Donde gobiernan las sonrisas

Velo 2

Hice una pausa en el trabajo y estoy en el buffet tomando un reconfortante café en esta media mañana gris y fría. Envuelvo la tacita con las manos  para que se me calienten. Delante de mí, en la mesa continua, acaban de sentarse dos mujeres musulmanas. La extraña puesta en escena me tomó por sorpresa y me ha dejado estática. Una adulta y la otra niña, casi adolescente. Estimo que son madre e hija. La adulta lleva niqab azul, una especie de túnica que cubre todo el cuerpo dejando libre sólo los ojos. La menor luce hiyab celeste y túnica azul, ella tiene la cabeza envuelta por el velo, pero el rostro descubierto. Es la primera vez que veo a mujeres musulmanas en persona, y su presencia me ha impactado tanto que, como si fuesen bichos raros, no puedo sacarles la vista de encima.

Debo confesar, sin el menor de los orgullos y a riesgo de que me acusen de prejuiciosa y discriminatoria, cuando no de islamofóbica, que tuve un sentimiento de rechazo hacia ellas, sobre todo hacia la adulta. Centrándome en ella, porque claro está que, en cuanto a la vestimenta, la menor no tiene ni voz ni voto, lo primero que me pregunté fue si taparse era su elección o si lo hacía por imposición religiosa, tradicional o de algún hombre. De cualquier manera, sea cual fuere el motivo, me parecieron nefastos, tanto más si era por el primero, ya que en ese caso, su libertad no estaría adaptándose, como la de cualquier ser humano, a las medidas y costumbres del medio que las acoge. Aunque, la excusa de “libre elección”, no me parece tan voluntaria. Si lo hacen por su religión o tradición, no representa una libertad, sino una imposición religiosa o cultural, porque convengamos que cubrirse la cara y encerrarse en uno mismo no debe de ser algo agradable.

Y mientras miles de mujeres, allá lejos, en su país de origen, no tienen la libertad de decidir, ahí estaban ellas, frente a mí, en una institución pública, luciendo con total naturalidad sus atuendos medievales, en un occidente en el que, tras años de lucha por libertades y derechos de la mujer y habiendo ganado varias batallas en cuestiones de equidad, no está bien visto el uso del niqab por ser incompatible con nuestros valores, un símbolo de opresión hacia a la mujer, además de velar la identidad de la persona en asuntos de seguridad. Supongo que acceder a mostrar el rostro en una cultura sensible a la discriminación machista, no les creará ningún trauma que les ocasione algún complejo que impida su normal desarrollo personal. Pensemos que toda mujer occidental, de visita en su mundo islámico y que posea un gran sentido de lógica, preferirá recatarse y elegir atuendos más modestos por respeto a sus costumbres y evitar ofender a su gente y sufrir inconvenientes. Incluso, en algunos países las turistas están obligadas a cubrirse, y las que llegan a esos países por motivos laborales, deben vestir abayas. Si la mujer que tenía enfrente era “libre” de usar estos velos, carecía entonces de este criterio. Podrá decir que es un símbolo de afirmación de su cultura, pero no es admisible para la nuestra.

Las musulmanas sabrán disculpar nuestros prejuicios, pero los que rechazamos esta vestimenta, no podemos asociarla a otra cosa que no sea la sumisión, opresión y tristeza. Para nosotros es un símbolo creado por una idea machista, tal parece, si investigamos su origen, proveniente de cierto fragmento del Corán. La cual intenta prevenir que los hombres, proclives a cometer actos inmorales, no miren a las mujeres como objetos de sus deseos, por lo que exige a éstas cubrir sus encantos a fin de no tentarlos. De manera que en lugar de que estas medidas recaigan sobre los varones, que en definitiva son ellos los que deben controlar sus actos, son las mujeres las que las cargan.  

Me pregunté qué dirían acerca de este asunto las activistas feministas que protestan desnudas por cuestiones de género. O aquellas que se muestran intolerantes con símbolos religiosos mucho menos ostensibles y más propios de nuestra cultura, al hacer sacar un crucifijo de pequeñas proporciones, que colgaba de la pared de la biblioteca de una escuela pública. ¿Alzarían sus voces en contra del niqab, o callarían condescendientes con estas curiosas extranjeras y sus ideas mahometanas tan milenarias como opresoras?

Ya era momento de terminar el recreo y con estos pensamientos me levanté, no sin antes echarles un último vistazo a las veladas mujeres, primero a la adulta que acomodaba unos papeles. Después a la niña, quien, para mi sorpresa, me dedicó una amplia sonrisa, haciendo desaparecer ese sentimiento de rechazo que me asaltó en la primera impresión. Y, conmovida por el gesto, le sonreí al instante, con la esperanza de que no olvidara cuando creciera, este lindo intercambio que nos integra y hace más alegre la vida, y tuviera la capacidad de comprender que su Dios, o quien sea que fuere, está terriblemente equivocado, que no es el pañuelo, sino su sonrisa, símbolo de libertad e identidad y que cuyo poder… no fuera a velar jamás.