Calabazas muertas (Elegía de un genocidio)

genocidio

 

Yo no diría que tengo miedo.

La curiosidad es débil como para asomar en la ventana.

Los aullidos de los lobos a lo lejos

son reales.

La infamia atizándonos el rostro,

la muerte.

El cementerio está cerca.

Han visto a La Huesera, como yo.

Escuchan el redoble de tambores, como yo.

Temen el sismo de los cristales, como yo.

 

La estampida está latente.

La Reina de las Encrucijadas espera, impetuosa

la cáfila.

Los féretros esconden mil misterios de carne y hueso

y las sombras se duermen

en el paso de las figuras escarpadas.

Desde el báratro claman.

Desde el averno surgen

los llantos y los gritos.

No hay ángeles.

 

Los jueves llueve.

Los sábados las novias llegan al altar.

Los domingos, las antorchas de la plaza se encienden

y las vírgenes lloran en la misa.

En el campanario habita un misterio

que cisma la pila bautismal.

Abre la cripta.

Aliena la culpa.

Alimenta el trujal.

Se vuelve sangre el agua bendita

cuando los lobos cantan y los tambores suenan.

Explotan las bombas

salen las brujas por la plaza.

Y en la ciudad

crepitan las cadenas de los mausoleos.

 

Yo no diría que tengo miedo.

Tenía hijos.

Y si algo temía, era por ellos.

Por la fuente escindida.

Por las noches hondas de silencio.

Por las vírgenes escondidas en la lumbre.

Por la cohorte mancillada.

La oblación es silenciada y los semblantes mutilados.

La revolución de los sin nombre se está propagando.

Y ya no hay exilio ni mortajas suficientes.

No hay dios.

No hay puentes.

No hay vientres.

Sólo hay llamas.

Oscuridad en el atisbo.

Mar adentro, tierra adentro, cuerpo adentro.

Sangre oscura. Agua helada. Fosa abierta.

 

No tengo miedo. Tenía hijos. Y ya no los tengo.

No se donde están. Los escucho, pero no los veo.

No están conmigo. Ni mis hijos. Ni sus hermanos.

Ni los nonatos de úteros desgarrados.

Suenan los timbales y aúllan los lobos

mientras rechinan las cadenas

y la Señora de las Encrucijadas sostiene el cetro.

Reina la muerte, gobierna el espanto.

Juicios sin condena.

Danza la bruma aciaga

como adefesio orco fondeando la epidemia.

 

Ya no tengo a mis hijos, y a mis nietos no los encuentro.

¿Dónde están todos?

Cuando la noche aparece,

salen los buitres de la fosa

a buscar la carroña de las calles.

Se adueñan de la ignominia.

Amordazan la libertad y la esperanza.

Carcomen la conciencia, la vergüenza, la sapiencia.

Son miserables nómadas.

Muertos vivos que avanzan.

Aspiran la muerte blanca.

Se inyectan el agua negra.

Fuman la historia usada.

Usan su libro como expiación bastarda.

Respiran el ardor.

Aprietan la jeringa.

Hunden el escarpelo.

Detonan.

Se entregan.

Desaparecen.

Bucean el dolor y argullen.

Se atreven contra los cobardes.

Se suicidan ante los fuertes.

 

¡Son mis hijos! Y tus hijos los matan.

Todos hermanos. Sin cuna.

Sin Patria.

Ya no hay redentor.

Ni hay confín de la amenaza.

Venganza, trueque ladino.

Las vírgenes de hijos, en la plaza.

Las viudas de nietos, en las calles.

El cautiverio silente en las páginas blancas.

Las novias en el altar dolientes

con vestidos de lágrimas negras

rosas marchitas y azucenas pálidas

cardos, espinas verdes

alfombra de hojas caídas.

Mantras.

Sollozos del suelo abierto.

La zanja. Las cadenas.

Los orificios putrefactos de las balas en los escombros del paredón.

Muerte a las estrofas de la garganta.

Salmos sin melodía.

Palomas, barriletes,

nubes que el viento mece en las mañanas.

 

Los lobos están cerca,

pero los ovarios no se callan lo que escoce la boca mutilada.

Espasmos de verdad yaciendo en las veredas.

Esquirlas de impiedad a la intemperie de las plazas.

La gloria es egoísta con los que transitan el andén.

No quiero escuchar más campanas.

Las crónicas no escriben lo que persigo saber.

 

Yo no diría que tengo miedo.

Tenía hijos.

A mis nietos no los hallo.

La Patria ha muerto.

El mundo es aciago.

La revolución se quedó en la fosa de los sacrificios comunes.

Generación perdida. Historia repetida.

Verdades que ya no engañan.

Migajas de voz.

Baúles hartos de cenizas

que manchan los trozos de bandera.

Himnos que ya nadie canta.

 

Han muerto los niños en setiembre,

en octubre sofocan sus calabazas.