Terremoto

Fue más que un sobresalto lo que sacudió a los habitantes. Literalmente saltaron por el aire con la intensidad del movimiento que, pasadas apenas las diez de la mañana, dejó incomunicada la región. Junto con la estampida vertical, no sólo se cayeron objetos y las personas fueron empujadas fuera de su eje postural, sino que estallaron vidrios, se produjeron explosiones y se desplomaron sin resistencia las viviendas centenarias.

La alerta naranja había sido activada dos días antes por la continuidad de movimientos superiores a los cinco grados en la escala de Ritcher, que se estaban produciendo a uno y otro lado de la cordillera en todo el cordón andino. No era la única alerta, sino que todo el cinturón del pacífico se había activado en el último mes y se esperaba que un gran movimiento se produjera en alguno de los puntos en los que rozan las placas tectónicas.

La ciudad no sólo está en un pozo, sino que esa cavidad natural completamente urbanizada, se encuentra rodeada por más de quince fallas geológicas, tres de ellas activas y que cada ciertos ciclos, se hacen notar.

Era imposible saber la cantidad de víctimas. Los servicios de asistencia pudieron evaluar rápidamente que había caído la señal de satélite. Se había previsto que ante una situación como esta, la energía eléctrica, el gas y el agua, bloquearían automáticamente el suministro para evitar escapes. Pero la situación era más grave, muchas centrales habían sucumbido con el movimiento y la mayor parte de la red quedaría inhabilitada durante largo tiempo.

Marga Salinas, jefa de operaciones del 911 se encontraba en la base. Se activó la fase previa al protocolo “Cóndor” y aunque no había forma de comunicarse con el resto de los responsables ante el comité de crisis, todos sabían lo que tenían que hacer. El punto de reunión del equipo era en la rotonda de ingreso al Parque. Ella salió en bicicleta, sabía que era la única manera de llegar rápido. A pesar de que el panorama que veía camino al lugar era desolador y caótico, no podía detenerse.

Al llegar, se encontraban ya los responsables de los servicios coordinados de emergencias, la defensa civil, el ejército, la fuerza aérea, y esperaban la llegada del primer mandatario, que nadie sabía si habría podido salir de la Casa de Gobierno antes de que colapsaran los pórticos de la entrada norte y la mampostería del techo en la entrada sur. El jefe de la custodia se comunicó por radio con Marga y le informó que habían logrado salir por el pasillo subterráneo que comunica el tercer subsuelo del palacio Gubernamental con el Memorial y estaban buscando la manera de salir del caos que había en el Parque Cívico. De manera que no esperaron al mandatario para realizar el primer vuelo de diagnóstico en el helicóptero de la policía.

El primer impacto fue ver el Cristo de los cerros destrozado contra el piso. Parte de la estación en el cerro Arco se apreciaba derrumbada por la ladera este. En el cerro de la Gloria los árboles se habían caído y la escultura se veía claramente. El Teatro Griego parecía un abanico trizado. Por suerte el estadio estaba bien. Se ordenó la instalación del Hospital de campaña en el campo.

El puente de acceso a la Costanera y el de la Terminal se habían derrumbado, como así también el que atraviesa el canal a la altura de Mathus Hoyos y el del Cóndor. La ciudad estaba aislada por el este, habría que evacuar por el sur.

La desolación era terrible, apenas unos pocos edificios se veían en pie, gran cantidad de gente agolpada en las plazas y congestión vehicular en los accesos. Había colapsado el puente peatonal de ingreso al Hospital Central y se veían varias camillas que estaban siendo evacuadas a través de las ventanas de los primeros pisos.

Llegó la primera coordenada oficial del Inprés a través de la radio del piloto: 8.3 grados en escala de Mercalli modificada, 9 kilómetros de profundidad, sobre la falla La Cal. El piloto dirigió rápidamente el avistamiento hacia el Dique Potrerillos y se divisó un fractura con pérdida de líquido en la parte baja del muro. Mientras el barro de la parte inferior no se haya movido demasiado, no colapsaría, pero había que preverlo, de manera que las localidades cercanas al lecho del río deberían ser rápidamente evacuadas, antes de que se activara la falla de Barrancas.

-Hay que montar el centro de evacuados en el parque y trasladar las unidades de purificación de agua al lugar -ordenó Marga.

-Sólo el Gobernador puede activar el protocolo Cóndor -contestó el jefe del ejército.

-No me vengas con pelotudeces, Roldán. No podemos aterrizar ahora en el Parque Cívico. Cuando la custodia lo ponga al habla recién sabremos que todavía tenemos gobernador. ¡Estás viendo el caos y no nos podemos quedar en el aire indefinidamente!

El protocolo “Cóndor” implicaba, además, la habilitación en la planicie ubicada entre ruta panamericana y el pedemonte de un terreno para la recepción e identificación de los cuerpos.

-Voy a pedir a los camiones que empiecen a recorrer y evalúen los daños, pero no podemos hacer un solo centro de refugiados y el parque está sobre más fallas activas -argumentó el jefe de defensa civil.

– Es el protocolo. No tenemos por el momento tantos tráilers, ni carpas, ni botellas de agua, ni mochilas. La ayuda va a llegar con la activación de la emergencia ¿Qué hay de los demás en la línea de mando? -preguntó Marga.

-La legislatura está destruida. No me arriesgo a que haya alguno más que el gobernador a salvo -aseguró el piloto.

-Insistamos con la custodia entonces -dijo Marga meneando la cabeza- volvamos al punto cero, hay trabajo que hacer.

El ejército comenzó la recorrida con las unidades apostadas en los regimientos de las afueras de la ciudad. Las noticias llegaron al comité de crisis a las pocas horas. Los efectivos comunicaban la destrucción masiva de edificaciones, numerosas víctimas que se encuentran bajo los escombros y pedían permiso para comenzar la evacuación en veinticuatro horas.

-No podemos contener más de medio millón de personas en el parque, Roldán -dijo Marga.

-¡Mirá a tu alrededor! ¡Están llegando por su propia cuenta! Aunque tengan sus casas en pie, no tienen agua ni comida para más de dos días. Hay que pedirles que abandonen sus viviendas o vamos a tener que lidiar con los saqueos -aseguró el jefe del ejército.

-Los centros de distribución y el banco de alimentos están vallados, pero no es suficiente. Hay que activar el empaque. ¿Apareció el Gobernador? -insistió Marga.

-No y también perdimos contacto con la custodia -respondió el jefe de la policía.

-Bueno, alguien tiene que tomar el mando. O te ponés el chaleco vos o le toca a Roldán -intimó ella.

Marcos Alcaráz tomó la posta, se convirtió en el responsable ante el comité de crisis y activó el bendito protocolo.

Los periodistas y radioficionados estaban actuando como nexo de comunicación entre las autoridades y la población. Se había interceptado la comunicación del canal oficial y la gente había accedido a la información de lo que implicaba el “protocolo Cóndor”. La sorpresa fue la reacción. En las puertas de sus casas se hallaban organizados esperando los vehículos de traslado del ejército, cada uno con sus mochilas ya armadas. Incluso los desesperados habían salido a la calle a pie, camino al parque, con la esperanza de hallar a los familiares que no habían llegado a casa.

La oruga de rescate iba de a tres. Un camión trasladaba a las personas, otro camión incautaba pertenencias necesarias: frazadas, ropa, comida, medicamentos. El tercer camión iba con los primeros auxilios.

Al final del día el parque estaba lleno, el estadio estaba lleno y en el pedemonte comenzaba la procesión de personas con barbijos para identificar cadáveres. Las réplicas de los movimientos telúricos habían sido más de diez y en la provincia vecina el panorama no era mucho mejor. Las localidades de montaña estaban aisladas y ante la amenaza de la ruptura del dique, las zonas altas en cierta medida estaban más seguras, pero los helicópteros no alcanzaban para trasladar refugiados y enviar alimentos. El paso internacional había sido cerrado por la posibilidad de derrumbes y en migraciones de un lado de la cordillera y otro, la gendarmería había montado su propio mecanismo de emergencia, que no iría más allá de las setenta y dos horas. Se esperaba que para entonces, ya la ayuda viniera de la Nación y de otros países.

Rápidamente la situación se convirtió en un tema internacional y la ruta siete pasó a ser aeropuerto de emergencia. La refinería estaba parada por el riesgo de escapes, y la falta de combustible sería un problema más en breve. El nido del cóndor estaba colapsado. El drama, la muerte, las enfermedades, el hambre.

El gobernador había aparecido finalmente a pie en el punto cero y desde un tráiler daba órdenes y dirigía el operativo. Su primera disposición fue trasladar a las familias de los responsables del comité al lugar, para que no estuvieran preocupados y pudieran hacer su trabajo. La segunda fue ratificar el protocolo “Cóndor”. Lo tercero que hizo fue llorar. Después de eso, recordó su función y se subió al helicóptero para recorrer las zonas.

Tres días no eran nada para solucionar algo de todo el desastre.

-No estábamos preparados para semejante cosa -dijo Marga a Roldán, sentada en el pasto y sintiendo el enésimo movimiento de la tierra, que acompañaba los gritos y sollozos de la gente alrededor.

-Nunca se está preparado. Algún día iba a suceder.