Melodía posesiva

Su mirada estaba fija en la caja de madera que reposaba en el estante de la chimenea. La había observado durante tanto tiempo que conocía de memoria sus vetas oscuras, los perturbadores tallados y las runas en los herrajes.

Adentro estaba encerrado el objeto de su perdición: la Melodía. Su pasión más grande, su amor prohibido, la maldición que acarreaba hacía siglos, una constante adicción con períodos de serenidad o profundas recaídas.

Si tan solo pudiera disfrutar de la música como un humano normal; pero no lo era y aquella flauta, prisionera en la caja de madera, se volvía un arma peligrosa en sus manos.

Era tan difícil resistir la tentación. A veces, era débil y se dejaba convencer. El instrumento lo llamaba desde su prisión perturbando sus pensamientos.

“Solo será una canción” le decía una voz. “Nunca es solo una” contestaba otra. “No importa, no va a pasar nada malo” lo tranquilizaba un susurro agudo. “¡Tocala! ¡Tocala solo una vez!” le instaba otra. “¡No te dejés dominar!” decía un grito lejano. “Resistí” lo alentaba el despojo de lo que alguna vez fue su cordura.

Venció los tres pasos que lo separaban de la caja y levantó los broches de metal con una lentitud ceremoniosa. La tapa se abrió por sí misma. En su interior, la flauta brilló de una forma especial que nada tenía que ver con la luz que se colaba por la pequeña ventana y se reflejaba en su madera lustrada.

La tomó entre sus manos mientras un escalofrío le erizaba la piel. La posó sobre sus labios y palpó el cuerpo con la yema de los dedos. Todo el acto le resulto tan sensual que se sintió excitado.

Sopló.

La música empezó a reptar por su cuerpo. Absorbía su energía y cobraba vida propia. Él era el amplificador de las melodías psicodélicas y salvajes que brotaban desbocadas desde el instrumento. Su piel se envolvió en pentagramas y notas que se escurrieron por el piso y las paredes, llenaron la habitación y luego huyeron por la ventana buscando libertad.

En ese pequeño pueblito perdido en la cordillera, con casas bajas de barro y paja, sus escasos habitantes eran tan longevos que muchos habían perdido la audición y otros ya estaban tan seniles que la Música no los afectaba, así que había perdido el interés en ellos. Pero, encontró, una joven turista recorriendo los cerros a caballo y se le antojó la víctima perfecta.

La alcanzó cuando estaba tomando fotos al paisaje a un par de kilómetros del caserío. La Melodía la envolvió delicadamente y le dejó sentir la tibieza de las notas. La embelesó, la sedujo y cuando la chica cerró los ojos con una sonrisa en los labios entregándose a la dulce música, la maldita la poseyó.

Entró en su mente destrozando todo a su paso. Quebrando ideas, pensamientos y recuerdos. Se apoderó de su identidad. La Melodía se vistió con cuerpo de mujer. Danzó por caminos y cerros, perdió sus zapatos y poco a poco se deshizo de su ropa. Lágrimas de terror y cansancio corrían por sus mejillas y una sonrisa delirante se pintaba su boca.

La joven había perdido la noción de sí misma. No recordaba quién era, qué hacía. Ya casi no existía.

Caían los últimos rayos de sol cuando el flautista recuperó la conciencia. Supo que llevaba tocando todo el día y que había sido demasiado. Sintió a la Melodía regocijarse con el alma de alguna víctima. Juntó toda su fuerza de voluntad, apeló a lo poco que le quedaba de cordura y con un dolor más allá de lo físico, congeló sus dedos y contuvo el aire.

Voces desesperadas gritaban dentro de su cabeza. Algunas imploraban piedad, otras pedían su rendición y los ecos de su cordura lo alentaban a hacer lo correcto. A pesar de todo el infierno de voces en su cabeza, logró guardar la flauta otra vez en su prisión de madera.

Poco a poco la Melodía moría en el aire, aunque una pequeña parte había quedado aferrada a la conciencia de la joven poseída.

La Música sabía que le quedaba poco tiempo de vida. La mente que ocupaba estaba destrozada, el cuerpo que poseía estaba exhausto, sangrante y pronto caería inconsciente. Furiosa le gritaba “sos una inútil”, “ya no me servís para nada”, “no sos más que basura”.

A la joven no le quedó más que estar de acuerdo con la intrusa que la movía como marioneta. Ya no se sentía una persona, sino un juguete. Solo se rindió. Cuando su cuerpo sin voluntad caminó trastabillando hacia el agua, no intentó detenerse hasta estar sumergida por completo y se dejó arrastrar por la corriente hasta el fondo del lago.

Mientras el cuerpo sin vida flotaba en aguas de deshielo, los pentagramas tatuados en la piel del flautista se removieron, reptaron hacia la caja y se agarraron con fuerza a la madera cubriéndola con una maraña de trazos que presionaba por meterse entre las grietas. Cuando la Melodía desapareció por completo, un nuevo tallado apareció sobre la caja de madera.