Recuerdos de Fulton

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El agua parecía caer con rabia. Llovía hacía varias horas y su caudal no mermaba. Con la puerta abierta de la cocina, mientras tomaba un mate, iba calculando la distancia a la que se encontraban los dos troncos grandes que tenía que traer, empapados, para que se fueran secando frente el último leño grande de la chimenea. Si no salía ahora, para la noche iban a seguir mojados y el frío me tendría a su antojo. Dejé el mate, apreté mi campera al pecho, y no quise correr. Caminé sintiendo patente ese baldazo de agua que me tiraban desde cientos de metros de altura. Las manos se volvieron cristales y casi que se quiebran heladas cuando alcé el primer tronco del pasto. Entré a la casa dejando un pequeño arroyo muerto tras de mí. Apoyé la leña en un costado de la chimenea y volví a la puerta. Ya no tenía tantas ganas de salir. A veces me llamaba la atención no tener otra cosa que hacer. O mejor dicho, no poder hacer otra cosa. Cualquier contacto con el mundo era cosa de caminar kilómetros. Aproveché el frío de mis manos y la molestia del agua vertiendo de mi pelo para emprender la segunda campaña. A cada paso sentía que mis alpargatas se sumergían en lagunas profundas renacidas donde hacía pocas horas todo era pasto firme. Mis manos fallaron y el tronco rodó por ellas como si fueran muñones petrificados haciéndome sentir fuego en mis dedos de vidrio. El tronco se tumbó con el golpe de un trueno tímido y salvé mi pierna porque el destino no lo había apuntado en el cuaderno de mis desgracias. No era necesario el tronco, pero es que no tenía otra cosa que hacer, así que, mirándolo de pie bajo la cortina de agua, estudié la forma de llevarlo para no fallar otra vez, para… porque sí, porque de lo contrario me quedaría otra vez en la puerta de la cocina, esperando la resurrección de mis manos, y para volver a la carga pero con menos luz, con menos ganas, con menos sentido. Lo cargué sin problema, doblando las muñecas y usando mis antebrazos de grúa. Una vez frente a la chimenea lo coloqué al otro lado y quedaron ambos troncos como dos cariátides, como dos columnas de un invisible baldaquino sin arquitrabe ni dosel que jerarquizaban el altar del fuego, rey tirano contra el frío, amarillo conquistador de oscuridades, y encantador de miradas desocupadas borrachas de tiempo y paisaje.