El hombre inconstante

Amo la vida sí la amo porque la veo brillar en cada amanecer que se convierte en mis ventanas la disfruto en el café y las tostadas que preparo todas las mañanas del calendario que se deshoja en mi mente me deshojo y vuelvo a nacer soy el calendario soy los tiempos que no me alcanzan para disfrutarme en los tonos del fuego y los días de hielo también la escucho cantar esos temas de rock and roll que me recuerdan la historia de mi primer beso en una fiesta donde perdí el ritmo de la timidez y la vergüenza al conocer otra especie de cielo en la mirada y la melodía carnal de la bella Eunice qué mujer qué mujeres mejor dicho pues desde ese momento cada muchacha que pasa frente a mis ojos tiene algo de ella algo que no me atrevo a escribir a medias tintas porque antes que la tibieza humana prefiero la punta de la flama o el cero absoluto pero la vida no solo se trata de escribir o rayar por rayar nuestras páginas blancas creo que uno debe sentir la piel de las horas y dejarse llevar en el camino y voy caminando dos pasos dos cuadras no falta mucho bah en realidad falta un siglo no sé por qué tengo la maldita costumbre de perder la paciencia mi psicólogo suele decirme que cuando eso ocurra debo soltar un par de puteadas insultar el aire no a las personas claro aunque a veces me gustaría desquitarme con tantas caras del mundo ellas tienen la culpa de que a veces desprecie mi propia existencia las distintas formas de injusticia la gente que me besa la mejilla y me traiciona ni hablar de los rechazos y abandonos uh y las humillaciones quién me manda a ser tan buenudo tal vez por eso las cosas con Eunice no funcionaron la perdí aunque nunca fue mía la perdí de puro zonzo y sin dignidad ella no me odia pero yo odio la vida a veces me gustaría desaparecer no en este preciso instante obvio tres pasos me parece que falta menos de lo que imaginaba sí lo mismo de siempre pienso demasiado y tiendo a magnificar las pequeñas cosas sin importancia pero no es tan malo valorar otras nimiedades endulzar detalles que me alegran el alma como salir a correr al parque en la lluvia o el día soleado jugar a los pájaros con un niño sentarme en un cerro y contemplar desde ahí las estrellas trazar metas a corto y largo plazo para que mis acciones tengan sentido pues la vida es un tesoro una cumbre un hermoso trayecto me hubiera gustado tener esa mirada cuando Eunice me aconsejaba que debía bajarles un cambio a la tristeza y las obsesiones sí me hubiera encantado lucir esa óptica aquella última noche en que ella cantaba nuestra peor canción en la ducha mientras subía el grifo del agua fría y ahora ni siquiera puedo disminuir la velocidad de mis pasos siete pasos mucho menos de una cuadra pero igual falta bastante no aguanto más dan ganas de bajar los brazos imitar sin preocupaciones la soledad del cuervo que descifro en mis noches asumir que mis historias tienen principio nudo y nudo dormir a la orilla de un río astral y no volver a despertar en esta realidad no sé lo que hago definitivamente la odio odio la vida también a Eunice diez pasos una esquina tan distantemente cercana no falta nada sí la verdad que del amor al odio hay un solo paso por eso sigo enamorado de ellas ambas son la misma luz el mismo sabor a éter y tierra anhelada la misma ausencia ellas eran en efecto lo que soy y hoy somos el velorio la culpa el tormento al que me cuesta renunciar pero renuncio hay una forma de resolver estos polos sí será la solución no se me ocurre una mejor idea pasos pasos incontables pasos en cualquier momento dejo de correr es solo cuestión de metros indefinidos falta poco muy poco parece un nuevo kilómetro pero no ya estoy acá… ‘‘¡Fui yo! ¡Fui yo, señor comisario! ¡Yo maté a los tres!’’.