Otro abrazo

Enamorado 4

Llegué al palier de tu casa y me saqué las botas. Había un reguero de barro que delataba mis pasos. Llamé a tu puerta y me saqué la campera sucia. Traté de sacarme el suéter lleno de polvo, pero abriste y me abrazaste, y tardé un poco en cerrar mis brazos. Olías a flores. Y te abracé, y sentí mi suéter recriminándome ser tan descuidado. Imaginé mis brazos pintados de sepia en la espalda impoluta de tu suéter-remera… “Pasá”, me dijiste, pero esta vez me saqué el suéter en el umbral de la entrada mientras miraba tu living. Brillaba. Verlo ya era un descanso. Pasé. Mis medias olían a humedad, por suerte sólo a humedad, y me acerqué a la estufa donde en poco tiempo se secaron. Sentí vergüenza de que vos, la reina de lo limpio y las fragancias, la emperadora de las cosas lindas y suaves tuvieses que tolerar el áspero olor de mis medias mojadas, pero o disimulaste o no sé, porque no te descubrí ninguna mueca de desagrado en tu cara. Tus ojos estaban chiquitos, reías. ¿Cuándo me gané este premio? Me siento un ladrón que viene a llevarse la alegría y la paz sin dejar nada a cambio. “¿Querés un mate?” Por favor, te respondí, pero ya caminabas. Afuera lloviznaba, pero lloviznaba después de días de estar lloviendo, días de barro y de frío. Otra vez aroma de flores, y giré, pasabas a mi lado yendo a la cocina. Y te miro pasar. ¿Cuándo me merecí este regalo yo? ¿Cuándo? Me preguntaste por el trabajo, por mis días, y yo pensaba en mi casa, en los cascarudos apiñados debajo de la ventana, las marcas de los dedos en los estantes de mi biblioteca, la tierra de abajo de la mesa… Voy a limpiar todo, voy a enjuagar los pisos, a sacudir las cortinas, y te voy a invitar a que traigas tu sudor de flores y menta, pensaba, pero no te lo dije, no quería dejar en evidencia lo que vos callabas piadosamente. Y no sé bien que hablé que reventaste en una risa genial y no sé, me sentí limpio, me sentí aceptado. Igual me apoyé en la mesada para no usar la silla con el almohadoncito amarillo y verde. Hablabas indiferente al aroma de las tostadas que no te había pedido pero que te convencías de que quería. Y me senté. Me contabas todo, todo lo que tenías en la cabeza. Ya me estaba relajando, me sentía mejor. Te me acercaste porque estabas hablando del pelo y no sé que dijiste del mío, y me agarraste unos mechones, pasaste tu mano… y suspiré, y sonreí. Y tomamos mate, comimos tostadas, nos reímos, nos contamos cuentos, y antes de que oscurezca te dije que tenía que irme, que los caminos estaban llenos de barro, que quería cruzarlos con luz. Y me abrazaste, y te abracé fuerte. Te abracé por ese abrazo y por el que no te pude dar cuando llegué. Te abracé por hacerme sentir tan bien, por hacerme sentir querido. Te abracé por tanta risa, por sentirte cómplice. Te abracé y salí al palier. Mientras me ponía las botas me hablabas y te reías. Y me fui, cerraste la puerta atrás mío y me fui. Pero listo, yo ya había perdonado mi lado tosco y bruto, y me había prometido ser mejor, ser más limpio, más delicado. Me había prometido lo de siempre, lavarme las manos, limpiar la casa una vez por semana… miles de cosas que no podría cumplir, pero que vos en otra visita me redimirías y me harías sentir aceptado, y me harías reconciliarme conmigo mismo otra vez, y cada vez. ¿Estoy enamorado? Hace tanto que no estoy enamorado… Pero no, no estoy enamorado. Esta sensación es la que te deja alguien cuando te hace sentir mejor persona. Esta sensación es el otro amor.

Enamorado 1