¡Ponete la camiseta, papá!

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El guardia de seguridad del Congreso le entregó la nota, escrita a mano, al secretario privado del senador Magallanes, jefe de bloque. Cuando el senador recibió y leyó el papel, se quedó pálido sin saber qué decir.

—¿Dónde está?

—En las escalinatas, y amenaza con encadenarse y hacer huelga de hambre si no lo reciben —responde el asesor.

—¿Qué pasa? —pregunta la senadora Lucía Bustos.

—Hay un pibe que dice que quiere que incluyamos en la ley un artículo que permita a los padres también decidir sobre la interrupción de un embarazo  —responde Magallanes.

—¿¡Me estás jodiendo!? —exclama con una mueca de incredulidad en el rostro la soberbia Daniela Ginés.

—Si querés, lo dejamos ahí y vemos qué pasa… —sugiere el secretario.

—¡Dale! Y  que vengan los medios para hacer de esa pelotudez un circo —dice con ironía Bustos.

—Mandalo al guardia a que lo saquen… ¿No están para eso? —sugiere Ginés.

—Si lo sacan, se va a encadenar en la plaza, o en donde sea…  —reflexiona Magallanes.

—Lo mandaron los probióticos. El flaco ese está pagado. ¡Es una operación! —acota el senador Méndez.

—La nota dice que su chica está embarazada y espera la ley para abortar y él no quiere. ¿En serio creés que es una opereta? —alega Magallanes.

—¡Más vale, Lucho! La semana que viene te van a decir que tu hija está embarazada. No podemos dejarnos presionar ni distraernos con cuestiones menores… —insiste Méndez.

—Pará, él no está en contra de la ley, pide que incluyamos  un artículo para que los padres también tengan que dar el consentimiento —explica Magallanes.

—Delirante… —murmura Lucía Bustos.

—Intentamos legislar sobre lo general, los casos particulares que los atienda la justicia… — acota el senador Gálvez— ¿Cómo se llama?

—Danilo Gancedi, firma y pone el D.N.I. —responde el secretario.

—Chequealo, cabezón —ordena Magallanes.

—Ya lo hice. Es de Entre Ríos, estudia Ingeniería en la UBA. No parece que tenga novia, en realidad no dice nada de eso en su facebook, ni en twitter, es el de la foto y tiene varios posteos en Instagram con imágenes en las marchas de pañuelos verdes…

—Bueno, andá y hablá con él, que te cuente el caso. No lo dejes pasar pero asegurate de que no haga quilombo… —finaliza el jefe de bloque.

Danilo se estaba metiendo en el lío del año. Hacía una semana que Laura no le contestaba el teléfono. Habían discutido en la pensión cuando ella se descompuso y fue al baño a vomitar,  después de haber vuelto ambos de la marcha. La presionó para saber qué le pasaba, ella al final se lo había dicho, y también que lo iba abortar. Se habían cuidado, en realidad no se explicaban como había pasado, pero él le dijo que se iba a hacer cargo, que no era necesario interrumpir el embarazo. Laura salió enojada de la pensión con un portazo y desde entonces no sabía más nada. Había gastado en vano los recursos para intentar comunicarse, pero ella lo había bloqueado de todos lados. No sabía mucho más que el hecho de que era de Lanús, se habían conocido en unas fiestas de amigos en común y al tiempo terminaron acostándose, a veces. “La pasamos bien”, era la forma en la que definían la relación.

Mientras esperaba en el Congreso que alguien lo atendiera, le llamó a un par de amigos para preguntarles por ella, pero nadie la había visto desde el día de la marcha.

—¿Pasó algo, máster? —le preguntó Ariel, uno de los compañeros de la facultad.

—No todavía, pero va a haber bardo, seguro. Está embarazada.

—¿Y es tuyo?

—¡Más vale!

—Perdoname que me meta, ¿no…? Pero lo de ustedes no es serio…, salieron un par de veces, Dani… Fijate.

Él meneó la cabeza y se despidió de Ariel pidiendo que si sabía algo de Laura, le avisara. Ya estaba perdiendo las esperanzas cuando sale el secretario del senador Magallanes y le empieza a hacer preguntas.

—Perdoná que te pregunte, pero tenemos que asegurarnos de que…

—Que no soy un trucho. No…, papá, me van a abortar el pibe, o la piba, y no quiero, ¿entendés? ¿Me van a dar bola o voy a tener que ir a un juez para que les pare la sesión?

El secretario carraspea la garganta.

—Vení conmigo y me contás bien –dice haciéndole una seña al guardia para que le tome los datos y le extienda una credencial de ingreso.

Se encaminan a hacia las oficinas y mientras avanzan por el pasillo le pregunta por la chica.

—Mirá, está todo bien con ella, no es mi novia, pero tampoco es un hueso…, ¿me entendés? Nunca pensamos en algo serio, pero ya está y no quiero que aborte, nada más —responde Danilo.

—¿Y estás seguro de que es tuyo? —pregunta el funcionario.

—¿Otro más? ¿Por qué piensan que se anda acostando con diez flacos? Sí, capo, es mío.

—Lo que pasa, Danilo, es que lo que vos proponés, implicaría que tenés derecho sobre el tema, si no sos el padre…, no tiene sentido la quijotada, hermano… Es más, podés quedar como el pelotudo más grande del país… ¿Estás seguro de lo que hacés?

Danilo duda, suspira y finalmente dice:

—Ponele que sí, al menos eso es lo que ella me dijo cuando le pregunté, y además creo que es cierto, estuvimos juntos varias veces, estaba todo bien pero nunca pensamos…

Entraron a la oficina contigua a la sala de reuniones del bloque.

—¿Querés tomar algo?

—No, gracias, vine para que me atiendan los senadores.

—Esperame acá. ¿Cómo se llama la chica?

—Laura Giménez, pero no se metan con ella, no sabe que estoy acá y hace una semana que no me habla.

—¿De dónde es?

—De Lanús, pero no se metan con ella… —insiste.

—Danilo, acá se hace política, y si se arma quilombo, tengo que saber quién es el intendente que va a meter presión y a qué senadores les van a apuntar, ¿entendés?

—Yo soy de Entre Ríos.

—Ya lo sabemos, de todas maneras el acento provinciano te delata. Bancá acá, ya vuelvo —le pide el funcionario.

Al quedarse solo en la oficina, chequea el celular y le había llegado un mensaje de Marianella, una de las amigas de Laura: “No jodas, Dani. Ya fue. Olvidate”. Él marca el número y empieza a conversar con ella.

—¡Decime que no hizo nada!

—Dani, no te importa, ya está. Ni te lo iba a decir, pero insististe. Creíamos que pensabas como nosotras.

—¡Pero es que pienso como ustedes! No es que ahora estoy en contra, pero es mi pibe también y Laura no tiene necesidad de abortar, yo me hago cargo ¡mierda!

—Te paso con Laura —dice Marianella.

—¡Laura, por Dios! ¿Por qué no me hablás?

—Acabo de agarrar el teléfono, Dani. No hagas un drama de esto, en menos de un mes sale la ley y ya está…

—Pero Laura, te dije que me hago cargo, ¿para qué vas a abortar?

—Porque no es tu cuerpo, Dani. Y aparte… ¿hacerte cargo de qué? Vivís en una pensión, sos un provinciano que anda con lo justo para ir y volver a la facultad, tenés la obra social de tus viejos, andás en micro y no tenés idea lo que es laburar…

—Ni que vos vivieras en Pilar… No es tan complicado, Laura.

—¿Ah, no? ¿Me voy a mudar a la pensión con vos? ¿Le digo a mis viejos que te hagan un lugar en el sofá? ¿Querés que en vez de empezar el segundo año de la facultad tenga que salir a trabajar de mucama para comprar pañales?  Dejá de delirar…, Dani. ¿Y si fuera de Pilar, qué? Nada que ver lo que decís.

—Mirá Lau, estoy en el Congreso, amenacé con encadenarme a las vallas y empezar una huelga de hambre si no me reciben los senadores.

—¡Ahhh, estás más loco de lo que pensaba! Dejá de hacer papelones y andá a la pensión que la semana que viene tenés parciales.

—No me pienso ir, Laura. Esa ley no está bien si deciden sólo las mujeres, los padres también tenemos derecho…

—¡Los padres! —exclamó Laura riéndose, del otro lado del teléfono—. ¿Padres de quién? ¿Te creíste que vas a ser papá? Bajá el delirio de ponerle la camiseta y llevarlo a la cancha, que el mundial termina la semana que viene y el gusano no mide ni un centímetro… Chau Dani, y ni me nombres, por favor…

—Ya lo hice, tenían que saber que esto es cierto, para atenderme… —dice él con cara de emoticón que metió la pata.

—Escuchame una cosa, “papito” —dice Laura con sarcasmo—, ¡tengo derecho a la intimidad!, ¿sabés? Más te vale que mi nombre y mi situación no la sepa nadie, porque si se enteran voy a pasar a la historia como la primera que hizo uso de la ley…  —amenazó antes de cortar la llamada.

Entra a la oficina nuevamente el asesor de Magallanes y le hace seña a Danilo para que salga con él. Lo acompaña a una sala y cuando entra, se encuentra con varias decenas de legisladores que lo miran como bicho raro. Él se arregla el buzo y se pasa la mano por el pelo.

—Permiso…, buenas… tardes… —dice un poco temeroso, mirándole la cara a cada uno y haciendo muecas con un par de cabeceos, en el intento  de crear un poco de empatía o cortar el ambiente que le resultó más tenso de lo que imaginaba.

El grupo se sorprende al ver a un chico de escasos veinte años, estatura mediana, gringuito desgarbado y medio pálido, pelilargo que de no ser por el pantalón de gabardina  gastado y el buzo un tanto desteñido, podría pasar por chetito de Barrio Norte.

—Ya les conté todo, ahora tenés que decirles lo que venías a decirles vos —explica el asesor.

—Bueno…, la verdad es que… mi novia, ¡bah…! no es mi novia… —dice Danilo un poco nervioso ante la mirada de varios senadores que con las cejas levantadas por encima de los anteojos lo observaban con desconfianza—, pero bueno, está embarazada y yo me quiero hacer cargo del pibe y ella…, ella lo quiere…

—¡ABORTAR! —dice en voz alta la senadora Bustos para que retumbara en el salón.

—Sí, eso —dice él un poco intimidado pero sin bajarle la mirada a la legisladora.

—Lógico, yo también querría hacerlo en su lugar —murmura otra, con sarcasmo, sacándole algunas risas cómplices a varios.

—Mire, todo bien —comienza a decir Danilo con un juego de manos que evidenciaba su inquietud—,  si yo quisiera borrarme o no me importara, ya está. Pero resulta que me importa, no quiero que lo aborte —dice frunciendo los labios y con los hombros en alto, como queriendo expresar que está en una situación crítica.

—¿Y vos pensás que nosotros lo podemos impedir? —pregunta con cinismo Lucía Bustos.

—Mirá nene, si ella quiere abortar, lo va a hacer —dice la senadora Ginés, antes de que el joven pudiera responder—. Si tanto te importa la chica, ¿no deberías pensar que lo mejor para ella es que lo haga un profesional y no un médico trucho o una enfermera de medio pelo? —le pregunta.

—Le respondo primero a ella —dice señalando a la senadora Bustos—. Ustedes no pueden impedir nada como tampoco están obligando a nadie…

—Exacto —acota Bustos.

—Pero me pueden ayudar a que yo pueda impedirlo —continúa Danilo—. En cuanto a que de todas maneras lo va a hacer —dice dirigiéndose ahora a la senadora Ginés—, no lo creo, no tiene plata para eso.

—Ya la va a conseguir… —murmura Bustos.

—Ella cuenta con la ley —sigue argumentando él—, hace una semana yo ni sabía que estaba embarazada y hasta íbamos a las marchas juntos. No mal interpreten… —dice ya con un poco más de seguridad en su postura y mirando a la cara a los senadores que todavía no lo habían increpado—, tiene que haber una ley, respeto a las que quieren hacerlo porque no les queda otra o no quieren, pero yo quiero poder decidir también sobre el hijo que voy a tener, o no, con Laura…

—¿Y qué podemos hacer por vos? —pregunta Magallanes.

—Que nos pregunten a los padres también si queremos abortar.

—Pibe, la mayoría de las chicas no sabe quién es el padre, o el padre las sacó de puntitas con el tema, o hasta les dio la dirección del consultorio trucho y la plata para solucionar el tema… —argumenta Ginés.

—Bueno eso es otro caso pero, si hay padre, que él también diga que lo quiere abortar y si no quiere, no hay aborto. ¿Se entiende?

—Estás proponiendo incluir un artículo en la ley, que exija contar con el consentimiento del padre, si hay padre… ¿entiendo bien? —pregunta el senador Gálvez.

—Si eso se puede, sí.

—¿Y si no se puede? —insiste Lucía Bustos.

—Ya les dije, me encadeno en la valla con un cartel y hago huelga de hambre.

—No podemos asegurarte nada —dice Magallanes—. La ley vino de diputados con modificaciones, si le hacemos nuevas, vuelve a diputados… No se termina más esto. Y aunque aprueben lo que pedís, eso no garantiza que puedas impedir el aborto de Laura, Danilo… Es una locura.

—Me conformo con que ustedes lo planteen, no sé cómo se hacen estas cosas, por eso se me ocurrió esto, para que me escuchen.

—Sabés que lo que proponés es raro, no sé si los padres estén interesados en esa burocracia… —dice un poco dudoso Gálvez, rascándose la cabeza.

—Bueno, ya te escuchamos, gracias por tu aporte, vamos a discutirlo. Esperamos que se solucione tu tema —dice Magallanes, haciéndole una seña a su secretario para que saque al muchacho de la sala.

 

Danilo salió del Congreso con sabor amargo. Sabía que lo habían escuchado por compromiso, intuía que estaba solo y también sentía que se tenía que jugar por lo que pensaba.

Llamó a su mamá a Entre Ríos y le dijo lo que estaba pasando y lo que pensaba hacer, para que no se sorprendiera cuando viera las noticias. “No pensés mal de Laura, vieja, es buena piba, sólo está asustada…”. La madre escuchaba un poco quejosa del otro lado del teléfono: “Pero un poco de razón tiene, Danilo. Son dos pibes, no tienen idea de nada…”.  “Nos vamos a arreglar, vieja, vos tranca”, dijo él antes de terminar la llamada.

Al día siguiente, en una mañana soleada pero con viento helado del sur, él llegó a la Plaza de los dos Congresos con un mate en la mano, y un cartel escrito por la delantera y la espalda, con dos tiras que lo sostenían por los hombros. El cartel, por adelante y por atrás, en color naranja, tenía escrito con marcador negro: “Yo también quiero decidir. En huelga de hambre por mi derecho.”

La gente pasaba y lo miraba de reojo mientras él, cada varias horas, se acercaba al bar de la esquina a pedir agua caliente para el termo y seguir tomando mate en la plaza, mientras iba y venía por la vereda frente a la Casa de Leyes de la Nación. Algunos de los que pasaban por la avenida Entre Ríos, (que curiosa coincidencia), le tocaban bocina, otros le agitaban pañuelos, y algunos también lo insultaban.

Ya hacia el mediodía, varios habían sacado fotos y las habían subido a las redes. Danilo era trending topic en Twitter y empezaron a llegar un par de periodistas a hacerle notas. Él les decía a todos lo mismo que les había dicho a los senadores: “No estoy en contra de la ley, sólo quiero que los padres también podamos decidir. Si lo hicimos de a dos, que de a dos lo deshagamos, o no…  Si no, no me hablen de igualdad, loco.”

En una semana se convirtió en figura nacional y ya había campañas a favor y en contra de Danilo. El senador Magallanes en su paseo por los medios había expuesto la situación y aseguraba que estaban trabajando para lograr un consenso en lo que el muchacho pedía. Varias empresas le ofrecían trabajo al huelguista, dos clínicas privadas habían ofrecido internación y maternidad sin cargo para ella. “Me viene bien todo eso, como a cualquiera, pero no es un tema de plata esto”,  había declarado Danilo a las cámaras. Los medios hacían guardia las veinticuatro horas y metían móviles en vivo a cualquier hora del día, en casi todos los programas. Entre los que estaban en contra, se había impuesto el tema del aborto masculino en la agenda: “Si ellas pueden abortar, nosotros queremos poder renunciar a la paternidad sin que después de las catorce semanas alguien nos obligue a dar manutención y apellido”, expresaba un grupo de muchachos, emulando la propuesta sueca. Danilo un día casi se agarra a trompadas con un pibe delante de las cámaras cuando le dijo: “Dejate de joder, loco, si la mina no quiere un hijo tuyo, no se merece nada, mandala a cagar…”

Mientras Laura miraba atónita la televisión, no tardó en filtrarse su nombre y, rápidamente, apareció la campaña “#NoSeasLaura“, ante lo cual Danilo se molestó, “no apoyo ese hashtag, Laura es una piba genial y esto no es joda, hay que ponerse en los zapatos de los dos y, posta, que no se los deseo”, dijo a los medios. Las cosas se estaban pasando de la raya a la semana de la huelga de hambre y llegó a la plaza Marianella  con una cara de viento huracanado que asustó a Danilo.

—Te dijo que no la nombraras —dice enojada, señalándolo con el dedo.

—¡Pero no fui yo!

—Está muy enojada, te va a venir a hacer la contrahuelga, sabelo.

—¿Qué?

—Sí, la provocaste, se va a instalar al lado tuyo, también en huelga de hambre, para que dejes de joder.

—No puede hacer huelga de hambre si está embarazada —le contesta Danilo.

—¿Ah no, querés ver? —amenaza Marianella para sacarle en la cara el dedo del medio levantado y darse la media vuelta.

El día que Laura llegó a la plaza, traía un cartel que decía: “#SoyLaura ¿y qué?” Todos se habían imaginado a la chica como una esbelta mujer de pelo recortado y mirada desafiante. Nada más lejano a la presencia de una femenina pelirroja de ojos pardos y pecas, vestida con unos jeans gastados y una camisa larga desprendida, arriba de una polera blanca. Parecía frágil, pero en verdad no lo era. Danilo, al verla, no podía creer que lo hiciera. Le sonrió meneando la cabeza y ella le agitó la mano con el pañuelo verde para saludarlo. No hablaron, pero se miraban de a ratos. “Si ese pendejo nace, va a ser el bebé más famoso del país”, le había dicho Ariel. “Dani, ella no puede dar marcha atrás ahora, si tiene al bebé, él y todos, de por vida, van a saber que su mamá lo quería abortar, me parece que se te fue de las manos esto”, le había dicho otro amigo. Un conductor de televisión afirmaba que era política y que uno de los jóvenes, o los dos, iba a terminar siendo candidato en alguna lista para las próximas elecciones, poniendo incluso cierto manto de sospecha sobre la existencia del embarazo. Danilo no respondía, deambulada por la plaza, callado la mayor parte del tiempo. Caminaba de punta a punta varias veces al día, con las manos en los bolsillos, levantando y bajando la cabeza, imitando el movimiento pendular en el que todo iba y venía. No era un machista, eso lo tenía claro, pero…, ¿cómo explicar lo que le pasaba? A veces se sentía confundido, como intruso en una lucha que no tenía que ver con él, mirando a las chicas con pañuelos verdes que rodeaban a Laura, y entre las que él mismo había estado semanas atrás, tiradas sobre el pasto de la plaza, todas lindas, compañeras, sabiéndose parte de una manada inquebrantable, con una fuerza que les saldría de los ovarios, o del útero, o de la impotencia reprimida. Del otro lado, la misma realidad, con otra mirada. Una vida, dos vidas, mil vidas. Ellas, las otras, aquellas, todas. Quién sabe qué las mueve en verdad, pero se mueven, y que son más fuertes, lo son. Por momentos las envidiaba. Los hombres no somos capaces de unirnos así en una causa común, pensaba. Cuando alguien que pasaba le palmeaba la espalda o le hacía señas desde algún auto o el colectivo, volvía a su centro, a lo que lo había impulsado a hacer lo que muchos consideraban una sátira bizarra, casi como una película de Almodóvar, el mundo del revés.

A los pocos días, la plaza era un gentío que, apoyando a una y a otro, se mantenía sorprendentemente pacífico, como en el intento más cercano de que el verde esperanza y el celeste cielo dejaran de ser irreconciliables. Pero había una chica embarazada haciendo huelga de hambre, de manera que las autoridades instalaron un tráiler médico para controlarla y de paso, también a Danilo, que ya llevaba diez días a agua y mate. También instalaron baños públicos y les armaron carpas para que no estuvieran a la intemperie cuando la temperatura bajaba. Hasta una pantalla gigante, auspiciada por una reconocida marca de preservativos, se había colocado para transmitir los partidos del mundial, con una pancarta que decía “Ponete la camiseta, campeón”.

Aparecieron los letrados más mediáticos del país en la plaza a ofrecerles los servicios a ambos. “Si no sale la ley, no hay discusión, pero si sale con la única voz de la madre para decidir la interrupción del embarazo, el padre podría interponer un recurso ante la justicia”, dijo el abogado a los medios, haciendo referencia al caso uruguayo. Del otro lado, la abogada explicaba que “Es algo que resulta impensable, porque esta lucha nace desde el otro ángulo, es decir, muchas mujeres se han visto violentadas ante un embarazo que el hombre se negaba a asumir y en la soledad y el abandono, han optado por una decisión drástica hasta el punto de poner en peligro su propia vida. Es un tema que da para discutir ad infinitum, hay que ser razonables”.

La cosa se desmadró una noche cuando un panelista en un programa de televisión dijo: “¿No hay un solo juez de la Nación que pare esta locura, o están esperando que la chica se descompense delante de las cámaras?”

Fue suficiente para que uno se atreviera y ordenara trasladar a Laura a un centro médico con una orden en la que argumentaba que lo hacía “por la salud de la gestante y en resguardo del mejor interés del niño por nacer”.

Los simpatizantes de Laura empezaron a corear: “No se va, y Laura no se va. No se va, Laura no se va.” Danilo suspiró, tenía que hacer algo. Se quitó el cartel, tomó una botella de agua y una manzana que tenía uno de sus amigos en una bolsa. Cuando caminó decidido hacia donde estaba Laura, las cámaras empezaron a seguirlo a pesar de que él les hizo señas para que no lo hicieran. Se acercó a ella, que permanecía con sus compañeras custodiándole las espaldas y los costados. Con los ojos húmedos, observó las pecas en el rostro que se le había puesto amarillento, y las manos que le temblaban de frío.

—Tenés que comer, Lau —le dice extendiéndole la manzana con una mano y la frazada que tenía en la espalda, con la otra.

En el reducido espacio que les habían dejado para estar frente a frente, se hizo un silencio. Ella lo miró, se mordió los labios y tragó saliva. Acepta la frazada para cubrirse, agarra la manzana con la mano en la que tenía anudado el pañuelo verde y le contesta:

—Sólo un poco, hasta que todo se termine, pero no te vas a salir con la tuya.

Y mientras Laura mordía la manzana, siguieron los cánticos: “No se va, Laura no se va…”

Cuando parecía que estaba a punto de concluir la huelga de hambre también de Danilo, ya entrada la medianoche, llega la policía a la plaza para disuadir a la multitud a retirarse y trasladar a Laura para cumplir la orden del juez. Comienzan los empujones y ella se encoje, quedando protegida bajo el torso de Danilo. Los gases generan corridas y pedradas. Ella tose y él intenta sacarla de la humareda a los gritos: “¡Cuidado con Laura, cuidado con Laura!”

Una avalancha de gente los separa sin querer y él sigue gritando: “¡Cuidado con Laura!” Trata de cabecear entre el humo para no perderla de vista mientras se alejaba, en el descontrol, su grito:

“¡¡¡Lauraaaaaaa… Lauraaaa… Laaaaau!!!