Las culiadas

–Mirá, no soy la primera que te da un beso, ni la que te regala un abrazo, tampoco la que te dijo “te quiero”, pero hagamos un trato. Me das una oportunidad y vemos qué pasa– dijo Romina, por el teléfono, tenía una leve sonrisa en su rostro y la mirada radiante.

–Romina, te he dicho que soy gay y que no sé si lo nuestro va a funcionar– respondió Alfredo–. Además, estoy en una relación.

–Si no probás, nunca vas a saber– se sentó en el sillón, escuchó desde lejos a su madre abrir la puerta de la casa, giró la cabeza y le agitó la mano–. Así que no dejés pasar esta oportunidad o capaz te arrepentís el resto de tu vida.

Le cortó.

Se levantó, tenía el pijama puesto, le dio un beso en la mejilla a su madre y se percató que tenía una bolsa blanca que traía del supermercado. La agarró, la llevó a la mesada de la cocina, abrió la heladera y empezó a guardar la carne junto a las verduras.

–Pará– respondió la madre–. ¿Qué vamos a comer?

–Cocino yo, unas hamburguesas– le sonrió–. Hoy estoy de buen humor.

–Ojalá estuviera así todos los días.

–¿Cómo te fue en el trabajo?

–Como el orto.

–Lo normal.

–Demasiado normal– ambas sonrieron–. Te veo algo en los ojos.

–¿Qué cosa?– Romina observó el los rulos amarillentos de su madre, los lentes junto algunas de las arrugas marcadas de su rostro y también el cigarrillo que llevó a su boca.

–Estás enamorada– la señaló con el dedo.

–Un poco.

–Otro pelotudo más, en la lista de fracasos de mi hija.

La madre le dio la espalda y encendió el cigarrillo en el pasillo. Al rato, volvió con el cigarrillo a la mitad y con ropa deportiva igual que cómoda puesta. En la cocina había un viejo taburete de madera, tomó asiento y contempló como su hija cortaba en fetas el tomate.

–¿Cómo se llama?–sopló humo y levantó la ceja izquierda. Luego dejó el cenicero cerca de su mano– Dejame adivinar… Huberto, Horacio, Augusto, Pedro… Alejandro– su hija sonrió–. Ya sé, Alfredo–su hija la miró y se acomodó un mechón de pelo que le caía–.La conexión entre madre e hija no se va más.

–A veces, te odio y otras te amo tanto– dejó la fetas de tomate en un plato–. Pero este pibe tiene un problema.

–¿Tiene el pito corto?

–No– ambas compartieron la risa y su madre enterró su cigarro entre las cenizas–. Todavía no lo sé, capaz sí o no.

–¿Qué tiene el desgraciado?

–Es gay– buscó la caja de hamburguesas, sacó los dos paquetes de plástico, los abrió y los dejó sobre la mesada–. Es lindo, se parece a Ricky Martín.

–Como te gustan los problemas, niña. Tomá el encendedor y prendé la hornalla.

–Sin dificultad, no hay diversión.

–Tu papá, ¿sabés por qué nos dejó?

–Nunca me lo contaste. Ahí prendió. La sartén está… ahí, un poquito de aceite y las cuatro entraron justo. Dale, contame.

–Era gay, nos dejó a las dos solas. Al principio pensé que había algo que hacía mal yo, al final me lo dijo y me contó de su amante. También le gustaban los jovencitos.

–¿Te acordás cómo se llamaba el chabón?

–Cagate de risa–luego dijo gesticuló exageradamente el nombre–. Alfredo.

–No puede ser…

–Mostrame una foto, el celular lo tenés en bolsillo cerca del culo.

Romina buscó su foto en el Whatsapp, se la mostró a su madre que levantó las cejas, acomodó sus lentes y sujetó su celular con ambas manos.

–Cuidá las hamburguesas, este es el pibe, te dejo el celu acá. Te digo algo: vos tratá de levantarte a este pibe y yo voy a intentar de vuelta con tu viejo. “Uno vuelve a los lugares que amó”, por más que ya no sea lo mismo. A parte,

–Pero ma, eso es… no sé, es raro.

–Estamos juntas en esto, vos la querés pasar bien y yo también. Los hombres son culiados y, la mayoría de las veces, las mujeres también. Estamos solas en esto y en el juego de la seducción siempre gana la mujer, sino decime a cuantos les has dicho “te quiero como amigo”.

–A varios…

–”El hombre propone y la mujer dispone”, es una manera de pensar las cosas, pero como están las cosas ahora, te diría, que en pleno 2018, “la mujer seduce y el hombre reluce”. Hoy todos están depilados, bien peinados, con tatuajes, autos, saben cocinar y son más sensibles que antes. ¿Sabés las ganas que tengo de coger?

–¡Ay, mamá! Sos una culiada– rió y buscó un tenedor para dar vuelta las hamburguesas.

–¿Quién no?