La hipocresía de la corrección política

“Jamás lo hubiera pensado de vos”, fue lo último que me escribió después de leer mi artículo anterior “Donde gobiernan las sonrisas. A causa de mis escritos me he granjeado más enemigos que simpatizantes. Menos mal que cuando digo “enemigos”, me refiero a los paranoicos de lo políticamente correcto y las buenas costumbres que patrullan y se proliferan en las redes sociales. Basta que uno exprese una opinión o palabra disonante a su política antidiscriminativa, para que estos adalides de lo correcto se crean con la capacidad de corregirte y sacarte una radiografía de tu persona sin siquiera conocerte.

A esta altura de mi vida, en la que me encuentro con cierta seguridad de mí misma y de mis pensamientos, y en la que no tengo la más mínima intención de caerle bien a todo el mundo ni de ser admirada por nadie; no me molesta ser criticada. Ni me ofenden los ataques. De preocuparme, no haría públicos mis escritos. Lo que resulta desalentador, es que lo hagan sin argumentos. Las críticas acompañadas por fundamentos y diferentes puntos de vista, son bienvenidas. Me ayudan a reflexionar, a crecer y hasta de cambiar la mirada si considero que otras ideas superan las mías. Pero en esta selva cibernética escasean los que con humildad y respeto ofrecen sus razonamientos para confrontar y desafiar ideas.

¿Dónde escondo mis sentimientos para no herir sensibilidades ajenas y evitar que me caiga una lluvia de calificativos airados? Tal parece que sin unanimidad, el pensamiento individual ya no tiene ningún valor, ya no es respetado. Uno ya no puede expresar lo que siente, ni sincerarse. Mucho menos hablar de prejuicios. Mejor mentir, no vaya a ser cosa que la verdad ofenda.

Parece que este mundo se está poblando cada vez más de tontos de piel aterciopelada que todo les hiere, cuyas exigencias y normas prohibicionistas desbordan todo lo imaginable. Resulta increíble que esta nueva camada de sensibleros, cada día tenga más adeptos. Y que a través de la restricción y sus exigencias quisquillosas, esté logrando reprimir y domesticar cada vez a más gente de distintas generaciones, a la que acalla y humilla.

Estoy de acuerdo con que cierta corrección política es deseable y que hay que evitar estereotipos ofensivos. Pero, como todo lo que comienza por una buena causa, siempre termina fanatizándose, y este fenómeno se ha desvirtuado tanto, que el ser humano ha perdido la libertad para decir lo que piensa. Hemos pasado de corregir ciertos abusos despreciativos en las palabras, a fiscalizar el lenguaje y el pensamiento. Hay ideas que no se pueden pensar, mucho menos decir. Hemos llegado a un absolutismo de los dogmas debidos, que sólo sirve para ocultar la realidad de quienes se pretende defender, no para mejorarla. Estamos más preocupados por mostrarnos agradables, que por nuestras actitudes. Creemos que expresándonos con ambages y eufemismos, vamos a terminar con la desigualdad de derechos y las injusticias.

Este exceso de prudencia en la corrección política, además de bordear lo ridículo, ha comenzado a ser un asunto sintomático y peligroso. Esta nueva tendencia de cuidar las formas y las palabras, está logrando una disminución del pensamiento crítico.

La nobleza en el intento de ser correctos para no incomodar a nadie, se convierte en algo perverso cuando transferimos nuestros principios y normas a los demás, pretendiendo que nos copien. Y eso es lo que justamente hacen estos moralines de la corrección y sus lógicas inquisitivas. Con su lema encubierto “no digas lo que piensas” y sus códigos de expresión restrictivos, intentan silenciar a los que opinan distinto. Provocando una ola de censura intolerable. Son hipócritas disfrazados de liberales que presumen estar a favor de la libertad de expresión, pero sin embargo nos dictan lo que podemos o no decir. Pregoneros de la diversidad cultural, religiosa y política, pero imponen su línea de pensamiento a los demás, pretendiendo que todos acatemos sus directrices. Sin darse cuenta que esto es tan pernicioso y deleznable como la incorrección política extrema que se le opone.

No sé ustedes, pero yo prefiero pasar por incorrecta, antes de perder la libertad de decir lo que pienso, de discernir y discrepar. Antes de uniformar mis criterios con los de los demás, y convertirme en una borrega de farsantes demagogos de la corrección en los que nadie debería confiar, como los que van por la vida diciendo esas payasadas inadmisibles tales como “todos y todas”, “ciudadanos y ciudadanas”, “alumnos y alumnas”… “argentinos y argentinas”.