Nada que ofrecer

Por los tres golpecitos suaves y cortos, sabía que era ella. Mientras caminé hasta la puerta respiré hondo. Es tan sólo verla para que enseguida note un nerviosismo torpe. Entró como siempre, como un trompo de alegría. Me abrazó y me dio un beso en la mejilla. “Mirá lo que te traje”, dice con ese eco de ternura en la voz, y al mismo tiempo me entrega con delicadeza un frasquito con mermelada de durazno. De inmediato aclara, con ojos orgullosos, haberla preparado con sus manos. Le doy las gracias por el regalo, pero la verdad su sonrisa es mejor obsequio. Vive en el departamento de al lado y de vez en cuando viene a contarme lo llena de vida que está. Y yo la divierto con alguna que otra historia de esas que me sobran. Son el anzuelo para retenerla por más tiempo.

La conocí hace unos meses, una noche de verano llegando a casa. Cuando me sentía medio muerto y comenzaba a perder de a poco el sentido de la vida. Uno anda a la deriva, sin ideales que indiquen por dónde continuar. Aún así, bajo un hábil control, me mostraba incólume, o casi. Por un capricho del azar coincidimos en la puerta del ascensor. “Hola”, me dijo, y una sonrisa cálida decoró su cara. Fue agradable que alguien me dirigiera la palabra. Venía del bar de la esquina, al que suelo frecuentar cuando me canso del silencio. Observar a la gente repartida en las mesas y escuchar su murmullo, es un modo fácil de digerir la soledad. Otras veces, cuando me siento demasiado melancólico, salgo a dar un paseo corto por la ciudad.

Volvimos a coincidir unas cuantas veces más. Hasta que una noche en la que salí en busca del murmullo de la gente, nos cruzamos en el pasillo. Nos saludamos como de costumbre y cada uno siguió su camino. Di dos o tres pasos y sin pensarlo si quiera, me volví. Ella introducía la llave en la hendidura de la puerta. No sé cómo me atreví. Juro que jamás me sentí tan cobarde. Pero aún contra todo pronóstico de que aceptara, me arriesgué al bochorno y sin titubeos le pregunté si quería ir al bar conmigo. Se dio vuelta y me miró con ojos sorprendidos y algo fatigados, y tras meditarlo un momento, me invitó a pasar a su casa. “Mejor tomamos un café acá”, propuso. Su respuesta fue tan sorprendente como bochornosa. Mucho más que no aceptar ir al bar. Maldije mi aspecto inofensivo y del sofoco me sobrevino una tos. Estuve a punto de no aceptar, pero ella me tomó del brazo y me condujo al interior.

Su departamento lucía primoroso y olía a cítricos. Por primera vez tuve la oportunidad de mirarla con detenimiento. Se movía con naturalidad y soltura. Le calculé unos treinta y cinco. Sus maneras delicadas y su voz de matices sensuales, añadidas a su belleza, resultaban de un atractivo perturbador. Pude verla de espaldas mientras se erguía sobre la alacena para alcanzar unas tacitas. Y de repente sentí un deseo apremiante de rodearle la cintura con mis brazos y acariciarla. Hacía tanto tiempo que no acariciaba a una mujer, que ese recuerdo táctil lo creí olvidado. Tuve la sensación de estar enamorado, porque de pronto volví a sentirme vivo. Me contó sin reparos una parte de su vida, y yo, pese a la incomodidad, le conté otra de la mía.

Desde esa noche nada me hace más ilusión que estar con ella. Aunque me quiera de un modo distinto. Aunque la haya conocido a destiempo. Cuando me encuentro despojado de todo y, salvo mis historias, no tenga nada para ofrecerle. Aunque para ella sea una diversión y yo, viejo como estoy, la ame hasta los huesos.