MENSAJE DE TEXTO

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¿Podría llegar un rato antes de la hora prevista esta tarde a mi oficina, con falda y sin bragas? Quisiera tenerla de rodillas aquí.”

El mensaje entró al teléfono móvil a las cuatro de la tarde de un agosto cualquiera, de un año cualquiera, y marcó un antes y un después en la relación virtual, porque tanta honestidad en el deseo merecía una respuesta igual de sincera sin dejar de lado el compromiso que implicaba para ambos la situación.

Cerró los ojos, sonrió y lo imaginó tratando de encontrar las palabras justas para escribir el texto con la elegancia y prudencia necesarias para que ella no se sintiera agraviada o acosada. Jugó fuerte, sus palabras no sólo fueron certeras, sino exactas. Pero él no tenía manera de saberlo hasta que las soltara en ese arrojo desbordado de emoción intensa que le impedía esperar a tenerla frente a él. Ella sintió la contracción de sus músculos abdominales al leer. No eran mariposas en el estómago, era un tremendo enjambre fuera de control, con las abejas saliéndole por el ombligo y zumbándole todo alrededor.

¿Cómo responder con el mismo tenor y sin torpeza? No se había sentido antes tan deseada como hasta ese momento en el que un hombre, muy hombre, decidió asumirse vulnerable en su hombría y reclamar desde su naturaleza más primitiva, sensata y varonil, el ansia de compartir su intimidad con ella. El deseo que latía en ambos se volvió evidente, inmanejable. La fantasía los invadió de modo ineludible.

Estaba en una encrucijada: acceder o excusarse. ¡Cuidado!, escuchaba en su cabeza. ¡Al fin! Sentía en el recóndito espacio donde pulsan las emociones. Veía el cursor titilar en la casilla de contestación. La presión le urgía en los dedos, en el pecho, en los pies. Los ojos iban y venían por las esquinas de la habitación, sin hallar dónde anclarse. Se levantó de la silla con el teléfono en la mano, caminó descalza hasta la cocina y se sirvió un café. Tenía la boca seca. Él seguía on line y el pulso se le agitó. Cerró la aplicación y dejó el aparato en la mesa. Siguió caminando por los pasillos de la casa, con la taza en la mano, sin saber qué hacer. Permaneció unos minutos meditando, mientras observaba desde el ventanal, el movimiento de los insectos en el limonero. Dejó el tazón sobre la mesa, volvió a tomar el móvil y comenzó a teclear: “Me tiene ahí a la hora acordada, le prometo que con falda, la ausencia de bragas la dejo a su imaginación. Y de rodillas, sólo en los sitios sagrados.”

No estuvo segura de haber hecho lo correcto. No se había negado, sólo trató de no exponerse por demás. Aunque él lo había hecho, la forma tan exquisita de tratarla como una dama y una cortesana al mismo tiempo, la obligó a subir la vara en el juego seductor. Ella lo deseaba, mucho. Maldita cultura de la represión. Se arrepentiría, seguramente se arrepentiría.

Vio las dos tildes volverse celestes y él, en línea, no escribía. No escribía. No escribía. ¡Qué tortura! Se angustió, no podía hilar un pensamiento coherente sobre cómo habría recibido él aquella respuesta. No imaginaba su rostro, ni su gesto, tampoco su postura. Ahora fue él quien cerró la aplicación, dejándola con la garganta reprimida. Regresó al ventanal con el café en la mano y dejó el teléfono nuevamente en la mesa.

El lapso que transcurrió hasta la devolución le pareció eterno. Cuando llegó el retorno, el sonido rasgó el silencio en el que se había quedado perdida observando las abejas sobre los azahares, con el sol colándose entre la sombra de los rosales del jardín. Giró la cabeza, observó el móvil con la luz titilante. Se mordió los labios. Respiró profundo y finalmente tomó el teléfono. Visualizó la pestaña de las notificaciones y confirmó que el mensaje era de él. Abrió la aplicación: “Está usted muy sana. Le agradezco que se cuide y me cuide. Hoy hubiera derrapado con usted.”

Cerró los ojos. Sintió una mezcla de alivio y tensión. No fue un hecho más. La relación estaba establecida. Fueron explícitos. Quedaron en evidencia uno con el otro. Ya no había vuelta atrás.