La derrota

Tenía que ir a ver un cliente, pensaba salir por el nudo de costanera pero la salida a Acceso Este estaba repleta entonces segui por 25 de Mayo de Dorrego para salir por el próximo puente, con hacer mil metros entré en pleno barrio de mi infancia, el cual está cambiado pero tampoco tanto, ya que parece que por algún fenómeno físico el tiempo parece pasar más lento en Guaymallen, lo que explicaría la longevidad de algunas personas y perros callejeros. Unos 200 m antes de llegar a la que era mi calle tuve que frenar había un camión de mudanzas cruzado a lo largo de toda la calle, conociendo los modos y costumbres no me enojé, bajé la ventanilla, prendí un cigarrillo y aproveché para mirar con más detalle las casas…mis ojos se frenaron…hice una sonrisa… ahí estaba, el pasillo de mi tunda.

Debía tener doce años y con Pablo, un amigo de la misma edad, estábamos molestos porque se nos “pegaba” un chico más chico que quería ser nuestro amigo, era un par de años más chico, que a esa edad es como el equivalente que un mocoso de quince quiera ser amigo mio a los cuarenta hoy en día, los años son lineales pero la tolerancia a la amistad parece ser cuadrática. Era un chico de ojos claros, gordito y bueno, “El Carli”, pero con doce años en un barrio, el ser bueno no es virtud suficiente para aplacar semejante diferencia de edad, por lo que siempre lo molestábamos un poco para ver si desistía de su potencial amistad. Al ser chicos buenos nosotros también, casi siempre fracasábamos en nuestro intento. Una vez, poco más lejos de donde ahora estaba cruzado el camión de mudanzas Carli estaba nuevamente en su intento de hacerse amigo nuestro, esta vez había venido con su primo, de la misma edad, pero más osco, morocho, pelo negro y ojos achinados, instintivamente uno sentía cierta vibración o advertencia que generaba respeto, pero los ritos son los ritos, en la despiadada escala social infantil y juvenil de los distintos grupos de los que he pertenecido he pasado por todas las escalas, desde el boludo del grupo a otros en los que era el Alpha male, y el barrio era este ultimo caso, por lo que tuve que mear el terreno para marcarlo. Empecé a molestarlo junto a Carli, como los chistes fueron inmunes en el osco niño hice algún juego de manos pesado al que respondió con un empujón que me tiró al piso, me levanté y grite a viva voz “te voy a cagar a patadas” y lo empecé a perseguir, era rápido pero yo más, cada vez se acortaba más la distancia, él doblo la esquina…y se metió al pasillo, yo entré al mismo con una diferencia de pocos segundos…pero no estaba…me generó mucha sorpresa…me adentré más…nada…hasta que sentí el ataque por el flanco…estaba escondido en el alfeizar de una entrada… me tiró al piso de una trompada, se sentó sobre mi pecho trabándome los brazos y empezó a pegarme con ambos puños de forma alternada mientras me insultaba…si pienso fuerte hasta puedo sentir ahora mismo el sabor metálico de la sangre y el dolor agudo que hace el tabique al recibir un golpe de frente. Su tía frenó la paliza y me metió a la casa de ella cuando vio mi rostro, cortó mi hemorragia con una toallas mientras gritaba a todos sobre lo estúpidos que éramos, yo la observaba en el espejo mientras me sostenía la nariz con las toallas, obviamente la veía vieja pero debía ser una mujer más joven que yo hoy en día, tenía pinta de tana del sur y un aire a Adrian, la novia de Rocky, la casa olía rico, a tuco, que seguramente estaban preparando o es un engaño de la mente y su capacidad de completar estereotipos.

No es la única derrota en una pelea que he sufrido, me han pegado en múltiples ocasiones, formas y países, de a uno y de a varios. Pero juro que si alguna vez veo a este muchacho lo voy a reconocer por los ojos…y si la situación da creo que lo invitaría a tomar algo…se lo tiene ganado…en ese pasillo me pegó la tunda más grande que me han dado en mi vida y como decía Jorge Luis Borges “la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece”.