Son o se hacen

-Son las ocho, no corras– Me decís así tan suelta como si no fuese tarde. Yo te miro de reojo mientras me atraganto con un café que me quema la lengua. Vos todavía mirás por la ventana con tu jugo en la mano. ¿En qué pensarás tan temprano? Llego tarde, me voy. Un beso, un deseo de buen día y tu mano que me peina con amor antes de salir. 

En la oficina todo es un caos como siempre y el teléfono no para de sonar. Una, dos, nueve llamadas. Le pido al aparato (que ya casi arde de caliente) que me deje en paz un segundo, pero una vez más suena con tono de pena, como diciéndome que él también quiere parar, que tampoco es su culpa. Lo levanto mecánicamente esperando que del otro lado alguien me plantee un problema de esos que, como vos decís, no son tan importantes, pero para mi sorpresa es tu voz la que se ríe e imita a un mal cliente. Yo sonrío y te agradezco que me desinfles el estrés con tan poco. Vos me mandas un beso, y los dos segundos de silencio antes de que cuelgues me los guardo en el oído, con todos esos otros silencios que me hacen saber que siempre estás.

Después de eso la mañana pasa volando y hasta me tomo el atrevimiento de escribir esto en la computadora. Que mi conciencia de robot se tome un recreo.

¿De qué te reirás a estas horas? Tengo que visitar un cliente, hora de correr.

Casi cinco minutos después de subirme al auto me doy cuenta de que aún no puse música. Dejo que el reproductor elija algo y él, mucho más inteligente que yo, elije una de tus canciones, de esas que te hacen cantar a todo pulmón cuando vamos a ver a tu vieja los fines de semana. Y sin querer soy yo ahora quien tararea esa canción (que más que tararear ya me sé de memoria) y con una sonrisa miro por la ventana al conductor de al lado, que de sólo verme también se ríe. Misión cumplida, pienso entonces.
¿Qué escucharás vos ahora? Me agarra un embotellamiento. Una hora para hacer veinte cuadras.
Ya estoy volviendo a casa. Quizás pare a comprar un chocolate de esos que tanto te gustan, o unas empanadas y un vino. Que sean los tres.

Apenas abro la puerta y ahí estás regando las plantas. Me mirás con una sonrisa que me da justo en el pecho y con tu manera perfecta me preguntas: ¿Qué tal tu día? Y yo pienso entonces que algunos días por naturaleza son buenos y que otros, como éste, los vamos haciendo buenos de a poquito.