Amantes del morbo

Supe que me impresionaban los cadáveres el día en que murió un tío mío. Tenía apenas diez años y, tras enterarnos de la noticia, mis dos hermanos mayores, sin que yo se los pidiera, me llevaron a la casa del difunto a curiosear. La puerta estaba abierta de par en par, y al entrar nos encontramos con el gran comedor desprovisto de muebles, sólo algunas sillas apoyadas contra las paredes. No había todavía ningún familiar. Dos señores de guantes blancos vestían la sala de muerte. Abocados a sus tareas fúnebres en silencio y total seriedad, no parecían percatarse de nuestra presencia. Ubicaron un par de soportes cilíndricos y cromados en el centro del comedor. A uno de éstos le arrimaron una cruz grande que irradiaba una luz violeta. El eco de los ruidos era espectral. Luego salieron a la calle. Volvieron a entrar cargando un ataúd que, ante nuestros ojos atónitos, apoyaron en los soportes con extremo cuidado. Hasta ese entonces nunca había visto uno. Por instinto le tomé la mano a mi hermano. Luego levantaron la tapa del ataúd y para sorpresa de los tres, dentro yacía el cuerpo de mi tío, cuya exposición inesperada por poco me tumba al piso. Solté un grito aterrador y salí corriendo despavorida.

Desde aquel día mantengo una personalidad impresionable ante todo lo relacionado con la muerte, o hecho desagradable. Por lo que mi atracción por el morbo no supera los niveles normales que posee todo ser humano. Quizá sea por eso que me resulta incomprensible que una mayoría significativa de personas, pueda sentirse atraída por lo repulsivo y perverso, y tenga predilección en ver y mostrar hechos lamentables.

Cada vez que leo los diarios, o veo televisión, tengo la sensación de que el mundo es un horror. Sólo dan a conocer todo lo malo y triste de esta vida. Uno va de noticia en noticia angustiosa, cuando no aberrante, que nada aportan a la sociedad. Al contrario, dan la idea de un mundo desalentador y sin futuro. Todo es catastrófico y deprimente. Siempre se destaca lo negativo, lo grotesco, como cuando se informa sobre una tragedia: los titulares indican el número de víctimas fatales, en lugar de la cantidad de vidas que se salvaron. Como si la muerte fuera más importante que la vida. Ni qué decir de los contenidos que encontramos en las redes sociales. Es asombroso que haya masas de gente enfermiza y de mal gusto, capaces de convertir sus muros en galerías de violencia y monstruosidades, de los que se desprende un aroma a depresión y tristeza. Entrar a sus cuentas es como encontrar variadas recetas de cómo ser más infelices: hechos trágicos, fotografías de accidentes con cuerpos tendidos en el piso y el reguero de sangre, recordatorios incesantes (no vaya a ser cosa que lo olvidemos) de la crisis económica actual, violaciones, asesinatos, golpizas a niños y ancianos, maltrato animal, prácticas de abortos, decapitaciones, y un sin fin de penurias, con video inclusive, cosa que el morbo alcance su máximo esplendor.

El hambre colectiva de publicar cuanta calamidad acontece en el mundo es asombrosa. Evidencia que muchas personas no tienen resuelto su sesgo de negatividad, y su morbosidad traspasa todo límite. ¿De qué nos sirve mostrar el peor escenario posible? Esa única visión nos indigna y genera impotencia y desesperanza. Sé que no podemos vivir ajenos al horror y las tristezas que asolan todos los rincones del mundo. Pero hay mucho más en la vida que esto. Sabemos que hay crueldad y lugares oscuros en la Tierra. Pero también existe un costado mucho más grande que es hermoso, lleno de color y maravillas, donde el sol también brilla. Donde hay vidas que se salvan y se rescatan animales. Hay música, arte y poesía que inspiran. Hay bondades a montones que nos restauran la ilusión. Volvamos a recobrar el buen gusto, a apreciar lo bueno y la belleza. No olvidemos que el mundo… también destila amor.