El caso del circo

Circo 1

Ocho primaveras atrás llegó a la comisaría una denuncia de lo más inusual. Resulta que el circo había comenzado su temporada de pueblo en pueblo como cada año, pero esta temporada se había renovado con un show nuevo que tenía como principal atracción a la mujer barbuda y su ópera. La gente se atoró en la puerta para entrar a verla y en las primeras semanas se llenó cada función hasta la última butaca. Todo se vio alterado unos días más tarde cuando cayeron por fin en el pueblo de donde su máxima atracción era oriunda, o debería decir oriundo, porque la denuncia acusaba a la mujer barbuda de ser un hombre, y el denunciante no era otro que su ex novia de la primaria, quien al reconocerlo había estallado en gritos y vergüenza dejando al descubierto a todo el público presente de la mentira en la que les habían hecho creer.
Cuando recibimos la denuncia llamamos a todo mundo a tomar declaración y así fue como me encontré yo en mi oficina con dos personajes que jamás pensé tener delante. Apenas llegaron, la comisaría entera detuvo el trabajo para sacarles fotos y pedirles autógrafos, ya que aquel circo era el mismo que habíamos visitado de niños y todos teníamos en nuestra memoria la cara marcada del presentador, que resultaba ser también el dueño. Era un tipo petiso, absolutamente pintoresco, con un bigote fino que casi le tocaba las orejas, unas cejas que parecían tener vida propia y un cuerpo al que parecía no pasarle el tiempo. Junto a él venía el denunciado, completamente lista para el show, con un vestido de época rojo, unos aretes brillantes y una barba de unos cinco centímetros que lo hacía a uno rever un poco su sexualidad ya que, de no decirlo en su documento, cualquiera juraría que aquella era una dama.
Se sentaron en la oficina y pude ver como por los pasillos pasaban oficiales cada dos por tres y miraban con curiosidad hacia adentro.
-Me gustaría saber de qué se trata todo este asunto. –Dije cerrando la puerta y volviendo a mi silla.
-Se nos acusa de fraude inspector. –Contestó el hombre del bigote fino casi con asco.
-Por lo que sé, los están denunciando por falsa identidad.
-Así es. –Contestó con rabia. –¡Y nos han hecho perder una fortuna! Debería ser yo quien los denuncie a ellos.
Yo encendí un cigarrillo.
-A ver si entiendo bien señor…
-Donoso. Aldo Donoso. –Dijo con orgullo.
-Señor Donoso. Lo que la denuncia implica es que usted presenta en su show a una mujer barbuda que en realidad es un hombre, y por lo que dice aquí su documento de identidad, el nombre del acusado es Manuel Jiménez, de sexo masculino.
-Así es. –Contestó rasante. Su compañera no pronunció palabra.
-Entonces usted estará de acuerdo que la denuncia es válida.
– ¿Válida? ¿Pero de qué validez me habla inspector? Si el circo se basa en engaños para subsistir. Ahora falta que le descubran algún truco al Mago Negro y nos denuncien porque no es verdadera magia. ¡Pero por favor! –Contestó molesto. Era raro finalmente tener la oportunidad de hablar mano a mano con un hombre que durante toda mi infancia había sido un ícono de risa y alegría, y ahora verlo así de descarado, de insolente y malhumorado.
-Distinto sería el caso. La magia se sobreentiende que tiene un tinte de engaño o ilusión, pero en este caso usted está vendiendo algo que no es. Sería como si en el show del elefante presentara una vaca con tacos y una manguera en la trompa, ¿me entiende?
-No. No lo entiendo en lo más mínimo. Quizás sea usted muy joven para comprender como se maneja un circo. Antes, cuando los circos eran el lugar más maravilloso del mundo, nadie jamás se hubiese animado a cuestionarlos. La gente iba y disfrutaba, quería ser sorprendida, lo esperaba todo el año. Ahora filman todo con sus malditos celulares, nos sacan fotos, nos cuestionan. Están matando al circo, ¿se da cuenta, inspector? –Dijo con nostalgia.
-Lo entiendo, créame señor Donoso. Yo pasé mi infancia viéndolo a usted hacer las presentaciones más maravillosas y son recuerdos que tendré para siempre, pero en los días que corren todo el mundo tiene algo para decir, sino dígamelo a mí que soy policía, nos cuestionan a cada minuto.
-Lo sé, y por eso espero que me entienda. Lo importante es lo que la gente crea, y no la realidad. De eso vive un circo. La gente va al circo para eso, para escapar de la realidad por un rato. –Concluyó.
Yo medité en silencio un momento. Era un tipo muy convincente, y en cuanto se le había puesto cuesta arriba la conversación la había manipulado de muy buena manera para quedar como la víctima. Don Donoso no era ningún caído del catre.
-Muy bien. –Dije unos segundos después. –Lo que quisiera saber ahora es si la acusada ha decidido vivir su vida como una mujer o si tan solo es un personaje que monta para el show. –Pregunté.
– ¡Es su elección de vida! –Contestó el hombre de inmediato, sin dejar hablar a su empleada.
-Quiero escuchar la respuesta de ella misma si no lo molesta. –Retruqué yo.
La muchacha miró a su jefe un momento.
-Es mi elección de vida. –Contestó tímidamente, con una voz que nada tenía de hombre.
-Esto cambiaría mucho las cosas ¿saben? –Les dije. Los dos asintieron. ¿Y por qué nunca hizo el cambio de sexo en el documento?
Los dos callaron durante un momento.
-Es que como estamos siempre viajando no ha tenido tiempo de hacer el trámite. –Contestó otra vez el presentador.
-Le dije que quiero escuchar las respuestas de parte de la acusada. –Me molesté. –Así que si no le molesta le voy a pedir que me deje a solas un momento. –Pude ver en su cara un poco de desesperación.
-Cómo no inspector. –Dijo dándole una mirada fulminante a su empleada antes de abandonar la sala.

Aguardamos en silencio hasta que cerró la puerta.
-Ahora sí. –Dije acomodándome en mi silla. –¿Cómo es su nombre?
-Marla. –Contestó dándome la mano.
-Encantado señorita Marla, ¿por qué no me cuenta un poco de usted? –Y con eso la muchacha me empezó a contar de su niñez, de su pueblo, de sus padres, del colegio y de cosas así, sin importancia. Yo solo quería que se relajara. Cuando le pregunté por qué se había unido al circo me dijo que quería viajar y que al venir de una familia pobre no había encontrado mejor manera. Yo me sentí satisfecho con su declaración, pero algo no terminaba de cerrar, así que la despedí con un apretón de manos y cuando estaba por abrir la puerta para salir le dije. –Manuel. –Y ella volteó de inmediato. –Que tenga suerte. –Y salió de la oficina.
Con esa pequeña prueba me dije a mí mismo que tenía que hurgar un poquito más para estar seguro de que tanto Marla como el señor Donoso decían la verdad, y que la denuncia no tenía validez alguna.
Me fui entonces hasta el despacho del jefe y le conté lo que había ocurrido, pero no obtuve de él la respuesta que esperaba. –Arréglese como pueda en esta Pérez que estamos hasta los cuernos de trabajo. –Me dijo, y así lo hice.
Pasé el resto del día buscando información sobre Donoso y Jiménez, pero no encontré nada en los registros más que algunas deudas que había dejado el cirquero repartidas.
En la computadora busqué los horarios de las funciones. Había que pegarles una visita.
La última función comenzaba a las veintidós horas. Calculé que alrededor de la media noche ya estaría terminada, así que después de cenar dos sánguches de milanesa me puse el sobretodo gris y partí para el circo.
Apenas llegué ya todo estaba apagado. Fui hasta la entrada principal y di un par de aplausos que retumbaron en el medio de la noche como cuando voy a verlo a mi viejo al sur. Nadie salió a recibirme. Aguardé unos minutos más mientras fumaba un cigarrillo. En eso una chica apareció por detrás de uno de los tráileres.
-Buenas noches. –Dije en voz alta.
-Está cerrado. Mañana a partir de las seis se venden las entradas. –Contestó la chica.
-Estoy buscando a Marla.
– ¿De parte de quién?
-Del oficial Pérez. Necesito hablar unos minutos con ella. –Grité.
-A ver. –Y desapareció.

Esperé unos segundos, pero mi impaciencia no me dejó quedarme quieto y me adentré en el lugar. Estaba lleno de barro mezclado con paja y un olor imponente mezcla de mierda de animales con aceite quemado. Pasé por delante de dos jaulas en las que dormían un raquítico león y un mono que apenas me vio se escondió en lo oscuro. Hice un par de pasos más y escuché una voz que salía de una de las carpas.
– ¿Está acá? ¡La puta madre! Decile que no está, que ya se fue a dormir, que vuelva mañana.

Yo me volví sobre mis pasos y aguardé en la entrada. Dos minutos después salió la muchacha y con muy buena cara me dijo que Marla ya estaba durmiendo, que volviera mañana en la mañana. Yo le agradecí, subí a mi auto y partí. Dos cuadras más adelante apagué el motor y las luces, y me volví caminando por la parte de atrás para ver qué era lo que estaba pasando en ese lugar.
La verdad es que si hay un lugar que no tienen ningún tipo de seguridad ese es un circo. Como pancho por mi casa entré sin pedir permiso, y aunque un par de perros ladraron al verme llegar nadie salió a mi encuentro. Caminé despacio por detrás del que parecía ser el tráiler de Donoso, el más importante, y pegué la oreja para ver qué escuchaba. Donoso gritaba a todo pulmón, pero no logré entender qué decía.
Aguardé un rato mientras los gritos duraban hasta que por fin todo se calmó. Uno a uno bajaron los miembros del tráiler, aún vestidos para la función. Un mago, un domador de leones, tres acróbatas con las caras pintadas entre las que estaba la muchacha que me había atendido antes, cuatro payasos y por último Marla. La seguí hasta su tráiler sin hacer ruido. Di la vuelta por detrás y con un golpe suave llamé a la ventana.
– ¿Brenda? –Dijo. – ¿Sos vos? –Yo volví a golpear, entonces Marla abrió la ventana. Apenas al verme la cara se le desfiguró, pero yo le hice una señal con el dedo de que guardara silencio y de que me abriera la puerta. Di la vuelta y entré. El lugar era del tamaño de un baño mediano. Solo un colchón con una mesa de luz que tenía un espejo y una silla llena de ropa. Marla estaba a medio despintar, con el vestido rojo aún puesto.
– ¿Qué hace acá? –Me susurró con algo de miedo.
-Vengo a que me digas la verdad. ¿Qué está pasando? –Lo increpé.
– ¡Shhh! –Me calló. –Baje la voz que me van a matar si saben que está acá.
-Acá nadie va a matar a nadie. Decime qué está pasando. ¿Por qué te estás haciendo pasar por una mujer?
Ella calló un momento.
-Si me decís puedo hacer algo para sacarte de esto. –Le dije sentándome en la silla.
Entonces Marla, que más que Marla era Manuel, me contó que hacía mucho tiempo había matado una gallina en el pueblo donde él vivía, y esa gallina pertenecía al circo que estaba de pasada por ahí.
– ¿Y por qué la mataste? –Pregunté.
-Para comer. –Contestó con vergüenza.
– ¿Y entonces?
-Entonces don Donoso me dijo que le había robado, que esa gallina era la mejor gallina que había tenido en su vida, que daba huevos todos los días, y que estaba en deuda con él durante el tiempo que le quedaba por vivir a la gallina.
– ¿Y cuánto es eso?
-Cinco años.
– ¿Cinco años?
-Dice que viven diez y que la gallina tenía cinco. –Dijo el chico. –Así que desde entonces viajo con el circo haciendo este acto para pagarle la deuda a Donoso.

Yo reflexioné un segundo.
-O sea que vos no sos mujer ni querés serlo.
-No. –Respondió. – ¿Sabe cómo se llamaba la gallina, comisario?
-Marla, no me digas nada. –Contesté con bronca. Estos tipos son todos iguales, pensé. -Bueno vamos a sacarte de esta Manuel, vení conmigo. –Dije abriendo la puerta.
– ¡Espere comisario! –Se desesperó. –No le va a ser tan fácil. Usted no sabe las cosas de las que es capaz Donoso.
-Ni vos de las que soy capaz yo. –Dije saliendo.

Fui hasta el tráiler de Donoso y llamé con dos golpes a la puerta. Dos segundos después abrió la puerta.
– ¿Qué mierda quieren? –Espetó al abrir, y cuando me vio se le cayó la cara. Yo lo empujé para adentro, metí a Manuel conmigo y cerré la puerta. –Pero, ¿qué está pasando? –Dijo algo desesperado.
-Eso quiero saber yo. –Le contesté rotundamente. El cirquero me miró con cara de no entender. –Usted me va a liberar a este muchacho de toda deuda, ¿me entiende? –El tipo se calló un segundo, entendiendo lo que ocurría, entonces frunció las gigantes cejas y me contestó.
-Yo no voy a liberar a nadie de nada. El que me debe me paga.
-Y este muchacho ya pagó con creces. –Dije yo.
El cirquero clavó la mirada en Manuel.
-Te voy a matar pendejo desagradecido.
-Usted no va a matar a nadie Donoso. Tenga cuidado con lo que dice. –Contesté.
-Métase en sus cosas, inspector.
-Me meto en lo que me tengo que meter.
Entonces el petiso se paró frente a mí y con cara de diablo me dijo:
-Yo le diría que de media vuelta y se vaya silbando bajito, que le estoy haciendo un favor. –Y me metió un poco de miedo, no voy a mentir.
Tragué saliva por lo bajo.
– ¿Con quién se cree que está hablando? –Contesté.
-No sé, ni me importa. A tipos como usted me los desayuno. –Contestó inamovible. Entonces vi que el tipo era más malo que el cólera, y que se me estaba poniendo negra la cosa. Miré a Manuel que lloraba aterrorizado, y no supe bien qué decir o hacer, entonces recordé la charla que habíamos tenido en mi oficina.
-Le doy un minuto para que libere a este muchacho, de puño y letra en papel, con su firma, o hago que los siete patrulleros que están rodeando el circo entren.
El tipo dudó un segundo sin saber qué responder, y finalmente fue hasta el fondo y volvió un momento después con un papel que exoneraba a Manuel Jiménez de toda deuda.
-Acá. ¡Ahora lárguense de mi circo! –Gritó con furia.
Yo tomé el papel, lo leí con detenimiento y le pedí a Manuel que chequeara.
-Y que sea la última vez que viene por esta ciudad, ¿me entendió? –Dije abriendo la puerta.
– ¡Salgan de acá! –Gritó el tipo con bronca.

Salimos del lugar y caminamos hasta mi auto. Manuel lloraba y me agradecía a la vez. Apenas subimos al auto se limpió las lágrimas y logró calmarse un poco.
-Inspector, ¿y los patrulleros?
-No había ningún patrullero Manuel.
¿Le mintió a Donoso? –Se impresionó.
Yo sonreí.
– Lo importante es lo que la gente crea, y no la realidad. –Dije, y nos marchamos.