De misoginia y misandria

 

Misogino 1

por Marcela Castro (Nota publicada en el portal El Quinto Poder)

Hace unos días se publicó en El Quinto Poder una columna titulada “Los eufemismos que perpetúan el abuso” con respecto al trato que se da en los medios de prensa locales cuando un hombre mata o agrede a una mujer. En los comentarios, se trató el tema del “femicidio” y la poca claridad sobre el tema, al grado que estamos llegando a tener una legislación para hombres y otra hacia mujeres. ¿Eso es realmente igualdad o es otra cosa?

Cuando comenzó el debate sobre igualdad de género, hace ya dos siglos como mínimo (tomando como referencia la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana redactada por Olympe de Gouges), lo que se buscaba era precisamente eso. una igualdad jurídica, política, social y económica. La mujer estaba, por razón de su sexo, en desmedro ante los hombres y en una situación de inferioridad. A medida que la sociedad y, sobre todo la economía fue cambiando, esa desventaja sexual se hizo más patente, ya que las mujeres, obligadas a salir de sus hogares a realizar trabajos que eran tradicionalmente de hombres, vieron que obtenían menos beneficios que sus pares masculinos. Eso llevó a una lucha llamada “feminista” aunque en realidad era por el trato igualitario más allá del sexo. La gran victoria fue la Declaración de los derechos humanos de 1948: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y a partir de ahí, el discurso era que una mujer merece el mismo trato que un hombre.

Esta lucha humanista formó dos bandos en sus extremos: un sector de hombres vieron esta lucha como una amenaza a su posición personal, se sintieron agredidos. Y manifestaron ese rechazo con especial virulencia, en actitudes que se han calificado sicológicamente como “misóginas” (“misein” odiar y “gyne” mujer), o sea odio, rechazo, aversión y desprecio de los hombres hacia las mujeres y, en general, hacia todo lo relacionado con lo femenino. Pero en la otra esquina, un sector de mujeres, sobre todo feministas radicales, calificaron a la misoginia no como un trastorno patológico (que lo es) sino como una ideología política similar al racismo o el antisemitismo, existente para justificar y reproducir la subordinación de las mujeres por los hombres, y decididas a combatir la misoginia, gestaron un nuevo trastorno, llamado misandria.

¿Qué es la misandria? Pues es el odio hacia lo masculino (“misein” odiar y “andria” hombre). Debemos entender como “odio” la valoración negativa o nociva, potenciadora de aversión, desprecio, minusvaloración, rechazo u odio y transmitida culturalmente hasta el punto de convertirse en un elemento educativo. Ambas, misoginia y misandria, forman parte de una misma actitud sicológica negativa: la misantropía, o sea, aversión general hacia el género humano.

Durante todos estos años, la atención se la ha llevado la misoginia. ¿Por qué no se habla de la misandria? Porque estamos afectados por machismo. Creemos que un hombre, per se, es fuerte y una mujer débil. Un hombre puede odiar a la mujer por ser mujer pero una mujer lo que sentiría, según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, es “androfobia”(“andria” hombre y “fobia” miedo), o sea miedo hacia el varón y hacia lo masculino. No odio, miedo.

Pero vemos misandria a diario. ¿Dónde? En las telenovelas: el típico Luis Alfredo vago, inútil e incapaz de hacer nada excepto tener sexo con cualquiera. Ese es un hombre visto desde el punto de vista de la misandria, o sea, alguien que no es capaz de caminar y mascar chicle. Y, como bien explicaron Katherine K. Young y Paul Nathanson en su libro “Spreading Misandry: The Teaching of Contempt for Men in Popular Culture”, esta figura masculina negativa está presente en muchos más programas de lo que creemos, como por ejemplo Los Simpsons: los hombres son vulgares e inferiores(Moe, Homero, Bart, Milhouse, etcétera), pero pueden mejorar, al aceptar el consejo y las enseñanzas de las mujeres, quienes son intrínsecamente civilizadas y sabias (Marge, Lisa, Agnes Skinner)

misogino-3.jpgLas conductas misóginas están profundamente estudiadas desde los tiempos de Freud: los misóginos son individuos que sufren una especie de represión interna que los convierte involuntariamente en seres perversos, que se ensañan despiadadamente con su pareja o con quienes consideran sus adversarios o sus competidores. Estos individuos se caracterizan por hostilizar o agredir física, verbal o mediáticamente, principalmente a las mujeres; son personas con tendencias a resolver sus diferencias a golpes o bajo algún tipo de violencia.

¿Cuáles serían las conductas misándricas? Anular a la pareja en actividades sociales y familiares; buscar destacar, controlando la forma de pensar, sentir y conducirse de la pareja; utilizar tácticas de intimidación, comentarios denigrantes, insultos y otras actitudes para que el hombre se sienta incapaz y devaluado (los ataques se expresan con gritos y amenazas, estallidos de cólera, insultos y críticas constantes); pensar que el hombre no puede responder de una manera distinta que otros varones; e incapacidad de establecer relaciones con otros hombres, debido a experiencias negativas previas.

¿A que nos está llevando la misandria? A calificar cualquier acto de violencia hacia la mujer como “crimen” y a cualquier asesinato perpetrado por un hombre hacia la mujer como “femicidio”. ¿Y cómo calificamos los actos de violencia cometidos por una mujer hacia un hombre? Defensa propia.

Es la preocupación que estamos teniendo los que nos sentimos humanistas. El actual enfoque que están tomando muchas legislaciones internas en materia de violencia de género no es igualitario, es misándrico. Si hablamos de violencia de género asumimos automáticamente que es del hombre hacia la mujer, no a la inversa. Estamos castigando y criminalizando con más dureza a un hombre que a una mujer cuando cometen el mismo delito, dando por hecho que un hombre lo hará por ser un delincuente, pero una mujer lo hará por necesidad. Estamos discriminando negativamente a los hombres, emulando lo que se supone que nos hicieron a las mujeres durante siglos, desde el punto de vista del feminismo radical. Y estamos ignorando los problemas que aquejan a los hombres y el maltrato que muchos de ellos sufren dentro de sus hogares. No hay campaña a favor de las victimas masculinas de violencia intrafamiliar, ni tratamiento sicológico ni una unidad policiaca especial que les atienda.

¿Es eso lo que queremos? ¿Es lo que querían Susan Susan B. Anthony, Emmeline Pankhurst, Betty Friedan,  Mary Wollstonecraft y otras grandes feministas? No. Lo que ellas querían, y lo que muchos queremos, es igualdad. Es que nos respetemos y nos apreciemos como seres humanos.  Por desgracia, no vamos por ese camino.