MEMORIAS DE TIRAMISÚ III: El semidiós

Arianna es amiga de Marilú, trabajan juntas y conoce a Lisandro. También conoce a Benicio, Ariel, Dante y Valentín. En ese orden, y hacia atrás. Muchos o pocos, son los que podrían entrar en la categoría de esos que no se olvidan así nomás y suelen catalogarse como “hombres de la vida de una mujer”. El resto, no cotiza en ese down town; aunque allí hayan querido invertir, no hay acciones en venta.

-¿Te acordás cuando nos conocimos? -pregunta Arianna tomando el primer sorbo de café post sesión de martes, en el Donkie.

-¡Obvio! Llegaste a pisar cabezas y te vieron la cara. La única que te dio bola fui yo y estaba en pleno romance, así que fue lo primero que te confié -contestó Marilú.

-Me estaba acordando de la historia de Ariel…

-Pero esa historia ya estaba en el final, o al menos eso creí, y no me equivoqué.

-Si no hubiera sido que apareció de nuevo Dante, quizás no se hubiera terminado -dijo Arianna.

-Dante…, ¡qué tipo ese…!

Dante fue un amor de película, de esos que uno llega a dudar que existan. Posiblemente aparecen una vez en la vida justamente para eso, para que sepamos que sí, que puede ser, que existen aunque duren poco más que una función. Marilú lo conoció por internet y no aguantaron más de diez días de chat hasta que se vino a Mendoza a conocerla. Sí, era un amor a distancia. Pasional, febril, pero con cuatrocientos setenta y cinco kilómetros puerta a puerta, que le ponían cordura a las cosas.

Al poco tiempo de conocerse, la cordura la puso el paro del campo (para quienes piensan que la política no influye en la vida personal de las personas, se equivocan). La discusión en el Congreso por las retenciones a la soja paralizaron las rutas por los cortes, y eso les complicó las escapadas.

-¡Qué perno fue eso!

-Y sí… -Marilú perdió la mirada en el recuerdo.

Dante era una especie de semidiós. Hermoso, joven, soltero y loco por las carreras de motos. En ese tiempo, Marilú llevaba poco tiempo divorciada de Valentín y su seguridad estaba un tanto dañada, al punto que le hizo pensar que quizás ese hombre era más de lo que podía pretender para ella, y por eso decidió frenarse un poco.

-¿Volverías a frenarte?

-Naaa, pero creo que eso no hubiera alterado demasiado las cosas, no hubiéramos durado mucho de todas maneras, Ariel seguia dando vueltas y al tiempo aparecio Benicio…

-Yo creo que sí hubieran cambiado, a Ariel le hubieras dado pista y a Benicio ni lo hubieras mirado. El tema fue que había otras que no se frenaban y lo tenían más cerca.

-Exacto, y él tenía un punto débil…, como todo semidiós.

A él, como a Ariel, también se le fue un espermatozoide demás, que fue el único que hizo falta para que a los nueve meses se convirtiera en padre de una niña.

-¡Te acordás que yo pensaba que lo habían engañado y le querían endilgar un embarazo que no era de él. ¡Ja, que ilusa!

-Tenías derecho a dudar, el tipo estaba con vos…

-Sí, Ari, pero la nena cuando nació, aun siendo una bebé, tenía su cara. Imposible negar que el espermatozoide que la creó no hubiera salido del testículo de Dante. -Arianna levantó la ceja-. Sí, de uno, no de cualquiera de los dos, Dante tenía un sólo testículo… -dijo Marilú cortando con la cuchara el tiramisú de la tarde.

-Era medio huevón… -murmuró Arianna.

Las dos comenzaron a reírse y se sumaron a la mesa el Lagarto y Sami.

-¿De qué se ríen? -pregunta ella.

-De los huevones -responde Marilú.

-Ahhh…, ¡de esos hay por todos lados! -afirma Sami con sarcasmo, sin disimular su feminismo petulante.

-¿Qué tiene de malo ser huevón? -preguntó el Lagarto, que tenía todos los números y encima con la pregunta habilita un nuevo talonario.

-No pasa nada con los huevones. En realidad hablábamos de un viejo amigo que tenía un solo testículo -contesta Marilú.

La cara del Lagarto no disimuló la impresión y se contuvo de llevarse la mano a la entrepierna mientras ella volvía a meterle la cuchara al postre.

-A ver… si hablaban de Dante… -empezó a decir Sami.

-El semidiós… -aclara Arianna.

-Sí, me estaba acordando de Dante y sus espermatozoides saltarines salidos de su único testículo -concluye Marilú.

-¿Y eso lo convierte en huevón? -Insiste el Lagarto.

-¡Ay…, Lagarto! No hace falta que te explique que la jerga popular llama cobarde al hombre que no tiene huevos, y que huevos le dicen ustedes a sus testículos. En definitiva, no tener un testículo podría entenderse como que el tipo es medio cobarde… -comenta Arianna con sarcasmo.

-No es que sería “medio” cobarde porque le falte un testículo de dos. Si le faltaran los dos no sería cobarde completo, sino estéril -le sigue Sami, con cinismo.

-Y además de medio cobarde, el tipo sería bastante huevón, porque el único testículo que tiene, hace doble trabajo y se agranda -finaliza Arianna.

-Marilú, ¿vos andabas con un tipo huevón? No lo creo… -dice el Lagarto reclinándose en la silla, como habiendo descubierto un secreto que valía oro.

Las dos chicas se quedaron calladas, esperando el remate de Marilú, quien al terminar de saborear el tiramisú que tenía en la boca, se limpia con la servilleta la comisura de los labios y le contesta:

-En realidad sí, Lagarto, pero no lo sabía. Debería haberle prestado atención al detalle de su anatomía. Para mí era un semidiós, pero ahora, a la distancia, si pienso en un semidiós…, no se me pasa por la cabeza imaginarlo cobarde y huevón, por lo cual Dante no era un semidiós, para eso le faltaba un huevo.

Las chicas se chocaron las manos con una sonrisa. El Lagarto, sin saber qué contestar, se enderezó el cuello y le hizo seña al mozo para que viniera a tomarle el pedido mientras Marilú guiñaba el ojo y encendía el cigarrillo, con aires de superación.

Ella no iba a estropear la fama que tanto le había costado conseguir, por un huevón con pretensiones de semidiós trucho que le había dejado un recuerdo semiamargo como el tiramisú de cada martes y que acompañaba con sabor las historias que aparecían en la memoria como postres, para digerir por porciones y a cucharadas, acompañadas por un café de carácter fuerte e intenso aroma, como toda mujer que aprende de la experiencia y ahorma a través de ella sus propias pretensiones.