Soy la otra

Soy la otra - cabecera

Sí, soy “la otra” como dice la gente. La que todos critican y nadie quiere. Mucha gente, como vos, cree que me conformo con migajas. Ninguno entiende que lo que hago es vivir mi libertad. Ya sé que mis justificaciones, para vos, no tienen el mismo peso. Tampoco me estoy engañando a mí misma. Ni se trata de encontrar un consuelo para la soledad.

Estar sola tiene sus ventajas: no le debo explicaciones a nadie, hago lo que quiero (cuando puedo, como todos), la cama de dos plazas es toda mía, no comparto el placard ni el control remoto. Cocino lo que se me de la gana y si tengo ganas. No sufro los embates de la convivencia ni me rompo la cabeza pensado si la relación tiene un futuro.

Él y yo somo amigos. Podemos pasar horas tomando mate y hablando de todo y nada a la vez. Discutimos de política o de economía y tratamos de mostrar al otro nuestro punto de vista. Nunca estamos de acuerdo y está bien. Algunas veces terminamos peleados y a las puteadas. Otras, la conversación toma un rumbo distinto. Insinuaciones o chistes picantes cuando salimos a correr o por chat, esos que después borra para que no los vea su mujer.

Cuando estamos solos se me hace imposible mantenerme alejada de su boca, así como sus manos no pueden dejar de recorrer mi piel. Calculamos los minutos, jugamos con el peligro y nos sacamos las ganas a gritos. Sé que le gusta hacer conmigo todo lo que no puede hacer con su mujer. Él quiere jugar y yo también. Lo damos todo, porque siempre nos prometemos que “esa” va a ser la última vez. En ese momento no importa nada, él se aferra a mí como a la bocanada de aire que busca el que se está ahogando. Yo me agarro a él porque es la libertad que tanto amo. (Sin rasguños ni marcas, obvio).
Después de llegar al clímax, cuando ya nos sacamos las ganas, volvemos a ser los de siempre, sentados en el patio, fumando y compartiendo una cerveza. Llaga su familia y su mujer inventa que se olvidó algo, le deja los nenes y me dice “me acompañás”, salimos y charlamos.

Muchas veces encontramos escusas para conversar. Ella me cuenta de su vida, los agobios de ser madre, las frustraciones profesionales, las inseguridades con respecto a su matrimonio. ¿Y qué puedo hacer yo? Le digo la verdad: que su marido es un pelotudo que no deja de hacer cagadas, pero la quiere más que a nada en el mundo y que no concibe un futuro en el que no se muera arrugado al lado de ella. Le digo que el temor más grande que tiene mi amigo es perderla, porque ella y sus hijos son el gran amor de su vida. Y no miento, porque sé que es así al cien por ciento. Lo que no confieso, es que a él le gusta jugar a enfrentar sus miedos y que yo lo ayudo con eso.

Seguro que estás pensando que soy una caradura, una puta sinvergüenza. Pero en realidad les estoy haciendo un favor. Ya sé como sigue la rutina: a él le van a dar remordimientos, va a buscar lavar sus pecados tratando a su mujer como una reina; el arrepentimiento lo va a llevar a estar más enamorado que nunca de la compañera que eligió para toda la vida. Ella va a creer en mis palabras y se va a sentir la mujer más afortunada del mundo. Van a ser una familia feliz, hasta que vuelvan a discutir; hasta que uno le pida explicaciones al otro o que alguno no pueda hacer lo que quiere; cuando la cama de dos plazas quede chica con tantos hijos en el medio; cuando el placad esté desparramado por la casa; se van a pelear por el control remoto y serán los chicos los que elijan qué comer. Entonces él me va a llamar y me va a decir “venite a tomar unos mates” y yo voy a ir, como voy siempre que me invitan. Y si está solo, ya sé como sigue el juego, cómo empieza el círculo otra vez.