Cosa seria

Durante la infancia escribía como lo hacen los niños, sobre flores, mariposas y pájaros. Dibujar palabras en los cuadernos de clase era, como todo en aquel tiempo, un juego. Luego tomé conocimiento de versos, conocí a Gustavo Adolfo Bécquer, que en su Rima XXI me decía: “poesía eres tú” y también a Pablo Neruda, con quien me sentí identificada, porque…, ¿quién no ha pasado alguna de sus noches pensando que podría escribir los versos más tristes?

Luego me involucré en las letras del ritmo que empezaban a bailar mis pies, “bajo una luna hostil”, cantaba Cerati. Más tarde, siendo adolescente, me convertí en una especie de escritora de cartas a pedido.

Aclaro. Mis amigas notaron que mi sensibilidad para escribir, hacía de las palabras una danza de abrazo en la que era muy fácil bailar en la comprensión de los sentimientos amorosos, y muy difícil escaparse sin efectos colaterales, algunos reales y otros añadidos, imaginados, permitidos. De modo que, entre recreo y recreo, me contaban sus dramas de amor para que yo pudiera escribir cartas sin firma propia, a sus amados.

No era época de mensajes virtuales cifrados de extremo a extremo y el romanticismo vivía aún entre papeles que se acumulaban como recuerdos para que, al encontrarlos, vencieran la memoria tan distraída a los diecisiete.

Entre tantas cartas, tantas confidencias, tantas historias de ida y vuelta…, me enamoré de uno de los destinatarios, que se había enamorado de mi amiga por las cartas que, en realidad, yo le escribía. Claro que ni él, ni ninguno sabía que el puño y letra no eran de su amada y que había tras esas cartas una mercenaria enmascarada de las letras, que jugaba con los destinos ajenos creyendo que podía decidir sobre las historias, haciendo hablar a los personajes sobre cosas que quizás ellos nunca dirían.

Ahí comprendí que escribir es cosa seria y dejé de hacerlo por un tiempo, mordiéndome los versos y mutilando el sentimiento propio cada vez que me disponía a redactar un párrafo. Enmudeciendo mis adentros, que ya no podría remover entre los escombros de la culpa.

Ellos se casaron, con juez y Dios. Más el amor no duró mucho tiempo, porque sólo dura lo verdadero. Las palabras de amor se las había escrito yo, aunque las había firmado ella. Y por eso, como consecuencia inevitable, lo engañó con su cuerpo y sentimiento cómo lo había hecho con las palabras. Una vez más me sentí culpable. Primero por escribir y luego por callar. Acción y omisión de propia letra y sin firma. Impune.

No sé en dónde habrán quedado aquellas cartas y tampoco recuerdo qué versos elegí para engañar. Las letras son armas que pueden jugar a la guerra aún cuando de amor se trata.

Escribir es cosa seria. Y tanta seriedad es mejor tomarla con calma. Abrir las palabras despacio y madurarlas lentamente, como hacen las flores en la primavera.