La verdadera libertad

De adolescente, cuando me hablaban de anarquía, me imaginaba a un punk desgarbado y mugriento, con una cresta cónica teñida de rojo, rapado a los costados con el cuero cabelludo repleto de escrachos, expansores en las orejas, piercings oxidados en la cara, tomando vino con nafta, vestido de cuero y tachas, pintando la “A” en las paredes e insultando a la policía. Personajes del under cuyo único fin era explotarse la vida en recitales matados, haciendo pogo, mosh y slam junto algunos faloperos de igual calibre. De dientes amarillentos y pieles laceradas de tanto picarse y hurgarse, en fin… una cuestión estrictamente ligada a un personaje border, a la vera de la legalidad, bárbaro y primitivo.

Hoy, un tanto más adulto y un poco menos exagerado, tengo una percepción absolutamente diferente sobre el anarquismo, hoy creo que es el estadio evolutivo máximo de la humanidad, la libertad en su más pura y máxima expresión, la verdadera libertad o su concepto hecho realidad, la realización completa ética y moral de los seres humanos, pero es tan extremo el concepto, que supera ampliamente lo posible, o sea… es utópico. Imposible.

Resumiendo, el concepto de una sociedad “sin Dios, ni amo”, traducido en un sistema sin Estado, sin religión, sin patria ni límites territoriales, donde el hombre funcione de manera armónica porqué sí, haciendo lo que hay que hacer, bajo la razón y la justicia genética, propia del hombre, sin nadie que controle o ponga límites, me parece la forma de vida perfecta. Pero… soy consciente que para llegar a interpretar lo que está bien y lo que está mal, fui formado por un núcleo familiar, sumido en una sociedad enmarcada en el Estado y la religión. Entonces… he ahí la condición de utopía. Además que el sistema anárquico hace aguas en sus variantes, cosa que sería motivo de estudio y de otra nota, que no hace referencia al punto al que pretendo llegar.

Entonces, no obstante, cualquier indicio social que se arrime a esa condición utópica será de mi agrado. Es por ello que siempre (o momentáneamente en esta etapa de mi vida) voy a estar a favor de cualquier acción que otorgue derechos personales a los ciudadanos, que les de la potestad de hacer y deshacer con su cuerpo y su vida lo que se le antoje, que no tengan que andar escondiéndose o manejándose ilegalmente para gozar de una decisión. Porque me genera la sensación que de a poco se puede ir arrimando a esta situación anárquica y utópica.

Pero, así también, si un estado otorga libertades personales al pueblo, la responsabilidad educativa es mayor, tanto por parte de las instituciones como de las familias. Tenemos que hacernos cargo de lo que nos toca y si queremos ciudadanos que gocen de derechos, tenemos que educarlos también en sus obligaciones y límites. La educación se debe extrapolar a todos los ámbitos y tienen que pasar a ser tema de charla social cada uno de los derechos adquiridos. Porque mi concepción de tendencia evolutiva está ligada a la elección personal sobre qué hacer y qué no hacer, sin el condicionamiento de un Estado o un dogma que me encuadre.

Y a modo de conclusión (como para darle un cierre a tanta idea desparramada por el simple hecho de que se me pegan los huevos hacerlo) practicar un aborto me parece aberrante, lo considero un asesinato injusto y cruel, un acto despiadado, me chupa el culo si un doctor en medicina atómica me dice si es o no “vida”, para mi es vida y punto, por ende jamás lo haría ni recomendaría a ninguna mujer que lo haga, pero estoy completamente a favor de una ley que ampare su práctica legal, segura y gratuita, por el simple hecho de quién bajo su libre albedrío decidió hacerlo, no tenga que esconderse, infringir la ley o arriesgarse a perder su vida en algo que igualmente hará, legal o no.