Sexy Milanesa Buenos Aires

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Buenos Aires es siempre un quilombo, pero un quilombo lindo. Era la cuarta vez en el año que Guillermo viajaba a la ciudad capital de nuestro país para cerrar el negocio franquiciado de un nuevo restaurant cool de milanesas.

Mientras repasaba la jugosa oferta de la empresa en su ordenador portátil, mojando la media luna en el café recién hecho, una colorida falda distrajo su atención.

Milagros había viajado junto a sus padres en plan de contención familiar y se estaban hospedando en el mismo hotel. Con unos diecinueve años picantes que llevan ahora las chicas de esa edad, parecía mucho más grande. Sazonada con una actitud desafiante y un vestuario por demás provocativo que dejaba poco a la imaginación, lejos del promedio de una joven estudiante, parecía una amazona de ensueño.

El viaje familiar venía de la mano de un par de eventos desafortunados en la vida de la joven. Por un lado el abandono de la carrera de Derecho en su provincia y con ello el alejamiento del linaje de abogados en la familia y por otro la necesidad de Mila de comenzar a vivir sola para escapar a la asfixia de aquel entorno que la estaba ahogando.

Las miradas cruzadas entre el ejecutivo y la estudiante se hacían cada vez más intensas y se mantenían más allá de lo que el decoro recomienda para una chica de entre casa. Él no disimuló en ningún momento su interés y a ella parecía no importarle. Las sonrisas pueriles hacían patente que algo se estaba cocinando aparte de las tostadas.

Cada uno siguió con el día como lo tenían planeado, Guillermo con su franquicia de milanesas y Milagros de paseo familiar.

El día estaba pesado en la City, los taxis escaseaban en un febrero tardío y el saco de lino le molestaba más de la cuenta a un Guillermo que parecía como fuera de foco para encarar una de las reuniones más importantes del año.

Entre cortes de calles y protestas habituales, llegó un par de minutos tarde a la cita. No podía sacarse de la cabeza esa mirada profunda y picaresca. Mientras repasaba distraído la contraoferta de los franquiciantes, se dio cuenta de que esa reunión no terminaría bien. Y así fue, un par de horas más tarde salía de aquel coqueto edificio de oficinas compartidas con la propuesta rechazada.

El fracaso siempre sabe peor cuando hay que comunicarlo. Así que una vez en la calle aprovechó para llamar a quien fuera el socio capitalista del proyecto y comentarle sobre el resultado de la reunión, aunque ya sabía de antemano la respuesta. Era tiempo de seguir cada uno por su lado.

Por su parte Mila, como la conocían todos, había pasado el día pletórico de excursiones y museos. A la mañana había conocido el Palacio Paz, la Cancillería y por la tarde había recorrido el MALBA y el Museo Nacional de Bellas Artes. Completamente imbuida entre pinturas, esculturas y arquitectura, había descubierto la verdadera pasión en la carrera de Diseño. Ahora solo restaba convencer a los padres.

La tarde cayó plácida en una calurosa Buenos Aires y la pileta del hotel era promesa de un oasis entre tanto asfalto y frustración.

Cansado y desanimado Guillermo se quitó toda la ropa y se dirigió hacia la pileta que estaba completamente despoblada.

Disfrutando la soledad y sentado en uno de los escalones, se colocó los auriculares y cerró los ojos para dejar volar la imaginación y replantearse el día, mientras se refrescaba.

Unos cuantos minutos de paz absoluta se vieron repentinamente interrumpidos por unas suaves ondas en el agua que lo sacaron de aquel letargo, al abrir los ojos vio emerger a la joven y sensual Mila.

Una sonrisa picaresca y una mirada desafiante por parte de la pequeña femme fatale fueron el detonante de un magnetismo que se sentía vibrar en el ambiente. Bastaron solo unos segundos y ni una sola palabra para que los cuerpos ardientes coincidieran en una hoguera de pasiones.

En unos instantes ya se encontraban en la suite 811 del Hotel Dorá sin cruzar comentario alguno. Confluyeron entre las sábanas almidonadas, técnicas amatorias variopintas. Por un lado la experiencia aceitada de treintilargos y un divorcio a cuestas y por otro el entusiasmo y el desenfado de una nereida que no completaba la veintena, pero que compensaba con una voracidad desenfrenada.

Una hora más tarde, el cuadro de Borges que decoraba la suite, era el único testigo del escape a hurtadillas de la joven furtiva, que sin decir una sola palabra abandonaba el cuarto de hotel sin dejar ni forma de contacto, ni rastro alguno.

Un año había pasado desde que Guillermo no regresaba a Buenos Aires, nuevamente era verano y una propuesta laboral lo traía de regreso a la gran ciudad. Al entrar al Hotel Dorá un torbellino de recuerdos de aquel encuentro fugaz con la joven desconocida resonaron en su cabeza como un redoblante, sobre todo después de un año en el que el amor no había tocado a su puerta y los negocios tampoco se habían encaminado.

Decidido a cubrir a pie las cuadras que lo separaban de su destino a pesar del calor, se encaminó a su entrevista laboral. Luego de un par de horas el puesto de trabajo era suyo. Era el nuevo representante de una reconocida cadena de venta de milanesas frizadas. El sarcasmo de la situación era apabullante. Parecía que la respuesta de todo finalmente eran las milas.

Salió con una sonrisa triunfadora, aquel semblante rendido parecía cosa del pasado. Un nuevo comienzo se vislumbraba en un horizonte esperanzador. Decidió regresar por los bosques de Palermo, mientras caminaba, imaginaba en qué edificio terminaría alquilando. El día estaba diáfano, nada parecía poder arruinar aquel momento.

De repente, con el sol de frente y el polvo suspendido en el aire proveniente de una obra aledaña, una silueta femenina de ensueño se encaminaba hacia él trotando. Cuando esa silueta se acercó, una sonrisa comenzó a dibujarse en el rostro de Guillermo, era Mila y lo había reconocido.

Fiel a su estilo y sin decir una palabra, lo abrazó fuertemente con el cuerpo cubierto de  transpiración al tiempo que se fundían en un beso eterno mientras el polvo de la obra los cubría por completo transformando la escena de los amantes, entre la humedad de la transpiración y el polvo del ambiente, en una irónica y sexy milanesa.