Gente Cuerda (El caso de los Santos)

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La forma en la que Wilmer Santos se movía era digna de alquilar balcones. Tenía un paso casi de baile al caminar, un imperceptible meneo de caderas acompañado de los hombros, como si le dieran interminables escalofríos, uno tras otro. Sonreía sin parar, moviendo su larga cabellera gris al swing que lo seguía y saludando con un ademán a quien se cruzara por su camino. Recorría todos los días la misma ruta: de su cuarto al baño (donde pasaba largos ratos), del baño al desayunador, del desayunador al jardín en dónde (creo yo) conversaba con el sol, las flores y los pájaros, luego de vuelta a su cuarto para una siesta, y repetía lo mismo en la tarde. A veces con un libro, a veces no. Pero quizás el rasgo que más llamara la atención de Wilmer no fuese su forma de caminar, ni su metro noventa y ocho, sino sus bigotes, sus grises y lacios bigotes, que caían de su labio como una cascada. Eran tres finas crestas de cada lado, como si de su labio brotaran seis lianas hacia sus rodillas, porque así de largos eran los bigotes de Wilmer, y este rasgo era el que lo había hecho famoso en todos los hospitales psiquiátricos del país, pero para mi sin dudas era su forma de manejarse y su voto de silencio lo que lo hacía tan especial.
Cada mañana, mientras yo le daba el desayuno a la señora Sartori, Wilmer pasaba por el pasillo hacia el jardín, volteaba su cabeza hacia el cuarto y con una sonrisa nos daba los buenos días.
-¿Quién es ese? ¿Otro iraquí? –Preguntaba la señora Sartori, que sufría del síndrome de la guerra del golfo.
Una tarde, al finalizar mi turno, me crucé en el elevador con la doctora Sánchez, quien llevaba el caso de Wilmer desde el día en que había entrado a nuestro hospital. Con mucha modestia le consulté sobre su caso en un intento por comprender cómo alguien con tan buen temple y gracia podía estar en un lugar así, por el sólo hecho de no hablar. La doctora me explicó que Wilmer había sufrido una serie de desgracias que lo habían llevado a hacer un voto de silencio y a dejarse crecer los bigotes de aquella extraña manera.
-Pero no le hace mal a nadie. –Dije yo.
-No está aquí porque sea peligroso para los demás, está aquí porque es peligroso para sí mismo. –Contestó la doctora.
Sentí una profunda pena al escuchar aquellas palabras, pues yo veía a Wilmer Santos como la persona más agradable del planeta, y, a decir verdad, desde que tuve la suerte de conocerle intenté cada día parecerme un poco más a él. A veces uno aprende de otro sin que el otro siquiera se entere. Por supuesto que mi intención era parecérmele en su forma de ser, ya que, si me dejara los bigotes como Wilmer, dormiría en el sillón hasta la próxima afeitada.
Aquella conversación con la doctora me dejó pensando durante días en Wilmer. ¿Qué sería lo que le había ocurrido? ¿Qué tipo de tragedia hacía que alguien tomara ese tipo de decisiones? ¿Qué pasaría por la cabeza de Wilmer cada día? ¿Sería feliz? Al menos daba la impresión de que lo era.
Mi cabeza no cesó de pensar en él hasta casi volverse una obsesión. Por supuesto mi querida Margarita se dio cuenta de ello casi al instante, y con su peculiar tono de voz mezcla de reto y consejo me dijo: -No sé qué es lo que te preocupa tanto Gregorio, pero más vale que lo resuelvas y rápido, que no me dejas dormir caramba. –Y como siempre mi Marga tenía razón, había que resolver el misterio antes de que me volviera loco.
Dos días después me encontré limpiando el despacho de la doctora Sánchez y no tuve más remedio que encender la computadora y revolver hasta encontrar el expediente del señor Santos, y leerlo de punta a punta. Con la llave trabada en la cerradura comencé a leer con mucha atención. Wilmer Sánchez había sido durante tres décadas un eximio fabricante de muebles. Se había casado y había tenido un hijo varón que llevaba el mismo nombre que su padre, y que su abuelo, Wilmer. Encontré luego de recorrer un poco más la información que tanto anhelaba saber. Wilmer no había conocido a su padre, puesto que éste había abandonado el hogar antes de que él naciera. Su madre lo había criado junto a su abuela, y de ellas heredaba (según los términos utilizados por la doctora en el reporte) sus maneras suaves y encantadoras. Me llamó la atención detectar que el nombre de su padre (que además no se apellidaba Santos, sino que su madre lo hacía) aparecía en letras azules y negritas, mientras que el de su madre aparecía como aparecen estas letras, de manera simple. Clickeé entonces sobre las letras azules, y una pestaña se abrió al instante. Wilmer Oviedo había sido un guitarrista de renombre, conocido en toda Colombia y Centroamérica por sus habilidades con las cuerdas. Había participado en decenas de bandas y grupos musicales, pero en ninguna parte de su biografía se hacía mención de que Oviedo hubiese tenido jamás un hijo.
-Típico de los músicos. –Pensé para mis adentros.
Retomé mi lectura sobre la vida de Wilmer para encontrar que la segunda y quizás mayor angustia de su vida, era la de haber perdido a su hijo Wilmer Jr. a manos de las drogas. Quizás en un intento por seguir el legado de su abuelo, o quizás porque lo llevara en los genes, el pequeño Wilmer se había aventurado en el mundo de la música siendo él, al igual que su abuelo, un talento innato para la guitarra. Tocando en una banda que tuvo algunos años de popularidad, el pequeño Wilmer escapó de su casa a los quince años y se sumergió rápidamente en el mundo de las drogas y los excesos, combinación que lo llevó a terminar con su vida prematuramente producto de una sobredosis a los diecinueve años.  
Cerré el archivo y apagué el ordenador, sintiéndome algo más tranquilo, pero mucho más triste ahora que sabía la verdad sobre Wilmer.
Durante la cena le comenté a mi Marga el caso.
-Al menos ahora voy a poder dormir. –Contestó ella con una sonrisa apenada.
-Lo que no entiendo Marga, es por qué el voto de silencio y los bigotes.
-A lo mejor con lo que le pasó está en contra de la música y por eso anda callado. –Dijo Margarita levantado los platos de la mesa.
-A lo mejor. –Contesté yo aun pensando en ello. –Pero… ¿y los bigotes?
Margarita dudó por un segundo.
-Ni idea. –Dijo agitando la cabeza.
Ahí quedó la cosa y yo de a poco me fui olvidando del tema, aunque jamás logré olvidarme del todo. Cada vez que veía a Wilmer pasar, lo primero que pensaba era si en verdad había encontrado la paz y la felicidad en su silencio, o si era tan sólo un acto y como se dice la procesión va por dentro.
Pasó el tiempo y yo volví a mi sueño pesado de siempre. Los bigotes de Wilmer siguieron creciendo hasta casi tocarle los tobillos, tanto que se cepillaba todos los días durante un largo rato para sacarse el polvo del piso por andar arrastrándolos. También vinieron del libro Guinness de los récords a tomarle las medidas para ver si sus bigotes lograban vencer a los bigotes de un chino llamado Shen, pero las autoridades del hospital prohibieron tal encuentro.
Una mañana, mientras la señora Sartori relataba a viva voz un encuentro entre ella y dos oficiales americanos, noté que Wilmer no había pasado aún, como cada mañana, rumbo al jardín. Al terminar con el desayuno de la señora Sartori, fui hasta la habitación de Wilmer, al fondo del hall, con la angustia de pensar que se encontrara en problemas. Me paré frente a la puerta y miré a través del vidrio. Wilmer se encontraba en la cama, con los ojos abiertos de par en par. Abrí la puerta y entré. Caminé hacia el enorme cuerpo que yacía sobre el colchón. Noté que pestañaba, y me sentí sumamente aliviado. Lo miré a los ojos, los mismos que se clavaban en el techo, y con cuidado lo destapé en un intento por ayudarlo a ponerse en pie, pero para mi sorpresa encontré que Wilmer había anudado sus seis largos bigotes a sus dedos de los pies, dejándolos tensos sobre su cuerpo. Lo miré extrañado sin saber qué decir o hacer. Volteé para salir en busca de la doctora, pero una voz me llamó.
-Gregorio. –Sonó mi nombre tan claro en la habitación.
Yo volteé.
-No llames a nadie, no te alarmes. –Me dijo Wilmer con una sonrisa. –Tan sólo quería saber lo que se siente ser guitarra.