INFERNOZA

Alesia Suárez, pasó de ser la experta forense de la cámara del crimen a cazadora de las integrantes de la LBO, como toda Mendoza conocía a la Logia de Brujas del Oeste.  Después de la supuesta muerte de Madame Glen, la hechicera más popular de la ciudad, la Logia había perpetrado una serie de desbaratados episodios para obtener el cuerpo. A las macumbas con animales muertos en las puertas de las comisarías, se sumaban los rituales de quema de velas con fotos de conocidos personajes de la política local en las plazas de la ciudad, la aparición de muñecos vudú en las escuelas y escalofriantes coronas fúnebres atestando los hospitales. Numerosos accidentes de tránsito y peleas callejeras eran provocados por ellas con la intención de obtener rápidamente un cadáver fresco para sus rituales. Las santerías estaban haciendo fortunas con la venta de velas, estampitas, medallas de San Benito y cruces de madera, que competían con las pirámides de cuarzo, sahumerios, ojos de Horus y  toda clase de talismanes en la fiebre por la protección espiritual. Los sacerdotes no daban crédito a la cantidad de feligreses que llegaban a pedir que les bendijeran agua para sus casas y hasta el Palacio de Gobierno había sido sede de una “limpieza” exorcista.

La ciudad era un caos y el cuerpo de Madame Glen no aparecía. Se la había declarado muerta en un confuso incidente en el cuál una explosión terminó con su casa en ruinas. Se encontró un cuerpo calcinado y se presumió que se trataba de la hechicera.

Nada le estaba resultando a la LBO y se habían enojado. Alesia sabía que no había muerto, pues antes de la autopsia del cuerpo calcinado, la misma Glen se le apareció en la oficina forense y le dijo que, en realidad, no conocía el estado al que los humanos llaman “vida”. Además de eso, le aseguró que los cementerios estaban vacíos, puesto que todos los cuerpos son llevados por las entidades que los reclaman después de su muerte y que esas “mojigatas desagradables” habían iniciado una guerra, creyéndose hijas de Lucifer con derecho a expropiar lo que no les pertenece. “¿Con qué sentido tanto desquicio?”, se atrevió a preguntar la médica. “Deben ofrecer mi avatar para poder entrar al alto astral y adorar de cuerpo presente al que consideran su rey y protector. Si fueran brujas de verdad sabrían que eso no es posible”, fue la respuesta de la hechicera.

Madame Glen se estaba encargando de evitar la profanación de tumbas que hacía la LBO y que atentaba contra el Alto Orden Original ya establecido. “Cuerpo y alma deben regresar al sitio del cuál salieron”, había sentenciado Glen. Alesia se había convertido en una cómplice de la hechicera, custodiando la morgue judicial del espanto que hacían las brujas, al introducir todo tipo de elementos en las entrañas putrefactas de los cadáveres y conservando alguna de sus partes para ofrecerlas en los rituales que anclaban sus almas, manteniéndolas en el martirio de trabajar para ellas y sus espurias maquinaciones. La LBO era básicamente un grupo que comandaba espíritus oprimidos que no querían reiniciarse, de brujas tenían bastante poco, eran terroristas espirituales.

Al encubrir a Madame Glen, Alesia pasó a ser el objetivo central de la LBO, que pensaba que era ella quien ocultaba los cadáveres. La ausencia de occisos estaba generando una rebelión entre los espíritus comandados por la Logia y las cosas se les estaban saliendo de control. Madame Glen estaba logrando su cometido, mientras las integrantes de la Logia eran cada vez menos, gracias a la acción conjunta con la forense, quien las iba eliminando con el Cristal de Luna, un arma que ella misma le había ayudado a desarrollar. En un asombroso mecanismo de persecución y ataque por los aires,  Alesia estaba diezmando a la LBO con fuegos artificiales que las convertía en popcorn, pasando rápidamente a ser alimento de las aves nocturnas.

Podía entenderse que Madame Glen hubiera tomado como algo personal la acción de la LBO, pero Alesia, que se consideraba una simple mortal, desconocía de dónde provenía ese don que se despertó al conocer a la hechicera y mucho más aún, por qué la había elegido a ella, si es que había algo más que el trabajo que desarrollaba con la unidad forense. Cuando le preguntó sobre eso, Glen respondió: “Tu nombre es Bruxalut, y te concierne la más alta alcurnia de la Casa de Hades, tu procedencia es la Fortaleza del averno. Las puertas han sido abiertas.”

Confundida, Alesia recordó los libros que había leído a escondidas de pequeña, en donde las verdaderas hechiceras, magas, hadas, brujas o cómo se llamen, tenían  intimidad con Satanás para obtener sus poderes, encarnar demonios y someter espíritus. Si ella era la heredera del infierno…, sólo había una pregunta por hacer. “Él es… ¿mi padre?”

Madame Glen sonrió y dijo: “¿Padre? ¿Quién necesita un padre? Satanás soy yo”.