LA PEOR DE TODAS

Allá por 1694  Juana Inés de la Cruz firmó con su sangre una declaración en la que se asumía como la peor de todas y pedía perdón por ello. Se le recriminaba ser una teóloga erudita que había osado saber más que todos los teólogos de la Nueva España y por ello valerse el favor del Virrey al convertirla en la tutora de su hija. A ella no le interesaban el título ni el trabajo, sólo quería poder entrar a la biblioteca y tomar clases en una época en la que esas actividades estaban reservadas sólo a los varones, incluso trató de hacerse pasar por hombre para entrar a la universidad. No fue sólo eso, sino que su talento para la escritura se evidenció en versos de amor y pasión que fueron de lo místico a lo mundano, al punto de lograr que las Virreinas que la conocieron se convirtieran en sus mecenas.

¿Cómo podría ella, con una vida casta, escribir versos que despertaban en las mujeres de la Corte española el deseo de ser amadas fervientemente, de manera tan proclive a la indecencia y la inmoralidad? No, no podía porque era casta y no podía por ser esposa de Cristo.En realidad, tampoco podía porque era mujer y para peor, bastarda, incasable con un hombre de buena familia. Tenía tres opciones: ser sirvienta, cortesana o monja. En ningún caso podría estudiar. Lo hizo a escondidas, leyendo por las noches cuanto libro caía en sus manos. El Obispo llegó a decirle que pocos tenían tantos dones de Dios como ella y que si quería escribir, él sería el primero en aplaudir tales dones, pero que lo hiciera como Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, tal el nombre con el que su madre la bautizó, pero debía renunciar a su nombre religioso Sor Juana Inés de la Cruz, como la conocían y elogiaban en España, al punto de ser equiparada con el gran Quevedo.

Siglo XXI, por suerte las mujeres estudiamos y tenemos más opciones que las de Juana Inés. Aunque el devenir de los tiempos nos ha dado más libertad de acción, de palabra y reconocimiento de dignidad, acarrea como consecuencia también mayores peligros. Podemos ser acusadas de cosas que no imaginamos a causa de la expresión de pensamiento y aunque esas expresiones no desatan cismas religiosos, ni nos condenan a la hoguera o la horca por herejes, atentan contra patrones de poder culturalmente establecidos y eso genera, al menos, incomodidad.

¿Cómo puede una mujer que es madre estar a favor de despenalizar el aborto, poner el foco de la responsabilidad gestacional en el hombre y considerar cómodos, hipócritas y egoístas a quienes acusan a la mujer por concebir sin cuidados, sin ser juzgada como la peor de todas e incluso poner en tela de juicio su sexualidad? Debo dar algunas explicaciones al respecto ya que ante una exposición mía sobre anticoncepción masculina en un espacio ajeno a este, uno de mis compañeros de editorial, utilizó esas afirmaciones para escribir una nota de opinión a partir de mis dichos que, según su argumentación, no son sólo míos sino que responden a un vasto grupo de personas con el mismo pensamiento en relación al género masculino. Es válido que haya usado mis palabras como punto de partida, puesto que mi exposición fue pública. Muchos tuvieron acceso a esa lectura, sin embargo él fue el único que decidió hacer una nota sobre eso, lo cual en primera instancia me honra y en segunda, me obliga a usar el mismo medio para que quien no me leyó en ese otro espacio, pueda acceder a mi réplica y tomar posición, si lo desea, habiendo leído ambas notas.

A los lectores poco les importan las motivaciones personales de un escritor y por eso mis declaraciones en cuestión fueron en un medio ajeno a este, en donde no me valgo de personajes literarios porque todos saben quién soy y como pienso. De todas maneras, me alegro de lo sucedido y celebro la vehemencia. Le pedí un derecho a réplica y en virtud de la libertad de expresión, henos aquí. Entiendo que este intercambio público de pareceres, enriquece el espíritu del amplio abordaje y la heterogeneidad de miradas que caracteriza a este espacio.

Para comenzar, voy a citar textualmente el primer párrafo de su nota, que no es cita exacta ni completa del párrafo escrito por mí. Escribió él: “Hace poco leí una nota de una amiga que decía que la mujer tenía cinco días fértiles y que el hombre lo era todos los días, y que la responsabilidad gestacional sigue recayendo sobre la mujer incluso si al hombre no le importasen su hijo ni su madre, entre otras cosas. Y remataba: ˝Cómodos, hipócritas y egoístas˝.”

Si bien él, voluntariamente o no tanto, excluye el final de mi publicación, en donde digo que es hora de hablar de anticoncepción masculina, se vale de esta afirmación para entender que yo estoy a favor del aborto y en los párrafos que siguen en su nota, descalifica un pensamiento que, él entiende, pretende excluir a los hombres a un lado del debate por su despenalización al ser considerados no aptos en tanto género en cuestión.

Un fiscal preguntaría: ¿ratifica o rectifica? Pues bien, no puedo ratificar ni rectificar algo que no he dicho expresamente y lo que he dicho ha sido descontextualizado para otros fines que son absoluta responsabilidad del sujeto que lo ha hecho. Puedo sin embargo afirmar que estoy en contra del aborto pero a favor de su despenalización. Suena contradictorio, así que voy a explicarlo.

A las cinco semanas de mi primer embarazo, habiéndome enterado hacía pocos días de que estaba gestando, tuve una fiebre alta. Fui al médico muy preocupada, tanto que para mi tranquilidad, el obstetra encendió el ecógrafo y ahí lo vi, era un punto destellante en la oscuridad de mi útero. Cerca del destello había un fragmento más grande que permanecía quieto: el “saco vitelino”, aclaró el médico. Para que yo me quedara más tranquila, subió el volumen y pude escuchar el latido, como una tropilla enardecida. “Está todo bien”, aseguró. Dos semanas más tarde, una pérdida de sangre me indicó que no estaba todo tan bien. Y en efecto, esta vez el ecógrafo no mostraba ningún destello, sólo vacío en el medio de un endometrio que empezaba a desprenderse. “Estás cursando un aborto espontáneo”, diagnosticó y agregó: “por las pocas semanas de gestación, calculo que no será necesario hacer un legrado, vas a eliminar todo naturalmente”. Volví a mi casa en silencio, fui al baño y observé el apósito en donde iba cayendo “todo”. Una imagen difícil de olvidar sobre todo si nunca se me pasó por la cabeza la posibilidad de terminar voluntariamente con un embarazo.

Unos meses más tarde me quedé embarazada nuevamente y el miedo era mi compañero cotidiano a pesar de que no había motivos para temer. De ese embarazo nació una hija que ya es adolescente. Hablé con ella hace poco sobre el aborto y el debate que se estaba dando en relación al tema. Tiene una posición clarísima en contra. Yo también, pero estoy a favor de su despenalización. No comparto en absoluto los argumentos de quienes hablan de vida o no vida antes de determinadas semanas, yo escuché el corazón de mi hijo latir a las cinco semanas de gestación mientras era sólo un destello parpadeante en mi útero, “una malformación, un quiste, un tumor”, diría mi compañero en su nota, quizás ironizando el pensamiento abortista que, él entiende, yo avalaría con mis dichos. No comparto el argumento de que la mujer es dueña de su cuerpo y puede extirpar de él todo aquello que le moleste, tanto si es un lunar, un tabique prominente en la nariz o un par de costillas flotantes que engrosan la cintura. No, un hijo no es un lunar, y es bastante menos peligroso que un tumor en el interior de un cuerpo. Por eso estoy en contra del aborto. Un hijo no sale del cuerpo de su madre sin secuelas, aun cuando haya que hacerlo por razones de fuerza mayor. Y estas razones de fuerza mayor, ya sea para continuar un embarazo o interrumpirlo, son tan inescrutables en cada mujer como gestaciones hay. Por eso, a pesar de estar en contra del aborto, apoyo su despenalización por considerar que no es un asunto en el que el Estado deba intervenir más allá de la prevención.

Hace unas semanas, manifesté públicamente que los gobernantes de turno están usando a las mujeres para un circo en donde se exponen los temas de la intimidad femenina como la fecundidad, la subrogación de vientres, el aborto, los abusos, los femicidios, todo en un marco bizarro de foro romano, con la intención de ganar adhesión popular. No les importamos las mujeres en absoluto, y lo están haciendo con un machismo manipulador y violento digno de ser estudiado. Sin embargo muchas mujeres también caen en este juego sin darse cuenta de que están avalando una carnicería, una caza de brujas posmoderna. Porque el tema no es el despenalizar el aborto para matar bebés, el tema es rotularnos a las mujeres como presuntas asesinas, un ejército de histéricas incontrolables sin corpiño sólo porque los hombres le temen a la vasectomía o prefieren el sexo sin preservativos.

La supremacía que nos otorgó la naturaleza al gestar no nos libera de la responsabilidad al fecundar. Matices morales, religiosos y filosóficos aparte, dije que la fecundidad de la mujer se reduce a cinco días al mes durante, como mucho, treinta y cinco años de nuestra vida, dependiendo de la cantidad de óvulos con los que hayamos nacido en nuestros ovarios. Podemos ser fecundadas una sola vez al mes, y si es exitoso el caso, sólo una vez cada nueve meses. El control de la natalidad femenino es natural, impidiendo incluso una nueva fecundación mientras la mujer amamanta, por inhibición hormonal. Aun así, la industria farmacéutica ha hecho millones desde que inventó la píldora anticonceptiva. No importa que el exceso de hormonas en el cuerpo nos provoque cáncer, importa que podamos evitar un embarazo. Por su parte, el hombre puede fecundar cada vez que quiere (si lo quiere), incluso varias veces en un día si le apetece, todos los días desde su pubertad y mientras su órgano genital sea capaz de eyacular. El único límite a esa omnipotencia es que si quisiera hacerlo más de una vez cada nueve meses, necesariamente necesita más de una mujer. Sin embargo, la responsabilidad de la gestación y el control de la natalidad sigue siendo una carga social femenina. ¿Por qué? Porque ponemos el cuerpo, el cuerpo del milagro o el cuerpo del delito en materia gestacional siempre es el de la mujer. Juicio social que considero hipócrita, cómodo y egoísta por parte de quienes señalan con el dedo a la mujer y parecen no tener en cuenta que hasta hoy en día no podemos autofecundarnos. Y terminé mi exposición diciendo que es hora de hablar de anticoncepción masculina.

Mi argumento era más numérico que filosófico. Si había tantos abortos clandestinos y las mujeres claramente estamos muy determinadas a pocos días para ser fecundadas, el análisis estaba fuera de foco. Nadie está mirando a los hombres que fecundan y que, si quieren, tienen la condición fisiológica de hacerlo cuando les plazca mientras no exista un filtro que evite a los espermatozoides llegar hasta el óvulo una vez que se ha producido la ovulación. Sobre esto me desasnó mi ginecólogo cuando me colocó la vacuna contra el HPV, que ahora es obligatoria para todas las niñas entre 11 y 13 años. Él me dijo que era inútil vacunar a las mujeres si no se vacunaba a los varones. Lo miré extrañada y él amplió su argumento: “está claro que la vagina es un nido en donde habitan hongos, bacterias propias y algunos virus que vienen del exterior, o sea, el hombre que gentilmente aborda el nido, que viene de un nido anterior en donde ya anidó otro pájaro y va a otro nido luego, al cual llevará los restos de los otros nidos visitados”. La teoría del picaflor, pensé. No hablaba de parejas promiscuas, se refería a parejas que empiezan y terminan y luego tienen otras parejas que como empiezan también pueden terminar. Como mínimo, dos nidos y dos pájaros con el mismo gusanito dando vueltas, si es que a alguno de ellos además no se le había ocurrido ser infiel y aumentar la cadena de posibilidades. Para mi ginecólogo estaba claro: el que contagia es el hombre, y el que fecunda, también. Puede ser que mi ginecólogo sea feminista, nunca se lo pregunté. Yo creo más bien que es un tipo pragmático y bastante coherente.

Lo sorprendente de mi historia personal con la maternidad, de mi posición frente a la despenalización del aborto y la argumentación de mi médico en cuanto al papel del hombre en estos asuntos, me han valido el juicio de “hembrista” (no sólo yo, sino todos los que piensan como yo), por lo que leí en los comentarios de la nota que replico. Parece que los adjetivos “cómodos, hipócritas y egoístas” tocaron la fibra íntima de mi compañero editorial que salió a refutar esa calificación en nombre de todo su género. Pasó por alto que mi remate no fue ese, sino la necesidad de hablar públicamente sobre la anticoncepción masculina, pasando la carga de la prueba al inquisidor. Leyó “cómodos, hipócritas y egoístas” y el ego saltó a la yugular.

No voy a mencionar a quienes comentaron mi estado, ni qué tan de acuerdo, o no, están con mis afirmaciones. No voy a mencionar si esas personas están a favor o en contra del aborto. Ni voy a caer en el facilismo de decir que hablo en nombre de un grupo o adhiero a la postura de alguien. Acá sólo expongo lo que pienso yo, en primera persona y sin matices.

Sorprendida, leí razonamientos que no se los atribuyo a él, sino como él mismo explica, a quienes (él entiende) piensan como yo. Algunos de ellos son irónicos, como que las mujeres no queremos a los hombres opinando sobre aborto porque ellos no son mujeres y no saben lo que se siente ser mujer y encima gestando, pero que las mujeres podemos hablar de los hombres y de muchas otras cosas sin haber pasado por la experiencia porque nosotras “lo sabemos todo”. No me hago cargo, no escribí eso, ni lo pienso. Y aunque no tengo la menor idea cómo se siente una vasectomía, intuyo que debe ser bastante menos complejo que una ligadura de trompas y desde luego mucho menos perjudicial que tomar píldoras anticonceptivas. Leí razonamientos agresivos como que las mujeres culpamos a los hombres por una malformación en nuestro cuerpo hasta la semana doce de embarazo, y que después “mágicamente” nos transformamos en madres emocionadas y abnegadas y a partir de ahí vamos a refregarle en la cara a cualquier hombre que somos capaces de hacer algo que ellos no. Lo niego, no es refutación a mi argumento, sí en cambio una agresión infundada por una lectura mal hecha de mi discurso. Leí razonamientos machistas también, como que si tan conscientes somos las mujeres de nuestra vulnerabilidad ante la infalible fecundación masculina, una vez más quienes debemos evitarla somos las mujeres, so pena de ser consideradas poco más que sujetos de violación o incapaces mentales para decidir. ¡¿Qué?! ¿Eso es lo mejor que se puede esgrimir para justificar que el hombre no se coloque un preservativo si la mujer no lo obliga? Lo peor quizás fue leer que antes de la semana doce, el padre del “quiste” es considerado un intruso sin derecho a opinar y que luego de ese tiempo, cuando el quiste se convierte en ser humano le cae todo el peso de la ley para hacerse cargo de la manutención, otorgarle un apellido y encima amarlo. Repito que no dije eso, ni lo pienso. En todo caso, a quejarse con Vélez Sarsfield por el peso de la ley, porque Vélez Sarsfield era feminista, seguro… No hay razones de peso histórico, ni jurisprudencia que pruebe que si un hombre no es obligado por la ley a hacerse cargo de un hijo que no quiere, lo hará. Al hombre que no quiere hacerse cargo de su paternidad lo obliga la ley porque a la mujer la obliga la naturaleza de su cuerpo. Sin embargo, el hombre abandónico va libre por la calle mientras que la mujer que aborta es sujeto de punición penal.

Le concedo a mi compañero el argumento de que los padres de un hijo no deseado puedan tener opción a elegir y que en esa libertad de elección quieran evitar el aborto. Bravo, si los hombres hicieran uso de ese derecho, la mujer no se vería en la disyuntiva de abortar, y me atrevo a afirmar que en la mayoría de los casos, los padres del niño por nacer en cuestión, son quienes pagan el aborto. Pero con su argumento él me da la derecha en el remate de mi argumentación sobre la necesidad de hablar de anticoncepción masculina, que aunque excluye de su análisis, sería un debate a tener en cuenta antes de plantear la acción punitiva exclusivamente en la mujer.

Y luego, remata él con el juicio: no hay una sola persona que esté a favor del aborto y que defienda su postura de modo que no sea vomitando todo tipo de insultos que dejan a los hombres como basura y que las mujeres debemos en ese caso, resolver nuestro problema con la sexualidad.

Mi compañero no recogió el guante de la anticoncepción masculina que yo lancé al aire, en cambio, yo sí voy a detenerme en esta generalización denigrante de la naturaleza masculina hecha por un hombre, ya que yo nunca juzgué a un hombre como basura, y el concepto carente de sustento al afirmar que una mujer que emite un juicio negativo de valor sobre el hombre en tanto género, debe resolver su sexualidad.

Acá va lo que, entiendo, es la médula del patriarcado y que Juana Inés de la Cruz vivió en carne propia: si una mujer no es una madre amorosa dedicada a las buenas costumbres de la sociedad en la que le tocó nacer y agradecida al hombre que le da la buena vida, sea padre, esposo o amigo, es una puta o una lesbiana, incluso siendo monja. En el caso de “cómodos, hipócritas y egoístas”, se trata de adjetivos que atribuí a un grupo social de hombres y mujeres que suelen usar “puta” o “lesbiana”, cuando no “asesina”, no cómo adjetivo sino como sustantivo, descalificando con cierta sorna a mujeres con una elección de ejercicio de su sexualidad no compartida por una mayoría que se siente superior al acatar los mandatos morales que considera válidos y excluyentes. Despojando a putas, lesbianas y abortistas de capacidad para expresar la percusión que yace en el interior de un útero sangrante otros cinco días cada mes si no hemos sido fecundadas, durante todos los años de fertilidad que tengamos. El útero sangrante no conoce culturas, ni pensamientos, ni juicios de valor, ni clases sociales, ni mandatos de poder. Es un nido que por acoger no nos quita capacidad de elegir y por elegir, no dejará de sangrar.

Deseo con todas mis fuerzas que hombres y mujeres, por el breve espacio de la duda que antecede al orgasmo inevitable, nos permitamos la opción de ser responsables con nosotros mismos y ocasionalmente con una futura vida por venir. Que dejemos de lado el conservadurismo rancio y pongamos los preservativos hasta en el Mc Combo y vayan de premio al que se tomó más de dos fernet. Porque siempre es más barato prevenir que curar y sin duda es mejor hablar que castigar. Me interesa la salud pública y que nuestros impuestos dejen de ir a parar a los sueldos de mojigatos que abren la boca desde la comodidad de una banca, en la hipocresía de un discurso político y con el egoísmo de los intereses de los pocos adeptos a los que representan, y con ello pretenden ganar más en nombre del feminismo, el machismo, el hembrismo, el patriotismo, el liberalismo, el catolicismo, el laicismo, y todos los ismos que bien jodido nos han dejado el siglo.

En todo caso, si mis palabras y acciones despiertan pasión y juicio a favor o en contra, bendito el esperma que fecundó el óvulo de la madre que luego de nueve meses me parió. Bendito el cuerpo que engendró a mi seguidor y también a mi oponente. Bendita la letra malparida no asumida como error y bendita también la que aborté con tachones sobre la hoja o con el Control Suprime del teclado inquisidor. Grande es el pensamiento que ilumina y evidencia las sombras del temor aunque sea con el fuego de la hoguera mediática. No soy justa al juzgar, por tanto no espero vuestro juicio como justo, sólo me regocijo en tentar al ego mentiroso, fiscal bufón payasesco cual marioneta suicidada con los hilos enredados de la historia que teje la historia y va girando los espejos.

Me alivia no ser tibia si la sangre me hierve con la iniquidad.  Si me acusan sin razón, no los llamaré necios, voy a darles los motivos para que sin margen alguno de error desconozcan la honra en con la que me visten, afirmando que de todos a quienes juzgan, yo no pretendo una sentencia laxa y olvidable. Más bien agradezco la severa condena sin condescendencia de ser llamada por ellos y a causa de mi pensamiento, puta, lesbiana, resentida o ignorante, mala madre y desagradecida, hereje o anarquista, desgraciada y asesina. Lo que sea ¡que venga!, me lo banco como una más y la peor de todas, que no soy la primera ni seré la última. Puedo dudar de lo que pienso, pero aquello que afirmo puedo, sin temor, repetirlo porque ya estoy bien convencida y por eso, de lo que digo jamás me arrepiento.

Entiendo que mi compañero editorial no se considera un hombre que abandonaría a una mujer a la que ha embarazado, por lo cual celebro que se haya sentido ofendido con afirmaciones que no lo incluyen porque no tiene lo que él llama “el genoma cobarde”. Soy una mujer que no abortaría a su hijo y por lo tanto no tendría relaciones sexuales con un hombre sin usar una protección que evitara un embarazo y no me siento por ello una hija del patriarcado, sin embargo no puedo ser indiferente al sentir de mujeres que no piensan como yo en materia de control de la natalidad y escribo sobre eso no porque “lo sepa todo”, sino porque soy una adulta responsable y me he ganado el derecho de expresar lo que pienso.

Hablamos aquí de embarazos no deseados. Queda a los lectores definir si en esos casos, el hombre que se desentiende es una basura, o la mujer que aborta es la peor de todas. Y más aún, los adjetivos detonantes: ¿Son cómodos, hipócritas y egoístas quienes acusan a la mujer y eximen al hombre de su responsabilidad en la fecundación y posterior interrupción de un embarazo?

Para finalizar, recomiendo la lectura de la obra de Juana Inés de la Cruz, en especial su poema “Hombres necios que acusáis”, cuyos versos utilicé en la imagen de este artículo.