Deconstrucción del lenguaje (lenguaje inclusivo)

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Sin quererlo me encontraba inmerso en una acalorada charla junto a un grupo de  colegas de letras, sobre esta novedosa predisposición de algunos jóvenes a la utilización de lo que ellos dieron en llamar un “lenguaje inclusivo”.

No es mi intención ir ni a favor ni en contra de tal o cual postura, pero sí invitar al lector a darle una vuelta de tuerca antes de salir con los tapones de punta a bancar o defenestrar a todXs est@s pelotudEs.

Por esta parte trataré de mostrar las dos caras de la moneda y así dejar en manos de la conciencia del leyente, si decide o no, condenar o apoyar esta nueva tendencia.

Desde siempre fui un defensor de la inclusión, cualquiera fuera la temática en cuestión. Sin importar si eran tópicos sociales, sexuales o culturales. Ser inclusivo es una manera de pensar el mundo. Siempre se puede sumar o se puede dividir. Generalmente la gente que suma en el mundo es la que termina siendo más atacada y más cuestionada.

En cambio la gente que divide, conquista. Así son las reglas del juego que se plantearon hace milenos en esta sociedad y verdaderamente no hay que ser un genio para darse cuenta de que es esa misma sociedad, la que perdona a funcionarios ladrones, empresarios prebendarios y persigue a pensadores y artistas. Es todo parte del “Sistema”.

Por otra parte siempre descreí de los parámetros impuestos sobre moralidad y buenas costumbres ancestrales. Todo se trata de un revoque fino para disimular y aparentar. Siempre atentos a condenar con una inescrupulosa superioridad moral, listos para quemar en la hoguera de esta flamante “Inquisición Virtual” a quien opina distinto.

La realidad está mal vista. La verdad muchas veces amonestada y sancionada. El mundo gira en torno a una “paquetería” del mostrar y generar grupos de pertenencia que excluyan a los demás, escondiendo siempre las miserias. No creo personalmente que eso esté bien. No creo tampoco que sea positivo para el ser humano estar fomentando constantemente situaciones negativas a su alrededor.

Por el carril contiguo se abre como una solución a estas calamidades sociales, inventar una nueva forma de expresarse, que no ofenda ni discrimine a nadie, tanto por su naturaleza como por sus elecciones. Pareciera a priori un poco ambiciosa dicha empresa.

Desde un punto de vista antagónico, apoyo asimismo la discriminación como herramienta de diferenciación de situaciones y no como generadora de violencia o estigmatización personal o social. Discriminar es diferenciar. El problema de la palabra discriminar es que tiene mala prensa. Por ejemplo, me parece perfecto que en un casino discriminen a menores de edad, o que en un camarín de niñas, discriminen a hombres mayores de edad.

Respecto del llamado “lenguaje inclusivo” entiendo que dicha idea es empezar poniendo el caballE delante del carrE. Deduzco para mis adentros que no tiene sentido comenzar por aquello menos importante para construir una realidad más inclusiva. Es como querer empezar a pintar una casa antes de poner las vigas. El lenguaje es un reflejo de la realidad, lo que necesita cambiar es esa realidad, no la forma que tenemos de describirla.

Al mismo tiempo siempre fui un romántico respecto de la revolución en lo cotidiano. Ir en contra del sistema es cuando menos heroico, sobre todo cuando uno aborrece y descree tanto de los preconceptos enlatados, solemnes y pacatos. Una cruzada contra lo instituido siempre contará con mi apoyo, pero apuntarlo incorrectamente puede desteñir finalmente el quid de la cuestión.

Hablar y escribir de forma “inclusiva” es una decisión personal, pero encamarse con la idea de que por utilizar equis, arrobas y E mal colocadas, va a cambiar en algo la realidad es un poco paradójico.

Pero de eso se trata todo. De animarse al absurdo, a hacer el ridículo y luchar por lo que uno cree independientemente del resultado. Así es como debiera entenderse la verdadera libertad. Porque de nada sirve un estado de derecho, donde las libertades –garantizadas constitucionalmente- son coaccionadas por los mismos “libertandos”.

Otro grave inconveniente que se produce en el marco geopolítico del contexto latinoamericano de la última década, es la apropiación por parte de agrupaciones partidarias o religiosas, de la lucha de los colectivos sociales de protesta y de inclusión. Es por ello que muchas veces el solo hecho del descrédito político que padecen estas agrupaciones, repele automáticamente al pensador promedio indeciso, que encuentra en dichas representaciones partidarias un sesgo de insensatez y prefiere no arriesgar a quedar vinculado a un grupo de influencia negativa.

Y por último se encuentra el punto de vista a mi juicio más valioso, que es el que tiene que ver con la belleza propia que tiene el idioma castellano y la violencia que reputa la adaptación modernista de pretender un cambio esterilizador de géneros, echando lavandina sobre pilastras de literatura para “purificar” un ideario asexuado.

Centenares de años de la pluma más diversa, acariciando hojas del otoño que viajaban desde nuestra madre patria, con versos que supieron ser los puentes que llegaron hasta América y casi de punta a punta la decoraron con eñes soñadoras y erres que enfatizan, al tiempo que una che nos deja el mote de latinos y el orgullo de saber que contamos con el idioma más hermoso y variopinto.

Y las rosas y las piedras. Y el mayo francés. Los pañuelos y el símbolo de una plaza apropiada por ideologismos. La melancolía que gira alrededor de la rebelión y que perfuma de sangre el arrojo de la convicción ¿es acaso comparable a la oda que lo describe para eternizarlo en el subconsciente del pueblo?

A eso estimado lector se reduce toda esta serie de conceptos. Elegir entre libertad o belleza.

Difícil ¿no? Y Usted ¿qué elige?