Magiotráfico

Iba agazapado entre las sombras. Era casi media noche y hacía calor. Aun así, llevaba una gorra con la visera sobre los ojos y campera cerrada hasta el cuello. Caminaba rápido. Mantenía la mirada baja, salvo para echar vistazos nerviosos alrededor.

La revendedora siempre lo citaba en ese barrio peligroso. Era zona liberada. Tierra de nadie. El mejor lugar para quedar fuera del radar de la policía. Estaba asustado, pero no le importaba, porque necesitaba un poco, aunque sea un poquito. La necesitaba para vivir.

Desde que reglamentaron su uso se había vuelto terriblemente cara. Era injusto. Solo estaba al alcance del que podía darse el lujo de pagarla: los chetos esos que laburaban en Las Vegas, los políticos o los jugadores de fútbol, los demás, tenían que conformarse con trucos baratos.

No tardó en aparecer el magiotráfico,porque “hecha la ley, hecha la trampa”. Los magiotraficantes eran unos desalmados, o como mínimo, unos hipócritas, con los pies anclados en la realidad. Ni siquiera usaban la magia que vendían, pero siempre tenían algún pirado que probara su “calidad”; como la revendedora con la que se acababa de encontrar.

Estaba esperándolo en un terreno abandonado que alguna vez fue una placita de barrio, con juegos llenos de óxido y calesita con caballos de madera rotos y pintura descascarada.

Ella tenía pinta de adivinadora de feria, disfrazada de gitana. Le dio lástima. Seguro que se arriesgaba a ir en cana por unos pocos gramos. Lo justo y necesario para poder laburar, igual que él.

Ella se le acercó con sonrisa seductora y lo abrazó. Él se puso nervioso, le temblaban las manos por la ansiedad. Igual se dejó abrazar mientras deslizaba el pago en el bolsillo de la falda. La falsa gitana hizo lo propio con el paquetito, pero se entretuvo más de le necesario, tocó más de lo que debía. Él vago sintió asco y se le fue la lástima que le había tenido hacía unos instantes.

Se separó y salió veloz por donde vino. Casi corriendo llegó a donde había dejado la camioneta estacionada. Se metió en la parte de atrás y cerró las puertas pintadas con la propaganda de un animador de fiestas infantiles. Ese era su hogar. Nadie le tenía fe, su familia no lo apoyaba, por el contrario, lo habían dejado tirado a su suerte. Algún día iba a dejar de sobrevivir y llegaría al Luna Park ¡o a Las Vegas! “Ya van a ver” se repetía como un mantra una y otra vez.

Buscó su galera, echó sus guantes adentro y sacó el paquetito del bolsillo, las manos le temblaban tanto que casi no podía sostenerlo. La ansiedad lo dominó. Al abrir la bolsitael contenido empezó a irradiar un resplandor azulado. Se relamió ante la expectativa de probarla una vez más. Vertió el contenido en la galera y su interior se iluminó con una suave explosión de purpurina y perfume apolvado. La camioneta se llenó de promesas de poder y asombro ante lo desconocido.

No le importaba que fuera ilegal o que le dijeran que si seguía así iba a terminar mal. Lo único que necesitaba era hacer magia. Sacó los guantes de la galera y se los puso. El interior tibio le calentó hasta el alma. Se llenó de euforia, de alegría. Los problemas desaparecieron. Sintió la magia corriendo por sus venas, el placer de saberse poderoso lo invadió. Se concentró. Formó una burbuja de energía entre sus manos que creció y creció hasta devorarlo y a la vez ofrecerle su único consuelo. Y se dejó llevar…