SULTANAS, LA VENGANZA DE LOS HERMANOS GRIMM

SULTANAS 2

Hoy, la generación que creció viendo películas de chicas buenas convirtiéndose en princesas y a las malas como madrastras viejas y brujas feas, lucha por el reconocimiento social, económico y laboral de las mujeres, pide que no haya ni una menos y que les permitan disponer libremente de sus cuerpos. He aquí la verdad: todas tenemos una Hurrem adentro.

Hay un par de centurias de por medio entre la historia que nos muestra la novela turca de la temporada: El Sultán (advierto que se viene luego otra peor e igual de cierta: Kosem, la sultana), el nacimiento de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, y los éxitos animados de Walter Disney. En efecto, el imperio otomano como tal comenzó en 1281 y se extendió hasta 1926, tiempos en los cuáles las sultanas madres, las concubinas y las esclavas del harem del sultán y sus príncipes, tuvieron total vigencia y, una no menos influencia, en las decisiones imperiales. No pasaba algo diferente en las monarquías europeas de entonces, con Ana de Estuardo, María Tudor, María Antonieta, Josefina Bonaparte, Catalina de Médici, por nombrar a las más conocidas. Siglos antes, Cleopatra ya había hecho de las suyas en Egipto y Roma. Historias reales (de realeza y de realidad), que en cualquier libro se pueden encontrar. Los hermanos Grimm nacieron en Alemania, en 1785 Jacob y un año más tarde Wilhelm, pocos años luego de que por estas huestes se estableciera el Virreinato del Río de la Plata y en Europa Napoleón Bonaparte estuviera en el apogeo de su gloria imperial. Watler Disney se acerca más a nuestra época, nacido en 1901, hijo de una maestra y un granjero, luego de algunos fracasos logró crear su compañía de animación cinematográfica gracias a la inversión de su hermano Roy, empleado de un banco. Más tarde, se enfrentó a una huelga de los trabajadores de la compañía que reclamaban mejoras salariales y el reconocimiento en los títulos de crédito. Tuvo que intervenir el gobierno federal y el Bank of América (su principal acreedor), para que Disney aceptara los derechos laborales de los huelguistas. No obstante, la mayoría de ellos fueron despedidos en cuanto la ley lo permitió y la hostilidad laboral en el seno de la empresa hizo que muchos renunciaran más tarde. El enfrentamiento entre Disney y el líder sindical Herbert Sorrell nunca terminó. Eran épocas de la Segunda Guerra Mundial y aquí empezaba a surgir el peronismo como movimiento social, con Eva Duarte de la mano con Juan Domingo Perón.

¿Qué pasó con Cenicienta? Todos conocemos, factoría Disney mediante, la historia de la chica huérfana maltratada por una madrastra y dos hermanas, y que se casó con el príncipe de la historia, luego de probarle el zapato olvidado tras la huida de la doncella, a las muchachas nobles del reino. ¿Todos felices, comieron perdices? No.

Los hermanos Grimm escribieron por los años 1800 varios cuentos infantiles que una centuria después Disney retomó, pero con algunos cambios no tan sutiles. La inspiración de los hermanos Grimm, fue la historia de Ródope, una muchacha griega que fue raptada y llevada a Egipto como esclava. La chica, sólo para desafiar al resto de las siervas, se vistió con sus mejores galas incluidas unas sandalias de oro rojo, para asistir a un acto real celebrado por Amosis I, en Memphis. Obviamente no se lo permitieron, pero un halcón (supuesta encarnación de Horus), robó las sandalias y se las llevó al faraón, quién lo entendió como designio divino y ordenó que todas las doncellas de Egipto debían probarse la sandalia y la dueña se convertiría en la reina. Los historiadores griegos retomaron esta historia y le sumaron otros ingredientes, como que Ródope fue liberada de la esclavitud y en vez de casarse con el faraón, hizo una fortuna dedicándose a la prostitución. La tradición grecorromana rescató la historia y tras varias transformaciones del mito, se convirtió finalmente en Cenicienta, pero no la de Walter Disney.

La Cenicienta de los hermanos Grimm cuenta, entre otras muchas otras torturas que fascinaban a los medioevos, que las hermanastras de la doncella huidiza fueron obligadas por la madrastra a cortarse los dedos de los pies y los talones para que el zapato les entrara; también describe cómo en el casamiento entre la huérfana y el príncipe, las palomas se comen los ojos de las hermanastras cojas. Demasiada sangre para Disney, que se quedó con la versión de Charles Perrault, anterior a la de los hermanos Grimm y menos sangrienta, acorde con la visión de los grandes señores de las cortes de Versalles antes de la Revolución Francesa. Y es que cuando Perrault escribió su versión de Cenicienta, Hungría y Francia estaban logrando frenar el avance otomano sobre Europa, al mando de Mustafá II, nieto de la terrible Kosem, heredera de la tiranía de nuestra conocida Hurrem. Los europeos odiaban a las sultanas y nos legaron cuentos como los de la Cenicienta de Perrault, en donde las chicas buenas lograban el amor del príncipe, en contrapunto con las ávidas otomanas que eran capaces de manipular a los sultanes con sus favores sexuales y matar a los hijos de las demás concubinas para que los propios llegaran al trono, sin zapatitos de cristal ni nada parecido, bailando bien y sabiendo de estrategia política. Una noche en los aposentos del sultán ya les daba la carta para jugar adentro del harén y empezar a llevarse puestos a peonas, visires y ags imperiales en el camino a ser sultanas.

Como a América la colonizaron los europeos, iglesia católica de por medio, y Alemania (la tierra de los hermanos Grimm y del protestante Lutero) quedó devastada tras la Segunda Guerra Mundial, en 1950 el estadounidense Walter Disney estrena la versión “suave” de Cenicienta, muy alejada de la crueldad de los alemanes y mucho más de la astucia de Ródope con sus zapatos de oro rojo. Más aún, nos llegaron cuadros y literatura sobre los desmanes en los interiores de los harenes, que mostraba a los musulmanes como misóginos explotadores de pobres mujeres que habitaban con él en contra de su voluntad, alimentando en occidente la fantasía de orgías sexuales a disposición del monarca. ¿Por qué? Porque Occidente estaba en realidad fascinado con la estructura del harén, pero no aprobaba el rol de poder real que tenía la mujer dentro de él (de ahí en realidad la monogamia, ya que si había que vérselas con la mujer del monarca, mejor que fuera una). No había orgías, cada uno tenía su majestuosa habitación, y el sultán sólo estaba con una concubina por noche, si lo deseaba. Las mujeres no iban a la guerra y permanecían durante esas largas campañas del sultán y sus príncipes y guerreros, en el palacio bajo una estricta abstinencia sexual, tanto que los sirvientes que tenían contacto con ellas, eran eunucos. La única finalidad del harén era perpetuar la descendencia de la dinastía, pero sin desdeñar a las madres de los príncipes ni mucho menos a las herederas femeninas, muchas de ellas convirtiéndose en regentes del sultanato de sus hermanos o sobrinos.

Hurrem es la cenicienta que nos confronta. Era rusa, fue raptada y convertida en esclava, llevada al harén de un sultán que se enamoró de ella no sólo porque era bella sino porque era astuta, inteligente y valiente. Lejos de la imagen de mujer buena y obediente, nos muestra que siempre hubo mujeres que decidieron los destinos del mundo, sin dar crédito a un concepto de patriarcado sino valiéndose de él para su favor y dominio, con zapatos de colores, con velos, coronas y vestidos etéreos que caían al desprender un solo botón.

Los europeos encontraron en América un mundo nuevo, y nos cambiaron los cuentos, porque si les contaban a las aborígenes lo que hacían sus compañeras de género del otro lado del mar, los españoles hubieran terminado convertidos en consortes de las princesas indígenas y habría entre las Amazonas más Cleopatras y Roxelanas de las que conoció Europa.

Los hermanos Grimm tenían razón, los finales felices con perdices no existen y las mujeres somos capaces de arrancar los ojos y dejar cojas a las rivales, abandonar hijos y descorazonar príncipes, dejando zapatos en el camino si es necesario, pero no por doncellas cobardes y huidizas, sino porque los arrojamos por la cabeza de quién nos mande a lavar los platos, nos llame putas, o se atreva a levantarnos la mano.