La adopción del Futuro

Peter 1

Cindy agradeció con una sonrisa gentil al hombre que cruzaba la puerta, y tras él colocó el pestillo.  La entrevista había durado casi cuarenta minutos, y tantas preguntas llegaban a agotarla, así que, sin más, Cindy fue hasta el sillón y con la televisión bien bajita se tiró de costado a reposar su morena piel por un rato.
Ese día se cumplían diez años de la decisión que había hecho a Cindy entrar en la historia de la humanidad como la primera mujer en dar un embrión en adopción, luego de la disposición de la nueva ley universal de adopción que otorgaba a Cindy la posibilidad de dar su embrión en adopción cuando estaba en su tercera semana de gestación, pues a los dieciséis años de edad, ni ella ni su entorno concebían la posibilidad de tener un niño. El aborto ya era cosa del pasado, hacía una década que la gente podía decidir si tener a su hijo, o dar el embrión en adopción a otras mujeres que no había podido quedar embarazadas, pero que sí podían gestar a un embrión formado en su vientre, y así ella lo había decidido. Aquella oportunidad otorgada a Cindy la había hecho pasar a la historia, tanto que en los meses que le siguieron a su decisión, tuvo tantas entrevistas que perdió la cuenta. Programas de televisión, marcas de todo tipo; hasta una película se había producido contando su historia, pagándole a Cindy una incalculable suma de dinero que le garantizaba vivir bien hasta el fin de sus días.
Había programado que ese día recibiría solo a un periodista, y aunque no lo había dicho aún, esa era la última entrevista o exposición mediática que pretendía tener en su vida.

Despertó Cindy un rato más tarde algo atontada, quizás había dormido de más. Eran cerca de las seis de la tarde y por supuesto, como cada tarde, su teléfono sonó. Su novio Eric la invitaba a cenar esa noche de calor al restaurante junto al lago, y Cindy aceptó de muy buena gana.
– Si quieres puedes invitar a tu padre. –Dijo Eric antes de colgar.
-Puedes contar con ello, debo recogerle en un rato por la oficina. No veo que tenga otra opción. –Contestó Cindy, y con una risa se despidió.

Tomó luego una ducha larga y reponedora, y se colocó el vestido color crema con flores rojas que su novio le había regalado para su cumpleaños. Se perfumó, tomó las llaves del auto que se apoyaban sobre la mesa de la entrada y salió. Y como todos los días, el auto de Cindy se dirigió casi sin quererlo hacia el sur de la ciudad, y al llegar a la esquina del ciento veinticinco y nueve, el auto de Cindy desaceleró, y sus ojos se clavaron en el jardín de una casa, en donde un hombre rubio y alto lanzaba una bola, y un niño moreno de unos nueve años la recibía con el guante.