Con cualquiera

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—Ya perdiste el placer de estar con una mujer.
—¿eh?
—Que ya te da lo mismo con quién te acuestes. Para vos es como ponerte un suéter.
—¿De qué estás hablando? ¿Me estás haciendo una escena?
—No…
Carolina miró a la ventana y su cara se pintó de amarillo. El sol de la mañana rebotaba en la pared vecina y entraba a la habitación empapando de colores claros el lugar. Su cara estaba llena de una serenidad atractiva. Deseaba besarla, pero no era cortés pasar por alto lo que acababa de decir.
—¿Por qué crees que me da lo mismo acostarme con cualquiera?
—¿Yo no soy cualquiera?
—No. Sos muy linda, sos inteligente, interesante… ¿Vos crees que porque nos acostamos…?
—Nos conocimos hace seis horas.
—Nos… sí, sí, hace… bueno…, pero… Perdoname, ¿estás incómoda? ¿Dije algo que te molestó?
—No, no… No, para nada. ¿Hacés un mate?
—Pará, hablemos. ¿Qué es esto de que me da lo mismo cualquier mujer?
—¿Te ofendiste?
—No, pero no me hace gracia.
—Bueno, eso es una buena señal. Voy a hacer un mate…
Y se levantó. Eran las ocho menos cuarto de la mañana, pero de una soleada mañana fría. Las luces pálidas y los colores pastel del otoño no apagaron la intensidad del reflejo de la pared vecina y el dormitorio se sumergía en una atmósfera tibia y amarilla que le coloreaba su cuerpo desnudo en tonos surrealistas. Me encantaba ese pelo corto que le llegaba a los hombros. Su espalda…
—Yo sí me acuesto con cualquiera.
Se había girado y ahora me miraba, plácida y divertida, esperando seguramente alguna reacción particular de mi parte. Tardé muy, muy poquito en darme cuenta de esto, pero me llevó más tiempo pensar cuál sería la reacción que ella estaba esperando. Y se me pasó el tiempo. Y ella volvió sobre sus talones y continuó su derrotero hacia la cocina.

Me quedé en la cama un rato pensando. Era absurda la escena que me estaba haciendo. Ya eran casi las ocho menos diez. A las nueve tenía que estar en la municipalidad para hablar con un tipo. No, nueve y media. Sí. Sí, tenía tiempo para unos mates. Gabriel era el tipo de la municipalidad. Estuve muy bien en traerme los papeles de la oficina así voy derecho desde casa. Es acá nomás.
—No tenés nada, ni galletitas, ni pan, ni mermelada…
—No desayuno. Gracias por el mate.
Cuando se sentó en la cama, me recosté sobre ella, la abracé de la cintura y comencé a besarle la espalda.
—Ya está, ¿no? Se te pasó el trauma de lo que te dije…
Me recompuse.
—¿Me querés explicar qué es lo que te pasa, Caro?
Me pasó un mate.
—Vos me conocés hace seis horas, pero yo no. Yo te conozco hace varios meses. Atiendo un almacén acá a dos cuadras, por donde vos pasás caminando varias veces a la semana.
—¿Me tengo que preocupar, Caro?
—No, no soy una loca. Pero no me acuesto con cualquiera. Bah, me refiero que no me acuesto con alguien que conocí hace unas horas. No me gusta.
—Claro, entiendo… Perdoname, yo nunca te había visto…
—No, no es ese el tema. Yo sé que no me viste porque me escondí, te espié. Me divierte hacerlo. Me gusta mirar a la gente que no sabe que la estoy mirando, y le absorbo sus momentos, su paso, su andar… Los miro, los aprendo… ¡Los conozco tanto!
—Pero, Caro, ¿no preferís estar con alguien en lugar de observar la vida de los demás sin participar?
—¿Sin participar?

De pronto fue como que descorrieran un telón, una cortina que deja en evidencia a los titiriteros de jean y campera, sin rastros de los personajes que representan. La miré. Su cara era simple, era clara, tenía una belleza cotidiana, un atractivo que el tiempo no podría perforar en toda su vida.
—Yo te vi desde tus estados de ánimo, sin saber nada de qué cosa te los provocaban. Y pude conocerte mejor que cualquiera, porque los motivos no interferían en la tecla que tocaba aquella melodía. Yo conocía la melodía, no me interesaban los dedos sobre el piano. Yo tejía la partitura de tus emociones, la música bruta que hace vibrar una sala, más allá de sus intérpretes. Y después…
Tomó de su mate.
—…después sólo tuve que elegir la sala, los espectadores… ¡Tuve que inventar un motivo! Las melodías tienen un motivo, un “para qué”, y la ejecuté. Y viniste, y tarareaste tu nostalgia, tus ganas de que te hubiesen querido más de niño, y yo te contuve, y…
—¿De qué estás hablando?
—Cuando andabas cabizbajo, tarareabas una canción que conocía. Cuando estabas contento cruzabas casi sin mirar las calles. No saludabas al del quiosco ni a los porteros que te ven pasar siempre y que te conocen, como yo, pero que ignorás por completo. Llegás a tu casa como quien regresa al puerto después de una tempestad. Yo te vi, te vi tantas veces…
—¿Y qué es eso de la partitura, de los espectadores…?
—Ayer sentí que pasarías. Estaba segura. Bah, lo sabía, no me preguntes cómo, pero de tanto verte terminé sabiendo cosas que no sé cómo las sé. Así que puse aquella canción que canturreabas cuando andabas cabizbajo, y como sé que cargás con una pena de la infancia, una carencia materna, ibas a acercarte. Como lo hiciste.
—Quería comprar pastillas…
—Claro, nunca viniste al negocio y ese día fue una gran coincidencia… Como quieras. Las carencias de las madres los hombres las buscan cerrar durante toda su vida, así que te ofrecí un cierre, un parche, un bálsamo para aquella caricia que no te dieron. Te pregunté por el día anterior que te vi melancólico, y te gustó que te haya prestado atención, y te gustó que te me preocupara por vos, y me contaste boludeces. Tu vida es algo que tenés que revisar, realmente no tiene mucha emoción, pero podía sentir como te ibas cayendo en mis brazos, cómo accedías al consuelo de mis palabras, hasta que entendí que ya estaba todo listo, y te rocé la mano, y nos miramos.
Todo lo que decía era absolutamente cierto, podía reconocer cada momento en su narración, y sin embargo lejos de molestarme o preocuparme, me fascinaba.
—Esa canción me… no sé, me encanta. Ahora que me decís creo que a mi madre le encantaba.
—¿Tu mamá vive?
—Sí. Sí, vive… “Quieres helado de fresa, o prefieres que te pida ya el café…”. Sí, muchas veces canto esa canción, nunca pensé que sería un tema con mi madre.
—“…óigame, trae la cuenta, calla que fui yo quien te invitó a comer…
La miré. La miré con una sonrisa.
—Sí, vos me invitaste a comer.
—Fui yo. Sí.
—Y entonces contame, ¿por qué decís que ya me da lo mismo acostarme con cualquiera?
—Porque no supiste nada de mí. Si yo me iba ya no habrías sabido ni siquiera eso. Y en el saber, en el conocer sobre el otro está el complemento del sexo. Un orgasmo hasta se puede tener solo, pero el sexo sobre lo conocido, el sexo con lo incorporado es lo que le da el valor de conquista. Las mujeres sólo nos sentimos conquistadas cuando el hombre nos revela un detalle que delate que sabe algo sobre nosotras.
—Yo no sé nada sobre vos.
—Te da lo mismo cualquier mujer. Podrías pasarla mejor.
—Con vos. Quiero conocerte, Caro.
Carolina bajó la cabeza, tomó del mate mientras levantaba sus ojos y me miraba por debajo de sus párpados. Sonreía.

…aquella fue la primera vez, tus labios parecían de papel…

Cuando se fue y cerré la puerta detrás de ella eran las once y veinte. Ya había perdido la reunión en la municipalidad, y tampoco me importaba tanto. Me fui hasta la cama y busqué el perfume de su pelo en la almohada. No sé por qué lo hice. Y me fui a bañar. No quiso darme su teléfono “para que hagas un esfuerzo”, me dijo. No recordaba nada de lo que tenía que hacer hoy. A la tarde voy a pasar por su local.

…luego volví a la academia para no faltar a clase de francés…

—¿Y? ¿Cómo te fue con el tipo este, Caro?
—Bien, Clari, salió todo genial.
—¿Cogieron?
—Cogimos.
—¿Cómo lo enganchaste?
—Hace unos días pasó con el auto y me acerqué y puse el Shazam del teléfono para ver qué estaba escuchando, y era una canción de Aute, y me la aprendí, la puse en el negocio, me puse una camisa apretada, me desabroché dos botones, un jean fatal que tengo…
—El que tiene las flores bordadas…
—Ese, y vino solito. Y después lo que me dijiste, que le hable bajo, que lo mire a los ojos, que le roce la mano…
—¡Ah, sos una genia! Y ¿te llamó para salir?
—No, hablamos tres horas y quedamos en ir a la noche a su casa.
—¡Ah, fue inmediato!
—Sí, y después le dije lo del mambo con su madre…
—Ah, lo querés volver a ver…
—Sí, me gustó.
—¿Qué le dijiste?
—Le relacioné la canción y nuestra charla con sus carencias maternales.
—Todos los tipos llevan una cicatriz de la madre. De eso no zafamos ninguna…
—No, yo ya asumí que mis hijos van a tener ese temita.
—Seremos crueles Yocastas, Caro, qué le vamos a hacer.
—Así es.
—Bueno, hablamos después. Te mando un beso.
—Otro.

La calle del negocio se pone más transitada a esta hora de la tarde. Carolina miró para afuera. Cada persona que pasaba frente a ella le parecía un misterio, una cajita preciosa con una llave que sólo había que sugerir. Apagó la radio y puso su pendrive. Quería volver a escuchar la canción de este tipo para ponerse a tono. Intuía que esta noche volvería a buscarla.

…llámame el día que puedas, date prisa que ya son las cuatro y diez.