Algunos Perros No Ladran – Capitulo Cinco: Una cuestión estadística

Cubillos 2

 

Hace unos días Mercedes de se fue de viaje con dos amigas. Cuando me contó que se iba sentí un poco de alivio, como si hubiese sonado el timbre del recreo y yo estuviera en tercer grado o algo parecido. A veces tengo la sensación de que los hombres siempre seremos niños y las mujeres siempre serán madres, no importa la edad que tengamos. Es increíble, pero las nenas de cinco años tienen más dotes parentales que un tipo de treintaque está mucho más cerca de volver a ser niño que de crecer. Si yo hubiese sido el que me fuera de viaje con dos amigos, en algún momento lo tendría que haber consultado con ella, quizás con algo de liviandad, pero la charla la hubiese tenido de todas maneras, como una especie de pedido de permiso para irme a jugar con mis amigos, en cambio ella tan solo me comunicó que se iba de viaje y a mí me pareció una brillante idea por todos lados. Primero por el hecho de que haga lo que tenga ganas, segundo porque viajar siempre hace bien, y tercero porque me quedo solo un tiempo y puedo hacer lo que quiera, y de repente me viene un sentimiento casi idéntico al que tenía cuando mis viejos se iban de viaje y yo hacía fiestas en mi casa. No hablo de que Mercedes no me deje hacer cosas, sino que evito hacer cosas cuando estoy con ella por respeto o por vergüenza, porque como se dice uno es realmente uno cuando nadie más lo está mirando.

Mis viejos nunca me rompieron mucho a decir verdad, tan solo me inculcaron lo que ellos creían que eran buenos valores y por lo demás me dejaron una libertad casi absoluta. Sin ir más lejos ellos son personas completamente distintas a mí, encerradas en un mundo que al parecer no cambia ni va a cambiar por mucho que el mundo exterior cambie. Me mata la curiosidad de saber qué tipo de persona seré en treinta años, qué tipo de prejuicios tendré, qué será lo que no podré aceptar. Porque claro, uno hoy piensa que va a poder aceptar todo y que tiene una cabeza abierta de par en par, pero el mundo cambia de maneras inesperadas y rompe con la imaginación de cualquiera. Hay cambios que no podré aceptar, y eso lo tengo que aceptar desde ahora.

Mis viejos me enseñaron de chico cómo sería el futuro, y cuando crecí un poco más comencé a aprender cómo había sido su pasado con la esperanza de no repetir los mismos errores. De mi hermana siempre aprendí el presente, especialmente de chicos, porque los niños no viven otra cosa, y es cuando uno crece que el pasado y el futuro cobran mucho más peso. El tema es que aprendí un montón de cosas de distintas personas y cuando tuve un raciocinio suficientemente desarrollado me empecé a dar cuenta que también podía aprender cosas por mi cuenta, y fue ahí en dónde empecé a desaprender un montón de cosas aprendidas para aprenderlas de otra manera y así generar opiniones más propias y no tan ajenas. Es asqueroso sentir que salen de uno las palabras que otro dijo, y lo peor es que en el mundo de hoy es muy difícil generar opiniones crudas, verdaderas y reales, porque el bombardeo de información es tal que uno tiene que estar muy despierto para que no le corrompan los filtros de la razón.

Hace poco en una de nuestras benditas juntadas a jugar a la play, uno de los muchachos comentaba todo el tema de Siria y los terroristas del mundo. Esa conversación derivó en lo que estaba pasando en el país y los problemas económicos, sumados a la inseguridad y el miedo a volvernos viejos y no tener una promesa de vejez sólida. Después vino el tema más local, las cosas que pasan acá en el barrio, los robos en la calle, el centro y sus quilombos para manejar, las obras sociales y lo que no te cubren, cómo te caga el seguro del auto y no sé cuántas cosas más; y la verdad es que llegué a mi casa en un estado de depresión total, pensando que el mundo era una mierda y que para qué estaba yo haciendo todo si al final nos iban a cagar por un lado o por otro. Si no nos explotaba el bondi nos mataban en la calle, y si zafabas de esas dos probablemente te pegabas un palo en el auto o te agarrabas alguna enfermedad, entonces o te cagaba la obra social o te cagaba el seguro; y de repente empecé a transpirar y tuve una sensación de ahogo tan grande que tuve que salir de casa a las cinco de la mañana a caminar para tomar aire, pensando que probablemente me robarían y terminaría desangrado en algún callejón. Nada de eso pasó. Caminé tranquilo durante un rato. Después me puse los auriculares y dejé que el tiempo pasara. Para cuando quise acordarme estaba sentado al costado de las vías del tren mirando cómo salía el sol en el horizonte, con una paz que hacía mucho no sentía, y de repente todo volvió a tener sentido. Entendí que ese mundo lleno de miedos y dudas no es el mundo en el que quiero vivir. En medio de la charla con los muchachos yo tiré un comentario con algo de optimismo y mi amigo El Negro me respondió diciéndome que abriera los ojos, que éste era el mundo real, lo que pasaba de verdad, y que si yo quería vivir en una negación entonces ese era problema mío. Ese comentario vino a mi cabeza mientras miraba cómo por el Este salía un sol que rompía toda oscuridad, y entonces pensé que sí, que prefería vivir en un mundo de negación, pero mundo feliz al fin, prefería no saber si mataban a alguien o si el mundo se estaba yendo al tacho, porque al fin y al cabo el único mundo en el que yo tengo incidencia real es el mío propio. El otro, el de todos, lo manejan otros, y de ese yo no me puedo hacer cargo más que de mi cuota, por ínfima que sea. Yo no quiero tener más miedos, con los míos propios tengo suficientes. No quiero más dudas que las que hoy no puedo resolver. Al fin y al cabo, los problemas que pasan en el mundo de los cuales nosotros no tenemos ningún tipo de incidencia son nada más que manchas que nos van tiñendo el alma de a poco, como pasa con la codicia de dinero y poder, como pasa con el ego.

Cuando Lucas era chico yo no pensaba estas cosas, porque a decir verdad yo también era chico y el hombre solo deja de ser chico cuando comienza a ser padre (al menos así lo sentí yo), y recuerdo como cada vez que escuchaba una mala noticia o se enteraba que alguno de sus sueños no era posible, a Lucas se le trizaba de pena el corazón. Creo que en el fondo somos nosotros mismos, los adultos, quienes terminamos por matar todo tipo de sueño y pensamiento feliz, empezando por los nuestros y una vez que están todos bien pisoteados nos vamos al jardín del vecino a pisarle a él los suyos. Y yo no quiero ser así, yo quiero intentar seguir viviendo en una nube.

Desde que Mercedes no está aprovecho algunas cosas que cuando ella está no puedo, y de a poco me doy cuenta de lo mezquinas que son algunas de nuestras batallas. El tiempo que paso en el baño, la comida, la televisión, las salidas, el programa del domingo, el sexo, las compras, y un sinfín de cosas más son decisión pura y exclusivamente mía. Creo que nunca tuve semejante poder, porque de lo de mis padres me fui a vivir con Ivana y de ahí en más no decidí nada. No decidí casarme, no decidí divorciarme, no decidí mi vida, sino que me la fueron decidiendo como a la hija de algún rey del medioevo, como si en verdad por cada acción que no cuadraba dentro de los parámetros del mandato social, otros sintieran que estaban en condiciones de determinar cuál era mi siguiente paso a tomar en la vida, y yo, como un tremendo cagón, aceptando sin chistar. Desde que me separé empecé a decidir muchas cosas y a sentirme bastante más cómodo conmigo mismo, el tema es que yo a mí no me conocía hasta ese entonces y recién ahora me doy cuenta.

Una de las cosas que jamás me atreví siquiera a pensar fue el tema de conocer a alguien más. Sin ir más lejos, solo me di la chance de conocer a Mercedes porque sabía que Ivana había estado con otro, pero de otra manera nunca lo hubiese hecho y seguramente hubiese terminado cargándome una vida que no quería pero que tenía demasiado miedo de soltar. ¿Cómo no agradecerle a Ivana la infidelidad?

El fin de semana salimos con un par de amigos a tomar algo a un bar. En general no somos mucho de bares, pero la oportunidad se dio y como Mercedes no está y las salidas mientras ella no esté las decido yo, salí. Llegamos los tres a un bar que tiene la particularidad de ser frecuentado por gente que tiene más de treinta y que en general está soltera. Mauro y El Negro conocían a todo el mundo y se manejaron para conseguir una buena mesa con buen whisky y, según Mauro, excelente ubicación. Nos sentaron en el medio del salón contra una de las paredes y yo, de inexperto, le pregunté a Mauro por qué era tan buena aquella ubicación, y, además, por qué era tan importante la ubicación en sí. –Estamos en el medio del salón hermano. De acá podemos ver a todo el mundo, pero lo más importante, todo el mundo nos puede ver. –Me dijo dando por obvia la razón. –¿Y qué tiene de bueno que nos vea todo el mundo? –Le dije yo encogiéndome de hombros. Él sonrió. – ¿Te acordás cuando teníamos veinte años, que yo laburaba en el boliche? –Se prendió un cigarrillo. – ¿Te acordás que todos los fines de semana agarraba algo? –Yo asentí acordándome de lo impresionados que nos tenía Mauro en esa época con sus conquistas. – ¿Vos pensás que era porque yo era el más lindo de todos? –Me dijo con una mueca que me decía que yo era un ingenuo. –No, obvio que no, si mirá lo que sos. –Contesté, y él se rió. – ¿Y por qué pensás que era? –Porque en ese boliche, vos tenías “poder”. –El negó con la cabeza. Tomó un trago y se me acercó. –Es cierto que las minas se acercaban porque yo les regalaba tragos o porque las hacía pasar gratis, pero solo se acercaban, ninguna estuvo conmigo porque le regalaba tragos, lo único que te da ese “poder” como decís vos es la chance de conocer a más personas, y después es un juego de estadísticas, ahí está el truco. Si vos te ponés a pensar, mientras que en ese boliche vos saludabas a quince tipas, yo saludaba a cien, y por ende mis probabilidades eran mayores que las tuyas, aunque no tanto porque vos sos un tipo medianamente pintón así que diría que te las empataba, pero el tema está ahí, y acá se vuelve a repetir, si nosotros nos sentamos a donde todo el mundo nos vea, entonces todas las minas del bar te van a ver, y de ahí tu probabilidad es la que es, pero si nos ve la mitad de las minas que hay entonces nuestras posibilidades bajan a la mitad, ¿me seguís? Imaginate si hay una sola mina acá a la que le gustarías y no te ve. No podemos dejar que eso pase. –Yo me quedé impresionado. Jamás pensé que Mauro podría utilizar la estadística para levantar minas, de hecho, ni siquiera sabía que Mauro sabía qué era la estadística. Me vino una especie de admiración hacia él, como si estuviese hablando con John Nash o algo parecido. –¿Y vos esto desde cuándo lo sabés? –Le pregunté yo. –Desde siempre, me lo contó mi viejo cuando tenía quince, por eso me volvía loco por laburar en los boliches, sino me la hubiese pasado apoyado en la barra esperando que ustedes se quisieran ir. Algunos buscan la fama para levantar minas, otros la plata, yo conseguí lo mejor que pude. –Y se rio. ¿Cómo no querer a un tipo así?

Tomamos varios tragos, nos reímos  y pasamos un buen rato. Alrededor de las dos de la mañana se me empezaron a cerrar los ojos y decidí que era hora de volver a casa. Mauro ya se había instalado en una conversación con una mujer que rondaba los cincuenta y le toqueteaba la pierna cada dos minutos, así que no lo quise molestar. Le di un abrazo al Negro que se disponía a jurarle su amor eterno a la barman y me fui. Apenas salí saqué un cigarrillo y mientras lo prendía una chica vino a pedirme que le convidara uno. – ¿Te vas? –Me dijo mientras encendía el suyo. –Sí. Estoy fuera de práctica. –Dije yo. Estuvimos un rato conversando y al final volvimos a tomar un trago a la barra. Por supuesto que el sueño se me fue y durante un largo rato disfruté de una charla con una mina inteligente y divertida que, a diferencia de lo que uno está acostumbrado, no tenía miedo de decirme lo que pensaba. Descubrí que la teoría de mi amigo era absolutamente cierta cuando ella me dijo que nos había visto más temprano comiendo en una de las mesas, y juré por dentro que iba a escuchar más seguido a la gente. Dos whiskies más tarde por fin no resistí más y excusándome como un caballero me despedí, pero ella me preguntó si quería caminar un par de cuadras hasta su casa. Acepté encantado, de todas maneras, tenía que tomarme un taxi, así que no me hacía ninguna diferencia y la charla estaba en verdad entretenida. Una de esas conversaciones en donde uno no está pensando qué va a decir cuando la otra persona se calle, sino que todo resulta fácil, los chistes se retrucan, y hay hasta una especie de familiaridad en el aire. Hablamos de arte, de lo ridícula que es la gente para conocer otra gente y de cómo hay muchos que cambian de acuerdo a quién tienen en frente con tal de gustar, cosa que uno nota enseguida y que a ambos nos disgusta mucho. La gente transparente, esa que no cambia en ningún lado frente a nadie, esa es la que nos gusta, la más auténtica posible. –Con lo fácil que es conocer a alguien. Mirame a mí sino, fui y te pedí un cigarrillo, nada más, después uno conversa y va viendo cómo sale la cosa. –Me dijo con soltura, y me encantó.

Tanto hablamos que cuando llegamos a su casa nos dimos cuenta de que no nos sabíamos los nombres, y con un apretón de manos nos presentamos entre risas. Le di un beso en la mejilla, ella sacó una tarjeta, me la dio, y subió las escaleras de su departamento. Se despidió saludando con la mano. –Chau Francisco. –Chau Cintia. –Nos reímos los dos.

Volví a casa con una buena sensación. La noche fue más de lo que esperaba. Pensé entonces en Mercedes y en que no la había extrañado nada de nada, ni ella a mí, ya que solamente habíamos cruzado un par de mensajes para saber que había llegado bien. Creo que ya no tiene sentido que sigamos juntos, y creo que los dos lo sabemos, quizás por eso ella se fue de viaje, para aclarar la cabeza o quizás para juntar valor, no lo sé. Los dos hemos sido honestos y nos hemos dado lo que teníamos para dar, y no se puede pedir más que eso. Que alguien te de lo que tiene para dar es suficiente.