Mi vida con Melisa (1)

Ojos Verdes

—La verdad que me gustaría un día enamorarme y andar con alguien, pero no me pasa…
—Corazón duro.
—Divertido. Duro pero divertido.
Melisa sacó la pava de la hornalla.
—¿Qué crees que pasa cuando uno se enamora…, cuando deja de ser saludable? ¿Siempre deja de ser algo lindo?
Me distraían sus ojos verdes. Melisa tiene tremendos ojos verdes.
—¿Qué qué pasa cuando uno se enamora?
—Sí, ¿qué pasa cuando ya no hace bien?
—No, no. Yo no creo que en algún momento el amor deje de hacer bien. Yo creo que hay gente que sabe amar. Yo creo en el amor, y en que bien usado debe ser una locura, una cosa… Yo creo que no sé amar. Hace poco escribí sobre un abrazo a una amiga que sospeché que podía parecerse al amor…
—¿Por qué suponés que no sabés amar, Marcos?
Un perro ladraba a lo lejos. Lo escuchamos cuando terminó de hacerme la pregunta. Lo escuchamos los dos… y me pasó el mate.
—Yo creo que vos tampoco sabés amar, Meli.
Sonrió. Sonrió creo que sarcásticamente.
—Amar debe ser de gente que no le pasaron cosas difíciles, no sé, Meli… Para amar hay que tener la cabeza muy sana, hay que…
—¿Amar de un modo sano y no egoísta?
—Es que no sé. Si lo supiera tal vez lo intentaría.
—Tengo amigos a los que amo. Le amo porque me hace bien. Le amo porque es un ser luminoso.
—“Le” amo ya no son “amigos”, es uno solo. Estás enamorada y le llamás amigo, pero a ese enamoramiento no le ves proyección, o sentís que a él no le pasa lo mismo…
Meli bajó la mirada. Sus ojos verdes atardecieron bajo sus pestañas y besó su mate con el mismo amor con el que hace su trabajo cada día, cada semana.
—Ay… me cagaste.
Estiró su mano para atrás hacia la mesada y recién ahí noté todo el esplendor de su remera blanca. Cuánto influirá la belleza en el embrujo del amor…
—¿Vos podés amar así, Meli, como un sentimiento fluído, como una amistad que es más que eso y que vuelve a ser amistad sin ataduras y que…
—Yo no sé amar de un modo libre, por decirlo de algún modo. No es que sea posesiva, que si te amo “sos mío”, pero sí tenés que estar en mi vida —de vuelta el perro. Una brisa fresca entró en la cocina. Era un domingo raro de Julio. Un domingo cálido para el invierno, fresco para la primavera, lento para cualquier otoño pálido y nostálgico. Las manos de Meli son chiquitas y graciosas. Encantan con cualquier movimiento. Sé que ella no lo sabe. Las mueve impunemente—. De las muchas cosas que me llaman la atención está el poder conversar horas y no aburrirme.
—Sí, para mí el amor es estar contento. No digo que no haya problemas y momentos difíciles, pero no puede ser que con mis amigos esos momentos sean constructivos y que con mi pareja sean horribles.
—El problema son las expectativas y los supuestos.
—Yo también creo en eso de que si estamos juntos no estamos con otros. Y no es posesividad, es mi manera de entregarme.
—¿Ensillo el mate?
—¿Qué yerba es esta?
—Verdeflor. Verdeflor amarilla.
—Dale, ensillalo. No conocía esta yerba.
—Marcos, ¿me cerrás la ventana y la puerta? Está refrescando.
Mientras cerraba la puerta vi el paisaje montañoso ondular la tierra. Cómo me gusta Mendoza…
—Meli, te queda bien el pelo corto.

—¿El pelo corto?
—Bah, ese peinado que tenés. Así, despeinado, rojo… No sé.
—¿Vos no te estarás enamorando de tu amiga, no?
Me reí. Era cierto que había refrescado, me puse el suéter.
—Sospecho de los hombres que se hacen amigos de las mujeres.
Meli se dio vuelta rápidamente.
—¿Y nosotros?
—¿Nosotros qué?
—¿Nosotros qué somos?
—No me hagas una escena, Meli.
—Pero te lo pregunto en serio, ¿nosotros qué somos?
—¡Nosotros no somos amigos!
—¿No somos amigos?
—¡Obvio que no, Meli!
Melisa sacó la pava de la hornalla y volvió a sentarse en la mesa con sus ojos verdes más florecidos que nunca.
—¿Entonces qué somos?
—Oíme, ¿conocés la historia del alacrán y la rana?
—¿El alacrán y la rana? Debe ser una versión criolla de la moraleja del escorpión y la rana.
—Del escorpión y la rana. Ok. ¿La conocés?
—Sí.
Sorbí el mate.
—¿Y qué tiene que ver con lo que somos, Marcos?
—¿Me dejás terminar de hablar?
—No, conozco tu prosa. No quiero que me lleves a tu mundo de párrafos coloridos, quiero que me respondas qué somos.
—Si me forzás, te respondo una sola vez y el tema termina acá. Y te aseguro que no te va a gustar nada la respuesta.
—¿No me va a gustar?
—No, Meli.
—¿Y qué respuesta sí me gustaría?
—Vení, asómate a mi mundo de párrafos coloridos, Meli. Acá todo te va a gustar.
Meli sonrió. Me encanta cuando sonríe. Cuando sonríe algo pasa en su mirada. Es como que se le corre el disfraz y aparece un pedacito de ella, de la verdadera.
—Dale. Llevame, Marcos.

(Continuará…)