?
—Me estabas mirando el culo.
—¡Bueh! Si vas a pensar eso, date vuelta y dejame mirarlo así al menos tengo bien merecido tus reproches.
—¡Marcos, me estabas mirando el culo! ¡Lo podía sentir!
—Meli, no digás pavadas.
—¿Llevamos bizcochitos?
—No, nada. Vamos.
—Dale, vamos —y salimos de la casita al camino—. Contame, ¿qué tal mi culo?
—Lindísimo.
—¿No te digo? Lo estabas mirando.
—Te lo vi ayer, por un momento… y estaba bien.
—Un culo que está bien, no es un culo. Un culo tiene que estar buenísimo.
—Tu culo está buenísimo.
—Bien. Te ganaste un mate.
—Tu amigo, ese que querés con locura pero que no tocarías ni con una rama, ¿no te mira el culo?
—No sé.
—Bueno, hablemos de eso.
—Es que no me interesa si me mira el culo. Es mi amigo, no va a pasar nada con él. Nosotros…
—Meli, no va a pasar nada con él porque vos no querés, porque él es tu amigo. Mi pregunta es: ¿vos sos su amiga?
Se detuvo y me miró. Me atravesó con esos laser verdes que tiene en su mirada. Es imposible pasar desapercibido a su mirada.
—Si yo no fuera su amiga ya habría intentado algo.
—¿Eh? Pero ¿vos crees que los hombres somos animalitos incontinentes? ¿Qué reaccionamos impulsivamente a nuestro instinto?
—Y… este… puede ser. Sí.
—No, Meli. No. No es así.
—Marcos, vos me acabás de mirar el culo. No pudiste con tu instinto.
—Meli, yo te… A ver. Yo siempre te voy a mirar el culo…
—Te estás contestando solo, Marcos.
—No, pará. Yo siempre te voy a mirar el culo de la misma manera que miro un pájaro, un arroyo. Lo miro de manera… lo admiro. Admiro tu culo como admiro la naturaleza, las cosas lindas del mundo y de la vida.
—¿Admirás mi culo?
—Tenés un culo admirable, Meli.
—¿Pero vos me querés decir que si yo te pido que me toques el culo no me lo tocarías?
Se hizo un silencio amplio en Potrerillos. Yo sentí que había quedado expuesta la montaña escuchando aquel debate tan nimio como intenso. A Meli le queda bien su cara seria. Me aguanto una sonrisa.
—Dejame pensar, por ahora tenés razón.
—Tomate un mate.
—Pero, Meli, siendo así, tu amigo todavía es menos amigo tuyo.
—Mi amigo es amigo mío porque yo soy su amiga. Si yo no fuese su amiga, o sería más que amigo o ya se habría alejado de mí.
—No, no se habría alejado de vos, porque si está ahora siendo “amigo”, más estaría aún sin el rótulo.
—Es que a veces la sexualidad, el pudor de la sexualidad, la distancia generada por la imposibilidad sexual es lo que permite que dos personas se acerquen. Vos pensás no sólo como hombre, sino como Marcos hombre. Pero mi Amigo hombre tal vez se siente atraído por mí, pero jamás tendría una historia conmigo. Tal vez si existiese la posibilidad de algo entre los dos lo alejaría completamente de mí.
—¿Por qué?
—Porque a lo mejor le gusta mi parte pública, y no le interesa mi Melisa íntima.
Meli es una mina por todos los costados. Se mueve, camina, todo exuda un genoma absolutamente hembra. Incluso cuando impone su manera más masculina, más ejecutora.
—Marcos —me dijo ya mirando el lago—, ¿será la última vez que escucho tu afeitadora en el lavatorio?
Respeto a los homosexuales. Los respeto totalmente. Pero cuando me encuentro con una mujer como Meli no puedo dejar de preguntarme cómo puede ser que se resistan a eso. No sé si podría aceptar la posibilidad de que no haya más Melis en mi vida. Atrás de la pregunta de Meli hay una sensación en su pecho, una mente inquieta, sangre que corre, manos que pican. La miro, y sigue sin mirarme. Ceba un mate.
—Tomá.
—No sé cómo hacen los homosexuales para resistirse a vos, Meli.
Meli me miró.
—¡Y qué tiene que ver el viento con la manteca!
—No te burles de mis inquietudes. Pienso en un homosexual que se pierde de vos y se me pone la pantalla azul como el Windows de antes. Bueno, las lesbianas son más comprensibles…
—¡Pero te querés callar? ¡Mirá el lago y sacate esas ideas de la cabeza, querés!
—Al final el único que responde preguntas acá soy yo.
—¿Por qué decís eso?
—Porque vos preguntás y yo respondo, eso es así desde que llegué a Mendoza.
—No te hagás la víctima, Marcos, porque no te queda bien.
—Bueno, pero es verdad.
—Bueno, a ver, y ¿qué me querés preguntar vos a mí?
Sorbí el mate.
—¿Vos no me miraste el culo?

 

(Continuará…)