“¡Tancredi, espera!”

Diputades 2

—Estás loco, hijo mío. ¡Ir a mezclarte con esa gente! Son todos unos hampones y unos tramposos. Un Falconeri debe estar a nuestro lado, por el rey.
Los ojos volvieron a sonreír.
—Por el rey, es verdad, pero ¿por qué rey?
El muchacho tuvo uno de sus accesos de seriedad que lo hacían impenetrable y querido.
—Si allí no estamos también nosotros — añadió —, esos te endilgan la república. Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?
Un poco conmovido abrazó a su tío.
—Hasta pronto — dijo —. Volveré con la tricolor.
La retórica de los amigos había descolorido también un poco a su sobrino. Pero no, en aquella voz nasal había un acento que desmentía el énfasis. ¡Qué chico! Las tonterías y al mismo tiempo la negación de las tonterías. ¡Y Paolo que, en aquel momento, estaba seguro, hallábase vigilando la digestión de «Guiscardo»! Este era su verdadero hijo. El príncipe se levantó apresuradamente, se quitó la toalla del cuello y hurgó en un cajoncito.
—¡Tancredi, Tancredi, espera!
Echó a correr detrás del sobrino, le puso en el bolsillo un cartucho de onzas de oro y le apretó el hombro. El muchacho reía.
—Ahora ayudas a la revolución. Pero gracias, tiazo, hasta pronto, y besos a la tía.
Y echó a correr escaleras abajo.

Este fragmento de El Gatopardo se hizo universalmente famoso, e incluso acuñó el término “gatopardismo” al concepto de cambiar todo para que nada cambie. Y es tan poderosa esta sentencia que a pesar de que ahí está la novela, e incluso lleva un término acuñado, volvemos a caer en esa pueril estrategia.

Yo pienso que el problema es que en la novela de Tomasi de Lampedusa la frase está planteada como una estrategia a seguir, y que en la actualidad la mayoría de las veces son las propias víctimas del plan quienes lo fogonean y lo impulsan.

El cambio inicial es siempre imperceptible. Siempre. Un día cambié y no me di cuenta. Incluso la mayoría de veces es ajeno a nosotros: un accidente, un suceso inesperado, y en nuestra vida se produce un cambio, algo que ya no tiene vuelta atrás. Para que ese cambio fluya es muy importante que no le condicionemos el camino, que no le digamos hacia dónde tiene que ir, porque sin pensarlo estamos controlando el cambio, lo estamos conduciendo para que no nos incomode. Pero el cambio siempre incomoda, incluso a veces hasta nos lleva a situaciones más complejas. Aunque lo invalorablemente bueno de cambiar es que la mente por sí misma es difícil que lo haga. La mente siempre busca lo conocido, lo estable, lo seguro. Una de las maneras que tiene la vida para que pasen cosas nuevas es que nos ocurra algo, que nos crucemos con algo fuera de nuestro control.

En los últimos siglos, en los años de las comunicaciones nos la pasamos diciendo cómo deben ser los cambios. Hacia dónde deben dirigirse. Lejos de una revolución, es una tremenda batalla para no perder nuestros sueños, para no abandonar la idea de un mundo mejor que teníamos. Pretendemos “conducir” los cambios a la “manera correcta” en que se deberían dar. No está mal luchar por intentar conducir un cambio. Una sociedad se puede dirigir hacia el consumismo, o al comunismo, o a la idea que me parezca, y uno debe luchar para que eso no suceda, si realmente lo cree negativo para sus valores.

El lugar de la mujer en la sociedad es un cambio imparable. Ya no tiene vuelta atrás, gracias a Dios. La mujer estalló en un movimiento llamado feminismo y se hizo sentir, se hizo valer, sacudió viejos estamentos petrificados que había en la cultura y “algo” comenzó a cambiar. Lo mismo que una semilla que crece, el cambio real necesita echar raíces, crecer nutriéndose de buen alimento, de agua fresca, y poco a poco irá ganando altura. ¿Hasta dónde? No lo sabemos. ¿Dará fruto? No lo sabemos. ¿Tendrá flores? No lo sabemos. Es muy bueno fertilizar la planta, regarla y cuidarla para que crezca alta con flores y de fruto. Lo que no funciona es ponerle flores, colgarle frutos, o colocarla en una maceta y subirla a un techo para que esté bien alta. Por más que le cuelgue mandarinas, el limonero dará limones, si es que da. Eso no puede forzarse. Si le pongo flores, aunque sean jazmines, se van a secar al poco tiempo porque el limonero no da jazmines. El limonero es un árbol de características precisas, que da unas florcitas pequeñas que luego mueren para dar lugar a los futuros limones, frutos que tal vez no sean dulces, pero son sanos y buenos, imprescindibles, con miles de propiedades. Pero no son mandarinas.

En mi familia dos tías abuelas mías escribían y vivían inmersas en el mundo de la literatura. Éramos chicos cuando mi abuelo que era muy gracioso hablaba de los “tipes” con toda su seriedad y generaba tremendas carcajadas. Mis tías abuelas habían tenido la misma ocurrencia de cambiar el género de las palabras y usar la E, entre muchas de otras ocurrencias siempre muy graciosas. La ocurrencia era muy borgiana, era tan caprichosa como aquella clasificación de los animales que hacía Borges (“los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, c] amaestrados, d] lechones, e] sirenas, f] fabulosos, g] perros sueltos, h] incluidos en esta clasificación, i] que se agitan como locos, j] innumerables, k] dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l] etcétera, m] que acaban de romper el jarrón, n] que de lejos parecen moscas“) y, como todo lo exagerado y burdo, un día dejó de hacer reír y se terminó.

Esta estupidez de hablar con E son jazmines en el limonero. Pero no sería importante si no fuese que va en detrimento del mismo limonero. Si le ponen jazmines al limonero es porque no quieren limones sino jazmines, mandarinas, eucaliptus, cualquier otra cosa menos un limonero. Si existiese una verdadera necesidad de hablar con E, ya habría núcleos o grupos haciéndolo. Las flores definen la planta. Si intentamos forzar la flor terminamos ridiculizando todo el árbol completo. Leer estos días a una doctora en Letras hablando de que hay una necesidad insatisfecha por intentar igualar el sexo de las palabras, y que la RAE se explaye en este sentido ni siquiera es triste, es un final anunciado. Es forzar hacia dónde quiero que vaya el cambio. Nadie siente la necesidad de hablar con E, y hacerlo causa risa, como esta chica que hablaba de “les diputades”. No hay que banalizar algo importante como es el lugar de la mujer en la sociedad.

Cuando los cambios empiezan por el maquillaje, no llegan al fondo. Y hay gente interesada en que las cosas no cambien, y también andan por ahí poniendo cartuchos de onzas de oro en los bolsillos de los revolucionarios para que repitan la máxima de Tancredi: “Se queremes que tode sigue come esté, es precise que tode cambie. ¿Me explique?”