El por qué de mí

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Te miré irte. No te ibas sola, te llevabas todo lo que tuve en la cabeza sin valorar hasta ese instante. Todo. Todo se iba con vos en esa caminata cabizbaja tuya. Sentí tanto miedo… ¿y ahora qué? ¿Quién iba a estar en mi cocina, en mi cuarto, en mi vereda, en mi auto, en mi auto de ella, en mi casa de ella, en mi vida de ella…? Ya estabas más lejos, pero seguías teniendo encima tuyo un planeta, una era geológica completa, una única historia del mundo. La historia del mundo donde vos y yo estábamos juntos. Una historia donde Napoleón, el César, Churchill… donde todo tenía sentido, todo de alguna manera había valido la pena, había contribuido a que vos y yo estuviésemos juntos. Pasaste la mitad de la cuadra y todavía no miraste para atrás. ¡Qué hice! ¡Qué locura! ¿Cómo confié en vos? ¿Cómo te entregué toda mi inocencia de la infancia, toda mi vulnerabilidad a vos, a ese alma obesa de recuerdos que se alejaba hinchada de tanta vida…? Cómo confié… ¿Y ahora? ¿Empezar de vuelta? ¿Empezar de vuelta qué, si vos velaste todos los sentidos que hubo tenido mi vida? Ya te veo de a ratos entre la gente que camina por la vereda, estás llegando a la esquina. ¡Miraste! Miraste para… No, no miraste para atrás, miraste al costado, a la calle, miraste si venía algún auto. Cruzás la calle. Debería irme. Pero ¿irme a dónde? Mi casa ya no era más mía que aquella esquina donde me dijiste que “ya no sentías lo mismo”. ¿Ya no sentías lo mismo que qué? ¿Qué antes? Nada es como antes, te dije, todo es mejor, todo será mejor. Pero tus ojos ya estaban perforados por la indiferencia. Tus dos huecos oscuros apuntaban a mis pupilas y no sólo estaban vacíos, sino que hasta corría el viento por tu mirada apagada, un aroma de otoño, de cemento húmedo impregnaban tus palabras. Cómo confié en vos… Vuelvo a mirar a la calle, pero ya no te veo. Y me agarra como ansiedad, me agarra el vértigo de entender que ya estás viviendo tu vida, que andás por ahí pensando, haciendo, riendo… Te confié todo, y vos nunca me lo pediste. Es mi culpa. Yo soy el responsable. Pero me llevo algo. Me quedo con la espina de haber sido el único que te dijo que no. Y vos lo sabés. Ya nadie te va a decir que no y te vas a envenenar poco a poco en ese poder mínimo que ofrece tu belleza, tu gracia, tu risa… Bueno, mínimo… No, tu gran poder, pero rengo. Un poder que rengo te vuelve loca y te quita la paz. Tal vez por eso esta esquina es más mía que mi casa, porque lo volviste a intentar, y te volví a decir que no. Te volví a decir que no. Tal vez ese “no” me lleve la vida, pero te va a dejar una esperanza. No sos inmortal. No sos una diosa olímpica. Sos una mortal que lleva encima un huracán, una tormenta en el mar, un incendio forestal que fascina, que embobece sin que tengas que hacer nada. Sos la sombra de un milagro, sos la soledad del sol, sos… Ya no importa lo que sos. O no debería importarme. Ya pasó tu huracán, ya se sofocó tu fuego. Ahora sólo queda la devastación y el desánimo, la destrucción de lo que había, todo está irreconocible, todo es llanto, y yo soy una de esas víctimas que se niegan a abandonar su casa, que no quieren ser rescatados, como si aquella casa siguiese valiendo algo. Como si aquella casa tuviese algún valor. Ya se hizo de noche. Vos estarás en tu casa, y yo en esta esquina, en la azotea de mi casa arrasada, negando con las manos del corazón que me saquen de aquél desierto. Muerto de miedo de que me ofrezcan un mundo perfecto, un mundo mejor pero sin vos. Les grito a los socorristas, les grito agitando las manos: “¡Yo le dije que no! ¡Yo fui el que le dijo que no!”, pero no celebran nada. No comprenden que sin mi “no” no habría habido devastación, ni fuego, ni inundación, pero tampoco habría habido esperanza. Todos seríamos vulnerables a tu belleza. Nadie se plantearía la mínima posibilidad de que la libertad, aunque devastada, aunque quemada, aunque arrasada, es siempre más valiosa que la fatal determinación de que nadie es dueño de resistirse a tu belleza. La gente pasa al lado mío ignorando todos aquellos hombres que yo vine a salvarles la vida.