Hecha la ley, hecha la trampa

Congreso 2

Estoy en contra de la ley del aborto, pero alguna vez estuve a favor. No fue por la ley en sí, sino porque soy un convencido de que las leyes de la democracia, en general, son filtros legles para “la mayoría” de la población. Digo “en democracia” no porque crea que haya algún sistema que la supere en calidad, sino para reafirmar que la democracia no es la pureza de lo impoluto. Ni sé hasta qué punto la democracia es democrática, pero no conozco un sistema mejor.

Hay leyes obvias que precisan ser construidas para que haya una base legal que permita lo mínimo, como por ejemplo, el respeto por la propiedad privada, que nadie se pueda meter en una casa y llevarse las cosas sin que tenga una pena por esto, y todas estas leyes penales, civiles y económicas que marcan la cancha para poder emprender desde una familia hasta una empresa. Se eviten o no, son necesarias. Sin embargo creo que hay leyes que se hacen con un aparente fin para guiar la legislación hacia la habilitación de otras cosas ya que la ley condiciona a todos los ciudadanos. Si yo le digo a un ciudadano con una ley que no puede comer pastillas de menta, el hacerlo sería un delito aunque nadie entienda cuál es la trangresión de aquello. Yo puedo encontrar un motivo para hacer una ley: las pastillas de menta afectan a las personas alergicas a la menta, esto significa que son dañinas para una parte de la población con esta dolencia, y toda la parte que también padece este problema y aún no lo sabe. El Parlamento sale al cuidado de este conjunto de personas prohibiendo con una ley leve, una penalización inocua, una contravención tal vez, el “tráfico” de pastillas de menta. No existiendo riesgo alguno nadie va a salir a la calle a manifestarse contra esto, pero ya está asentado para la justicia que existe un tráfico prohibido de pastillas de menta. Lo puede ejecutar cuando guste. De hecho, saliendo de este ejemplo exagerado, en la provincia de Buenos Aires está (o estaba, no sé hoy) prohibido poner saleros en las mesas de los restaurantes para “proteger” a las personas hipertensas de “tentarse” con la sal.

Poco a poco el Parlamento es el que tiene el deber de protegernos de todo lo que pueda. Legisla para nuestro bienestar. Sin embargo la sal no le hace mal a todo el mundo. ¿Es un problema tener que pedir la sal al mozo? Ninguno. Lo que es un problema es que haya tenido que haber una ley al respecto porque sino los restaurantes no lo habrían hecho. ¿Y por qué no lo habrían hecho? Porque, en el fondo, habría que sacar de todos lados miles de cosas más que hacen mal a la gente: los cigarrillos de los quioscos, los chocolates de los supermercados, la venta de alcohol a la mañana y a la tarde de los lugares públicos… Sin embargo se prohibió, con una ley, lo de la sal. Listo.

¿Cuál es el problema (el mío, que escribo esta nota) con esto? El problema no es el de la sal, ni el del alcohol, sino que es el problema del “fariseísmo” bíblico. El fariseo era un tipo que cumplía todas las leyes judías al pie de la letra, y sin embargo acusaba a los transgresores, los enjuiciaba, era impiadoso con los demás, rechazaba a los que no se alineaban a esta conducta, en definitiva, cumplía todas las leyes pero no el propósito de ellas que era Amar, hacer el bien. Se agarraba hasta de la ley más pequeña para mostrar el error del otro, para condicionarlo. Y eso es la ley en estos tiempos. Por eso alguna vez estuve a favor de la ley del aborto, porque pensé que con eso el compromiso para que las mujeres no aborten iba a ser mayor. No pensé en aquel momento las cosas que dejan asentadas en la jurisprudencia la sanción de cada ley, el concepto de vida, de persona, ni que a los valores no se los puede “administrar” con especulaciones encubiertas, ni que hay una direccionalidad intencional y aplicada detrás de lo políticamente correcto.

“Hecha la ley, creado el fariseísmo”, debería ser hoy el refrán. Nadie va a ir preso por hablar sin la E o por dejar pasar a una mujer primero, pero va a ir corriendo la línea de los buenos y los malos, los que están dentro de la ley y los que no. Pero hay algo más serio aún: ya no va a ser posible (ni siquiera necesario) usar y aplicar el criterio propio.

El criterio propio es un desarrollo. Una de las cosas que está en riesgo es la relación de los hombres con las mujeres y viceversa. Entre hombres y mujeres existe una ambiguedad necesaria. Necesaria para el galanteo, para la libre elección, para gustarse, para aceptarse o rechazarse. Una ambiguedad que da “tiempo” a las relaciones para que se definan, para que vayan explorando sus sentimientos. Aquella ambiguedad está comenzando a ser legislada. ¿Es bueno? ¿Es malo? Hay hombres muy inteligentes, excelentes personas, que con las mujeres son más limitados. Ellos van a pagar las leyes. Las mujeres más tímidas, los tipos más torpes, ellos van a entrar en el problema de la ambiguedad: qué es delito, qué es galanteo. Los que se expresan no son exponentes representativos, pero ¿quién va a manifestarse por los serenos, los pacíficos, los mansos? Yo. Con esta nota. Con sólo esta nota y algunas opiniones en un asado. Y algunos otros. Nadie.

Por esto creo que la legislación de estas cosas son con una intencionalidad. Hay que hacer leyes para que cuando algo no nos guste podamos denunciar, y sobre todo, que exista un culpable. Que siempre exista un culpable. Que yo no me equivoque nunca haciendo lo que quiero, que alguien tenga la culpa de lo malo que me pasa.

Obvio que hay leyes necesarias, pero hasta las leyes básicas, como no matar, van contra la realidad humana. Las cosas pasan. Todo puede ocurrir. La misma ley es algo que nos pasa. Yo quiero hacer algo y una ley me lo impide, la ley me pasa, sucede una ley que me impide. Nosotros somos una voluntad antes de la ley. Antes del sistema.

Por eso a las leyes no hay que verlas como soluciones, sino como permisos y prohibiciones. Una ley que me prohibe algo, es una ley que me impide hacer algo, pero también que me permite rebelarme contra ella. Tengo un permiso moral (el permiso siempre es moral). Y es bueno que sea así, salvo para los políticamente correctos. Ellos son la plastilina con que se hace la estatua de bronce, el molde. Ellos se prestan plásticos y coloridos para una finalidad rígida e inflexible, y luego cuando el bronce se enfría, son deshechados en masa y con un solo color uniforme. Y contentos.

Hecha la ley, hecha la trampa. La pregunta es, ¿existía la trampa antes de la ley, o la misma ley define la trampa? ¿No será que la ley es la trampa?