MEMORIAS DE TIRAMISÚ IV: “Un amor de mil amores”

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Acabo de terminar con Lisandro. O él terminó conmigo. O terminamos. Punto.

Le dije que lo amaba y él me contestó “que complicado, carajo”. Punto.

Esta es la tercera vez que terminamos. A decir verdad, hasta ahora es la única porque las otras dos veces no terminamos nada, ya que regresamos a lo que evidentemente no se había terminado. La diferencia es que en aquellas dos oportunidades, el que habló de terminar fue él, y que yo antes no le había dicho que lo amaba. Por lo cual él no tendría por qué saberlo y entonces, como no lo sabía, había querido terminar porque pensaba que si él no me amaba y yo no lo amaba, no había nada que perder. Yo me pregunté que si no había nada que perder, aunque no hubiera nada por ganar, qué sentido tenía terminar algo que quizás nunca había empezado. Esta vez no hablamos de terminar. Sólo le dije que lo amaba y él me respondió “que complicado, carajo”. Punto.

Es lunes, pero decidí cruzarme al Donkie para fumar y salir del pasilleo entre despachos que me estaba asfixiando. El mozo me vio y no hizo falta que le dijera nada. Me puse los anteojos y encendí un cigarrillo. Me senté de espaldas a los ventanales del edificio legislativo. Era una contraseña para el G7, así sabían que no estaba esperando a ninguno de ellos y que mejor no se cruzaran.

Es difícil a veces estar en el trabajo cuando una quiere estar sola, llorar, golpear una pared o estampar lo que se tiene a mano contra el piso. No podía hacerlo ahí. La dama de negro no hace esas cosas.

Cuando conocí a Lisandro me deslumbró su bohemia. Siendo él abogado, no imaginé escudriñar en una biblioteca repleta de libros de poemas que no sólo había leído, sino también algunos de ellos, memorizado. Las noches se nos volvían rápidamente madrugadas y las madrugadas eran siestas. Cantar era una postal en el sofá y reír era costumbre en la cocina.

La primera noche que llegué a su casa, luego de la cena y las entretenidas confesiones de sobremesa, salimos con las copas de vino al jardín. Apareció ante mis ojos un espacio abierto y enorme en el que no pasó desapercibido el rosedal. Era agosto y algunas rosas estaban abiertas, como pareciendo esperar la visita de alguien que, además de su dueño, pudiera apreciar su grácil desnudez. Seguimos caminando hasta el final de la propiedad entre medio de los frutales. De regreso, le pedí sentarnos en el medio del jardín y accedió, ebrio de la locura en la que habíamos consentido. Mi insospechada percepción de su bohemia no competía con la de él ante mi sensibilidad con la naturaleza y el desprejuicio que me alentaba.

Él no era consciente, como apenas lo era yo, de que esa noche en su jardín nos marcaría de tal modo, que no sólo nos apasionaríamos irracionalmente sino que no lo haríamos de esa manera nunca más con nadie.

Semanas después, ya asumida la locura, cada tanto nos atacaba la imprudencia de indagar más allá de lo que de manera natural accedíamos a contar. Era perfecto y como todo lo perfecto, por una extraña ley de compensación universal, sería breve.

En este caso, la compensación vendría con el silencio. Lisandro Méndez, senador por el primer distrito, primera banca oficialista, segunda línea a la derecha del gobernador. Una aprende en este juego cuáles son los lugares propios y los ajenos, en un protocolo donde las figuras se desplazan atizando el anonimato. La dama de negro no podía cruzar el límite, pero lo había hecho y luego de ese umbral no había vuelta atrás para el secreto. La política, los señores, las mujeres, el poder, las sombras. Llegó el mozo con el café y el tiramisú, completo, delicioso, recién hecho. Tentaba los ojos y el olfato con el chocolate a flor de piel, como el humo del tabaco. El recuerdo se me perdió con cierto sabor a malbec, en la amargura.

Una de esas noches con Lisandro, a la ribera de lo prohibido , alucinado en la belleza de todos los momentos en los que mi delirio sin prejuicio entraba en éxtasis, él me pidió que tomara un libro de la nutrida estantería. Tomé al azar, o no tanto, a Benedetti. Me pidió que abriera, otra vez al azar o no tanto, y leyera. En la hojeada intuitiva por el mediolibro (él sabía que siempre me quedo en los “Poemas de otros”), ante mis ojos apareció “Mucho más grave”. Leí y él, notando mi gesto incrédulo y emocionado, me pidió que lo hiciera en voz alta. Verso a verso, se me iba quebrando la voz. Él, conociendo el poema, escuchaba mi lectura con los ojos enquistados y húmedos. Ya era mucho más que grave. Fue una suerte de destello, que iluminó sin vuelta atrás aquellas horas en las que nos hacíamos los distraídos de lo que en verdad estaba sucediendo. Sí, era mucho más grave, porque como bien lo expresó Mario, la gravedad de que todas las parcelas de la vida de cada uno tenían algo del otro, implicaba recibir todas las edades vividas, cada una con su propia intensidad, y asumir el amor como bahía generosa en donde las olas vienen y van. Pero ninguno de los dos quería ya que el otro se fuera como una ola más.

Me tomé el café ya tibio de un sorbo y, por primera vez, dejé el tiramisú sin probar. Mañana hay sesión. No tengo ganas de postre ni, mucho menos, de saldar la angustia con empacho de dulzura. Eso es muy grave, como lo que Lisandro y yo nos habíamos dicho.

Puntos suspensivos…