LA CARTERA DE AMELIE

Por Marian Ruzafa

He sido oyente de muchas historias interesantes. De casualidad encontré un film que contaba algo similar a una que, como rara vez me pasa, la recordaba:

Dos curas jesuitas que, ante la incredulidad de que su mentor había apostatado para no ser asesinado, decidieron lanzarse en la misión de ir a Japón a buscarlo, aún sabiendo que si eran descubiertos, iban a ser torturados e iban a encontrar una muerte segura.

Se hallaron en el medio de un lugar hostil, pero no renunciaron nunca a su fe. Vieron morir a la gente que los ocultó para no ser descubiertos, se permitieron sentir y vivir cosas hasta ver flaquear su fortaleza  y dudar de sus creencias. Finalmente, fueron descubiertos, apresados cada uno por su lado, sobreviviendo uno de ellos. Luego de ser capturado, se encontró con su mentor. El prisionero descubrió que la persona que iba a salvar, efectivamente era como los rumores decían: había negado a su Dios y se había convertido a otra religión, argumentando que su creencia inicial, era una falacia y no servía para nada. El padre Rodriguez ( que así se llamaba el prisionero ) insistió intentando convencer de que debián resisitir, de que la fe que ellos promulgaban era la correcta. Así agotó intentos, hasta que se vió en la encrucijada de negar a su Dios y salvar su vida (y la de algunos de sus fieles) o morir.

Lo negó. Mirando hacia suelo por sentirse indigno, lo negó día tras día; sus captores le realizaban continuamente pruebas de fidelidad, y en cada prueba, este cura “convertido” negaba aquello que lo había hecho creer en algo superior. Pasaron los años, el padre Rodriguez se casó y sirvió en su nuevo lugar hasta el día de su muerte. Cuando se realizó su funeral, nadie se percató que dentro de su puño cerrado, llevaba un crucifijo que había mantenido escondido.

Me resultó fuerte el mensaje y me trajo a la mente a Amelie, la chica que es mi compañera de cuarto.

Amelie, tenía una fé ciega en el amor. Creía muy fervientemente que era la solución a todo. Amelie había encontrado el suyo en alguien más, dedicó su fe a esa persona que ella había convertido en un ser superior. Y creyó, creyó con tal convicción que casi se transformó en una religión. Cuando la realidad comenzaba a mostrarle que el objeto de su adoración ya no era como ella lo había encontrado, se encomendó en la misión de traerlo de vuelta, incrédula de que quien le había enseñado a amar, ya no tenía amor. Insistió, buscó, hasta el día que se enfrentó cara a cara, y en tiempo presente, con él. Prisionera de la incertidumbre, de la desesperación, de la angustia , agotó todo intento por convencer que debían resistir, que el amor lo podía todo. Pero la persona a la debía traer de vuelta, le demostró que no alcanzaba sólo con amar, que el creer que con amarse se podían embestir los molinos de vientos era, simplemente, creer en una falacia.

Amelie, flaqueó. Un dolor de estómago insoportable comenzó a aquejarla, probablemente sean los pedazos de su corazón roto, que comenzaron a esparcirse por el cuerpo. Sin poder erguir su cabeza, porque la dignidad la había abandonado, y para liberarse de las sensaciones que la tenían cautiva, negó al amor. Negó haberlo amado, y se rehusó a volver amar. Todos los días pasa con creces las pruebas que el destino le pone, no volvió a llamarlo, guardó los recuerdos en un lugar donde nadie pudiera verlos, y cada vez que le preguntan por aquél a quien debía traer de vuelta, sólo respondía: “El amor no hace regresar a nadie, es una falacia”.

Todo parece indicar que Amelié ha conseguido seguir sus días en paz, una negativa constante hacia aquello que comenzó a hacerle mal. Pero si algún día, tuvieran la oportunidad de hurgar en el bolsillo de su cartera, verán que guarda celosamente, como un crucifijo, la hoja arrancada de un libro que le habían dedicado:”Para vos, amor, y tus amigos imaginarios, que me enamoraron para siempre”.