MEMORIAS DE TIRAMISÚ II

Leer primera episodio

Cuando Marilú estaba casada con Valentín, en el edificio también vivía Fabiana, que estaba recién casada con Pablo. Fabiana era su amiga y una tarde Marilú fue a su casa a conversar porque se sentía angustiada por una de las tantas locuras de la colombiana metiendo sus narices en su matrimonio con Valentín, porque él no le metía, o no con la frecuencia que ella demandaba, lo único que a ella le importaba. La colombiana no era puta, ni mosquita muerta, ni muchísimo menos histérica, y evidentemente para nada incogible. No. Ella estaba loca.

En la biblioteca de la casa de Fabiana, Marilú encontró un libro que le llamó la atención por el dibujo de la tapa, en la que había una mujer gorda corriendo y con un vestido que se le había desgarrado y dejaba al descubierto uno de sus senos. Fabiana le dijo que el libro se lo había regalado Pablo y que a ella se le estaba haciendo pesado leerlo. A pesar de que el libro medía ocho centímetros de alto y tenía casi novecientas páginas, el gesto de Fabiana indicaba que el adjetivo “pesado” no hacía referencia al peso del libro sino a su contenido. Marilú lo abrió en las primeras páginas y en el final de la primera parte, la autora escribió: “Un consejo psicoanalítico, ve a recoger los huesos”. Fabiana se dio cuenta que le había entusiasmado y, naturalmente antes que seguir escuchando la letanía sobre la colombiana, empezó a darle charla con el libro y se lo prestó, ya que ella hacía un par de días que no lo leía y que no le molestaba prestarlo si de paso servía para distraer a su amiga de la evidente confusión por el amorío de su esposo.

Marilú se llevó el libro prestado y durante varios días comenzó a leerlo con un ahínco cada vez mayor, hasta que por la cotidianidad de las cosas, también dejó de leerlo un par de días y entendió lo que había querido decir Fabiana al revelar que el libro le estaba resultando pesado. Pero no era pesado el libro, ni era pesado el contenido. Pesado era hacerse cargo de lo que el libro decía. Estaba escrito por una psicóloga junguiana, y saber eso rápidamente le hizo querer saber un poco más de Carl Jung.

Pasó varios días en ese menester con “la sombra”. No sólo la sombra a la que Jung se refería, y que habitaba en la psique en las formas más extrañas a la manera de un depredador, sino con la simbiosis que había entre las sombra psíquica y la sombra de su esposo, ya que lo veía por las noches y a veces él llegaba ya cuando Marilú se había dormido. Esa visita casi onírica la llevaron a pensar que quizás su esposo era una especie de depredador psíquico de sus buenas horas femeninas veinteañeras en ese entonces.

Después de indagar en Jung, decidió retomar el libro y le resultó todavía más pesado. Así que asumió que no era un libro de esos que se pueden leer de corrido y que, dado que era un regalo que Pablo le había hecho a Fabiana, Marilú decidió devolverle el libro por dos motivos. El primero era que ella quería hacerse cargo de la pesadez del libro y llegar hasta el final (o hasta el fondo, dependiendo el ángulo de análisis), como eso le iba a llevar un tiempo, se compró un ejemplar propio, para así poder leerlo a su ritmo y adelantar, retroceder o releer hasta digerirlo. La gente dice a veces cuando hace referencia a un libro que le gustó, que se lo devoró. Este libro no podía ser devorado porque, en tal caso, podía indigestar el inconsciente. Había que desmenuzarlo antes de tragar cada párrafo. El otro motivo por el que le devolvió el libro a Fabiana fue que cuando empezó a darse cuenta que era un libro para hacerse cargo de leerlo, si Pablo le había regalado el libro a ella, quizás era para que se hiciera cargo de algo que él no le podía decir directamente y encontró la manera de hacerlo con un libro que le dijera a ella todas las cosas que él no sabía cómo. Entonces, era mejor que Fabiana se hiciera cargo de lo que Pablo quería decirle a través del libro, y si le resultaba pesado, entonces que se hiciera cargo de no hacerse cargo y que Pablo buscara otro método para decirle las cosas a Fabiana. Después de todo, Marilú no quería ser un obstáculo de comunicación entre ellos y si Pablo le preguntaba a Fabiana si había leído el libro, ella le iba a decir que se lo había prestado a su amiga porque ya no sabía de qué tema hablar con ella que no fuera la colombiana, Pablo le iba a decir a Valentín que por culpa de la colombiana Fabiana había prestado el libro que él le había regalado y Valentín le iba a decir a Marilú que qué tenía  que andar hablando con Fabiana de la colombiana y la colombiana se habría salido con la suya, esta vez sin querer, provocando una pelea más entre Valentín y Marilú por su causa.

Marilú no creía que Valentín haya pensado que la colombiana era una puta, una mosquita muerta, una histérica o una incogible, porque de hecho, cogía con ella, por lo cual lejos de sentirse afectado en su virilidad, se la vigorizaba, y como él se sentía muy hombre debe haber pensado que ella era muy mujer. Marilú tampoco pensaba eso de ella., pensaba que ella estaba loca. Con el tiempo, Valentín también se dio cuenta de eso. Lástima que para ese entonces, Marilú ya lo había dejado porque pudo digerir el libro, la historia de la colombiana en sus vidas y, sobre todo, porque se había dado cuenta de que Valentín era un varón, no un hombre, y aunque ella no estuviera muy cuerda, era más mujer que la colombiana y por cierto, estaba mucho menos loca.