Juego de Ajedrez

 

Juego de ajedrez1

La noche que me invitó a cenar, abrió las puertas de su casa y atravesé el sendero de rosas hasta llegar al encuentro de su abrazo. No sabía que también estaba entrando a un mundo de poemas, a una guitarra que entre sus dedos dibujaba una odisea y a un jardín que jamás olvidaría.

El vino no faltó en la cena y con las copas en mano caminamos por la alfombra de hojas caídas. Observé las rosas tempranas de agosto. Los cuatro grados bajo el cielo de aquella madrugada no intimidaron el deseo. Tendidos sobre la hierba húmeda, un poco ebrios de ansiedad y con todas las palabras ya dichas, me llevó al umbral del paraíso. Sin testigos, sin historia, sin mañana. En el silencio que decía todo no sólo desnudó mi cuerpo. Pudimos elevarnos y descubrir que aquella noche nunca más volvería. Había colapsado el muro infame de las propias utopías.

El tablero de ajedrez era una página en blanco sobre la que se dibujaba la novela que había perdido sentido y que tomada de su mano pude aprender a reescribir. Una y otra vez, las Reinas amenazantes se escondían de la cabalgata salvaje que las Torres, inquietas, divisaban. Los Reyes, cansados y cobardes, permanecían quietos, esperando el movimiento del Alfil en la danza de peones.

Las noches se volvían madrugadas y las madrugadas siestas, mientras el humo del tabaco perfumaba las charlas de malbec. Cuando llegó la primavera ya reconocía a ciegas el jardín, transitando en las noches de luna llena, con radiante desnudez. Majestad primera de esos rosales. El movimiento del alfil trajo al miedo: “Contame tu tristeza”, dijo. Y ya no pude ocultar la lágrima sórdida de cada noche: “No he hecho feliz a nadie.”

Mudos de palabras. Anónimos de sentimientos. Atónitos de honestidad. Pareció que no habría retorno a la confesión impune. Hubo cien noches con sus madrugadas de sábanas prestadas. Setenta certezas nocturnas que nos abrigaban. Sólo deseaba besar el lunar de su mejilla, bajo la sombra de las pestañas que escondían el horizonte de su mirada sombría.

Mi ángel de ojos semiabiertos, caballero andante de mi piel, logró así ser el héroe de mis noches blancas de rocío, poniendo en jaque mate mi destino: “A mí, sí me hacés feliz.” Y comprendí el canto de la  reinamora en su jardín. “Nunca más pájaro herido, Reina de acallado gemido”, había prometido.