El Torneo de las Madres

Mamis 1

Por Valeria Beruto para su blog The Rimolacha Affair.

El torneo de las madres arranca con una pretemporada, como toda competencia que se precie. A mí nadie me preguntó si quería entrenar, simplemente se empezaron a fijar si había dejado de tomar alcohol, si me había crecido un poco la panza o si tenía mala cara. Me di cuenta de que estaba en pretemporada cuando alguien preguntó “¿Y? ¿Están buscando?”. Pocas cosas más intrusivas que esa en la vida de un ser humano.

En la pretemporada no podía faltar ni un día al laburo porque ya me daba positivo el Evatest de radiopasillo. Ni se me ocurría decir la palabra “antojo” porque es un equivalente de scan fetal. Me aconsejé abstenerme de vómitos y náuseas y de no tener a upa demasiado a ningún niño. 

Yo no lo sabía, pero parece que la pretemporada está en la agenda de las señoras mayores, de las jóvenes que ya tienen hijos y están un toque desquiciadas, y de absolutamente todas las secretarias, farmaceúticas y cajeras de supermercado. La perpetuación de la especie no es una pavada; estas mujeres velan por el futuro de la humanidad presionando, tirando indirectas y haciendo marca personal.
Mientras tanto yo me preguntaba cuándo me darían ganas porque la verdad es que la estaba pasando muy bien así. Y se sabe: los éxitos no se cambian. Hasta que un día me dio Baby Fever. Al principio pensé que se me iba a pasar, pero cuando ese gen empieza a transcribir te aniquila el cerebro a chorros de amor maternal. Y cuidás más tu perro, a tus plantas, a tu huerta y al pan que está en el horno.

Enseguida llegó la noticia, descorchamos, brindamos y yo me repetía a cada rato “estás embarazada”, porque tal vez me olvidaba.

El embarazo lo pasé como el orto. En vez de aumentar de peso, adelgazaba; era un espectro nauseoso y vomitador.

Por esas cosas de la estupidez me acuerdo que había una modelo, Ivana Saccani (no me la olvido más), que estaba embarazada del mismo tiempo que yo. Esta mina no hacía otra cosa que salir dos veces por semana en Caras y Gente diciendo que se sentía espléndida y la estaba pasando bomba. Y yo la odiaba. Me miraba la cara verde y me daban ganas de que me pusieran en coma farmacológico hasta el parto. Me caían mal, en general, todas las que decían “me veo sexy con el embarazo”, “es el estado ideal de la mujer”, “viviría embarazada”. Para mí: una mentira detrás de la otra. Unas mentirosas, todas. ¿Qué parte puede estar buena de sentirte mal 24×7, tener la laxitud mental de las hermanas Xipolitaquis y la agilidad del gordo Porcel? Para peor tenía una amiga que me decía que estaba re hot con el embarazo y que lo despertaba al marido a las tres AM para torearlo. Yo estaba en un plan de contingencia, con sexo solidario racionado, esforzándome para fabricar una expresión símil sexual.

Pero lo peor estaba por llegar: ***el-puerperio***. Horrible el nombre, horrible el estado. Una guerra hormonal sin cuarteles, sumado a un ser que piensa que es *vos*.
Ese primer mes post-parto con el cuerpo dinamitado, los conductos galactóforos en llamas y la cría que chilla cada dos horas de noche es una delicia de la maternidad. No poder dormir te arruina la conciencia. El humor. Los pensamientos.
Me acuerdo que fui a lo de mi obstetra a los quince días de haber tenido a mi primera hija y viendo mi estado de destrucción dijo “ya vas a volver a ser quien eras”. La frase me conmovió, porque más allá de lo corporal, que era toda una experiencia de dolor, me sentía infinitamente vulnerable. Pensaba que algo se había roto en mí que ya nunca más se iba a arreglar. Había cometido una locura. Había traído un bebe a destrozar mi vida tal como la conocía. Y me sentía una madre pésima y culposa por todo lo anterior.
“¿Por qué no me avisaste que iba a ser así?” le pregunté a mi obstetra. Yo era una calle de Bagdad después de un bombardeo. No supo qué contestarme. Estaba claro que tenía conflicto de interés con la pretemporada.

¿Y las demás? ¿Por qué mi mamá no me había dicho que el puerperio es una mierda, que te sentís esclava, que a la tarde te da una angustia espantosa? ¿Por qué mis hermanas no me habían contado que el día y la noche se hacen una sola cosa interminable, que dar de mamar a veces es un bodrio y que cuando el bebe no para de llorar perdés la paciencia?
Mamis 6Encima estaba la mina esta, Ivana, que salía de vuelta en la Caras mostrándose hermosa y sobre ella el titular “A veces me despierto a la noche para mirar a mi bebé mientras duerme”. Si mi hija se despertaba una vez más a la madrugada me enterraba viva.

En ese mismo instante decidí que yo iba a ser honesta con todas las mujeres. Me puse la misión de advertir a las postulantes a madre que había altas chances de que el embarazo fuera como una pesadilla con Marilyn Manson y que el puerperio hay que pasarlo rápido y sin mirar atrás. Para toda la parte linda de la maternidad está el aparato de propaganda. Yo iba a contar de ahora en más el lado B.

Entonces encaraba a una embarazada y le decía “¿ya te dijeron que el puerperio es una mierda? ¿NO? ¿NO te lo dijeron? Bueno, te cuento”. Creo que alguna vez se me fue la mano con las advertencias, como aquella chica que al ratito de contarle la verdaderísima “E true story” le dio una lipotimia. Tuve que refinar los métodos. También, con el tiempo se te va pasando la aprehensión y opera la amnesia, de lo contrario la humanidad estaría perdida. Te vas olvidando que lo pasaste mal, por algún mecanismo psico-endócrino- socio-neuro-pato-emocional y ¡tácate! Reincidís. Así de podridita es mother nature.
Cuando reincidí todavía no estaba en autos de lo que es fumarse los cumpleaños infantiles y todo eso. Ahí sí que se pone peliaguda la cosa. De pronto me encontré con un círculo social no elegido: las mamás de los amiguitos de mi retoño, que la mayoría de las veces estaban en el período talibán de la maternidad.

“La dejo pintarse las uñas-si-no-por qué”, ese es el tipo de debates que se manejan en los vía crucis del pelotero. En un cumpleaños había una descerebrada que citaba al marido para referenciar sus convicciones sobre desarrollo y crianza. O sea: la mina había decidido hacer un waiver de su actividad neuronal y en su diminuto mundo la autoridad en los más diversos temas era su marido. Me tenté y le pregunté “¿y quién es tu marido? ¿Gianantonio?”. La muy oligofrénica me contestó “No, no sé quién es ese. Mi marido trabaja en marketing de Unilever”.

¡Dios mío! El torneo de las madres es tremendo. Es la playstation de las minas: se juntan para jugar a eso. A ver quién es más organizada, más comprensiva, quién hizo una consulta preventiva a la psicóloga infantil porque no sabía si acostar al niño con o sin medias. Quién logra que el niño no mire tele, quién le habla en tres idiomas, quién le compra solo juguetes didácticos y ropa hipoalergénica. Hay una que cada vez que me la encuentro me recita las catorce verduras que come su hija de cuatro años ¡Te felicito querida! Pero hacé algo con tu cabeza porque ya me lo contaste once veces a todo esto. ¿Qué está esperando? ¿Que le den una medalla? ¿Verse en la tabla de pichichis de las madres? ¿Qué hacemos con todo este autobombo del torneo de las madres?
Evitarlo.
Evitarlo.
Evitarlo.
Refugiarse en aquellas cuya materia gris haya sobrevivido los embates de la hormonalidad y la ruptura interior. Es durísimo. Se van amigas también. Yo tuve que ver amigas irse a la B por todo esto. Y no queda otra que despedirse y desear que vuelva en algún momento. Cuando tenga un tema interesante de conversación.
A veces me siento de vuelta en pretemporada, otra vez sin ser consultada. Las indagaciones arrecian de nuevo, las preguntas se ciernen sobre mí con distintos grados de sutileza. Estas señoras solo quieren esquilmar hasta la última proteína de mi útero; el de todas nosotras.

Yo no sé si podría volver a tomar la decisión de meterme en este viaje. Como todo cambio importante nunca es el momento ideal para hacerlo. Creo que hay que cerrar los ojos y dejar que suceda. Es maravilloso, lo más maravilloso sin dudas, la prioridad más noble y honesta que se pueda llegar a tener.

“Agarrame una noche que esté borracha; ni me preguntes porque te diría que no”, le pedí la última vez que lo hablamos.